Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Mofongo con churrasco – Pedro Mairal

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greg gorman fotografias 6

 

Empiezo por el final. El momento de deshacer la valija, cuando desmantelo el viaje y lo repaso en pantallazos. Todo es un souvenir involuntario. La línea temporal quedó hecha una maraña, estrujada. Y ahora trato de estirarla de nuevo pero no se puede. La ropa sucia arrugada, los días felices hechos un bollo indiferenciable. La ropa que usé, la que no usé y llevé de paseo. El saco de escritor que quedó como en la foto forense de las prendas de la víctima: retorcido, con manchas de vino de honor, hilachas nuevas, pliegues eternos por permanecer siete horas prensado en el portaequipajes del avión, aureolas del trópico, un hombro con lápiz de labios de una efusiva saludadora (nada que explicar), una manga con tierra de la ventana de la combi, la otra con un botón faltante estallado en un manotazo de carcajada contra la mesa…

 

Sigo sacando cosas, recuerdos de Puerto Rico. Los libros dedicados, que quién sabe cuándo podré leer. La simpatía con la que los recibí, la pila en la que van quedando. Uno es el gran traidor cuando deshace la valija. Cae la máscara del tipo abierto, el amigo de todos, expansivo, vitalista, y aparece el antipático silencioso, el que no va a escribirle a nadie, el que no va a leer nada. Monedas extranjeras, algún billete que no llegaste a cambiar, papeles con programas, itinerarios y agendas, tarjetas de embarque, tarjetas personales, la almohadita inflable para intentar dormir sentado en el avión, un diploma de bienvenida a una universidad, arena… Si quedó arena en la valija, fue un gran festival. Tres veces me metí en el mar. Nietzsche decía que la antigüedad clásica era un invento de los profesores para ir a Grecia a tomar sol. Nunca más encontré esa cita. No sé si es exacta.

 

Y quedan las fotos. En las mías rige la melancolía: atardeceres verticales, niños remontando barriletes contra el cielo dorado del morro, las luces de la bahía cuando cae la noche… Incluso es melancólico mi impulso por documentar. Fotos como intentos de agarrarse del aire en plena caída: el color del mar, una gran hoja de almendro, un balcón con la Santa Rita estallada en fucsia, los autores riéndose en la combi, los alumnos entrando al auditorio con su diversidad de peinados afro. Y las fotos que me mandan: el escritor dando la charla, sosteniendo el micrófono como un cantante de boleros, el escritor todavía con su saco impecable disertando en una mesa redonda, el escritor con cara de depravado en la foto grupal entre las estudiantes… Y tengo un video que salió bien: una lagartija inmóvil sobre la piedra de pronto huye, el plano sube y atrás se ve el cementerio marino donde está enterrado el poeta Pedro Salinas, y atrás el mar, una lancha que pasa lenta contra la corriente, las olas que se adivinan rodando desde la profundidad y revientan contra la escollera.

 

Me pregunto si hay fotógrafos que no den la sensación de estar intentando detener el tiempo con sus fotos, si hay imágenes que hablen de un presente continuo y no de un pasado perdido. ¿Hay tiempos verbales en la fotografía? ¿Alguien habrá podido sacar fotos que parezcan del futuro inmediato? Yo puedo crear un presente continuo con palabras. Mostrar que las cosas suceden mientras las cuento. La palabra es para mí una manera de mantener a raya la melancolía. Puedo hacerlo, por ejemplo, con la primera escapada a la playa, el día en que me invitaron a dar la charla en la Universidad de Puerto Rico en Carolina. En un auditorio enorme me presentaron, habló la decana, tocó el piano un profesor a modo de “obsequio musical”, leí textos, contesté preguntas de los estudiantes, almorcé con rectores y profesores, di una entrevista en la radio y pedí disculpas porque me tenía que ir al hotel a escribir. Eran las cuatro de la tarde. Lo de escribir era una mentira temporal, que se volvería verdad tarde o temprano. Si iba a la playa, iba a tener algo que contar.

 

 

*     *     *

 

Ahí estoy, en mi presente: un porteño blanquito parado frente al mar. Es la playa de Ocean Park, una línea de edificios bajos, costeros, palmeras, arena blanca y olas. No hay nadie, es un martes nublado. No traje nada. Remera, zapatillas y la plata justa para el taxi en el bolsillo del traje de baño. Hace como tres años que no me meto al mar. El horizonte turquesa llega hasta la orilla en una rompiente arenosa, revuelta. Hubo amenaza de huracán hasta ayer y el agua quedó como malhumorada, sin poder liberar la energía del temporal, trayendo cosas desde las profundidades, arena, caracoles, algas, ramalazos de agua turbia. Una vez, la escritora boricua Mayra Santos-Febres me dijo que a mí me rige y me protege la diosa Iemanyá, la diosa del mar. A ella me entrego entonces, primero con cierta dureza, peleando contra las olas, tratando de evitar el mazazo del agua. Estoy rígido y por lo tanto frágil, cayéndome y levantándome a cada rato. Después me dejo zamarrear por Iemanyá, no lucho más, juego como un chico, total nadie me ve, las olas me empujan, me revuelcan y no me duele, me sacan a la orilla, me llevan hacia adentro donde no hago pie, me vuelven a sacar, y me relajo, me ablando, me hago espuma. Soy hijo del mar, soy el mar. Soy esto que estoy contando, sin una gota de melancolía, todo presente en la playa, mientras pasan sobre mi cabeza unos pelícanos, casi rozando las olas con la punta del ala.

 

La punta de la lengua, donde brilla el presente eterno. La luz del día. Traigo los cielos, las nubes. Las detengo. Las dejo seguir volando al sur. Como Próspero, con plenos poderes, desvío el huracán de mi relato.

 

Hay experiencias que permiten sentir el pulso del planeta: meterte al mar, dejarte llevar por un río calmo (nadando o en un bote), pescar, remontar un barrilete. Se siente una fuerza que no se parece a nada; no es animal, ni artificial, ni humana. Es una fuerza viva que no está viva. Eso es lo extraño. El hilo del barrilete o la línea de pescar se tensan, transmiten una vibración a la mano, un latido, los últimos coletazos de la gran tormenta cósmica que formó los planetas. El aire y el agua se siguen moviendo. Uno se entrega, mínimo y flotante, a esa energía. Algo así es meterse al mar. Te limpia, te serena, te cansa, te sincroniza con todo lo que se mueve a la velocidad exacta de la Tierra.

 

Por eso tenía que escaparme. Y de paso, para agradecerle a Iemanjá, renuncié al taxi y me tomé una cerveza que pagué con mi billete mojado. El tipo que atendía el puesto lo colgó de un broche junto a los banderines de baseball. Se ve que es algo que pasa seguido. Me tomé mi cerveza con los pies en la arena y después esperé la guagua que tardó media hora en venir pero me depositó cerca del hotel por un dólar fifty. Así hablan los boricuas. Nolmal.

 

 

*     *     *

 

Puerto Rico es como Cuba, pero acá perdió Fidel. Ganaron los Kennedy y los Bush. La gente es latina pero el sistema es norteamericano. Es Cuba con autopistas y Starbucks, Visa, Domino’s Pizza, Wallgreens. Good morning how can I help you. Los boricuas bailan salsa dentro de todos esos franchisings, mueven el culo y cogen arriba-abajo-alrededor del McDonald’s. Estado libre y asociado, lo llaman. Cuando intenté pagar el protector solar en las cajas automáticas del CVS, elegí la opción español y una voz grabada de mujer, que pretendía ser amable pero era temible, me repetía “haga lo que le indica el sistema”. Al final, me puse nervioso y preferí no comprar nada. Así descubrí que la resolana también quema, rostiza pero sin fuego, desde adentro, como un horno a microondas.

 

Llegué temprano a San Juan, antes que los demás escritores invitados. Al principio estaba solo en el hotel, entre gringos en bermudas, rosados y gigantes, que desayunaban huevos revueltos con panceta y chorizo. A la mañana siguiente en el lobby vi a un tipo vestido con jeans, camisa, saco de lino y mochila. El uniforme de escritor para países cálidos. Nos reconocimos de lejos, como gemelos separados al nacer. Estás por el Festival de la Palabra. Sí, tú también (no fueron preguntas, fueron frases afirmativas). Ricardo Gómez, narrador español, me cuenta que vive en las afueras de Madrid y viaja a la ciudad cada tanto para hacer trámites y reunirse con amigos a media hora de tren. Parece un tipo feliz, al menos puesto en el hotel del viejo San Juan, parece bien dispuesto. Después llegarán más españoles, y colombianos y mexicanos y compatriotas con los que conformaremos la hermandad del Barrilito, el mejor ron de la isla.

 

Una isla de piratas. Y ahora piratas protestantes. Piratas metodistas. Qué mezcla más rara. El Caribe siempre es así. La cruza. La mezcla bizarra y poderosa. Las mujeres lo llevan en la sangre: taínas + españolas + africanas. Díos mío. ¿A qué inspirado barman del ADN se le ocurrió semejante cóctel molotov? Atrévete, decía Calle 13 en su buena época, aquí to’a las boricuas saben karate, ellas cocinan con salsa de tomate, mojan el arroz con un poco de aguacate, pa’ cosechar nalgas de 14 quilates. Digamos que europeos y sudacas funcionan habitualmente a 110 volts, y cuando llegan a Puerto Rico los enchufan a 480. Beben, bailan, cuentan todo, se ríen a carcajadas, se pierden en la noche, de golpe quedan hechizados, la mirada perdida, tratando de entender. Pero no se descifra. Nunca lo entenderemos. Ni escribiendo crónicas de viaje con el signo de pregunta como un halo iluminando la cabeza.

 

Yo di charlas, hablé en mesas redondas, dialogué con estudiantes, con escritores locales, leí poesía frente a muchas personas, almorcé con escritores cubanos, dominicanos, franceses, alemanes, coordiné un taller de narrativa, bailé salsa para sumar otro momento heroico a mi antología del papelón… Alguien debe tener esa foto del escritor sudado en la euforia del ron (recuerdo el flashazo). Pero cortemos ahí. Tengo que decir algo: mis viajes se pusieron más prudentes desde que me inclino a la monogamia. Una vez en una fiesta, mientras mirábamos bailar a las mujeres más hermosas, un amigo casado me dijo al oído: Peter, me siento como un león atado con piolín de fiambrería. En eso, su mujer lo agarró de la mano y se lo llevó al centro de la pista. Ella bailaba mal, mordiéndose el labio, poniendo caritas, haciendo mohínes de monja pícara. Primerísimo primer plano de la sonrisa helada de mi amigo.

 

¿Qué querés decir con eso? Quiero decir que no se puede vivir la monogamia como un estado de frustración constante. Al casado que se queja porque no coje, lo agarrabas antes de soltero y se quejaba exactamente por lo mismo. No le eches la culpa al casamiento, amigo, no lo uses de escudo para proteger tu orgullo. ¿A quién le estás hablando? No tengo ni idea. Me estoy enredando solito en esto. A lo que voy es que hay una parte de uno que sigue intentando seducir, aunque esté en pareja, y cada quien decide hasta dónde llegar. Algo así. Por ejemplo, para salir del plano teórico, voy a hablar de la anestesióloga.

 

 

*     *     *

 

Rebobino hasta el vuelo de Panamá a Puerto Rico, o un poco antes, cuando estaba yendo a la puerta de embarque y, delante mío, la vi. Iba haciendo perfecto equilibrio sobre unos tacos agudos (ella, no yo) y tenía piernas larguísimas. Se había deslizado dentro de unas calzas negras que brillaban tirantes en la luz del aeropuerto. Usaba una blusa de leopardo. La coleta de su peinado alto subrayaba con un latigazo vivaz cada uno de sus pasos. Coincidimos en la misma puerta de embarque. La miré acomodar sus cosas. Tenía una cara y una edad indefinidas. Quizás más de cuarenta. Estaba en el punto más alto de la auto exigencia femenina (cirugía, maquillaje, peluquería, manicura, ropa muy cara…). Más producción que la película Titanic. Y todo eso, trepado en la altura de un superyó con zancos, sus Ferragamo asesinos de cabritilla italiana. Un empleado de Copa Airlines se nos acercó. Tendríamos una leve demora hasta que confirmaran que salía el avión, porque había alerta de huracán. El huracán lleva tu nombre, se llama una novela de Jaime Bayly. No la leí, pero es un buen título. 

 

Todas las mujeres son hermosas, aunque a esta le daba más trabajo. Pensé que podía ser amante de un político, o prostituta vip, cosa que después se reveló como mi puro imaginario machista. Me dio curiosidad y, cuando ya estaba sentado en el avión contra la ventana y vi que se acercaba, pensé zas, y la senté a mi lado con una telekinesis infalible. ¿Veintitrés B?, preguntó. Sí, es acá, le dije. Las mujeres que vibran tan alto me alarman un poco. Quedé mudo. Todavía tengo en mi libreta las notas que simulé que tomaba. Se parecen a las cosas que anotaba cuando, en el programa de televisión que hice hace unos años, tenía que simular ante la cámara que tomaba apuntes en mi cuaderno rojo de viaje.

 

Una regla indica que en esas situaciones de proximidad azarosa hay que hablar enseguida. Decir cualquier cosa. El asunto es evitar el silencio que se va a ir interponiendo como un vidrio a medida que pase el tiempo. A mí no me sale eso. Pero igual me lancé:

 

—¿Sabés algo del huracán?

—No, no me han dicho nada.

 

Eso fue todo. Y quedamos los dos mirando hacia adelante, callados.

 

Estaba fuerte el aire acondicionado en el avión. Empezó a hacer mucho frío. Me pegaba en la nuca un chiflete del polo. De reojo, vi que ella leía unas fotocopias de un libro con imágenes médicas. Tiene que estudiar, no la interrumpas. Se sacó los estiletos. En un momento se estremeció por el frío. Le pedí a un comisario de abordo dos mantas. No dije nada más. Cuando las trajeron, le ofrecí una a ella.

 

—Qué amable, muchas gracias –me dijo.

 

El avión despegó. Yo ya me había terminado mi libro en el vuelo Buenos Aires–Panamá. Anoté cosas, lecturas posibles en la charla del día siguiente. También anoté con caligrafía ilegible: “Medio cansado de las intelectuales con barba de tres días. Esta mujer está fuera de mi radar, fuera de mi liga. Todo en ella es demasiado”.

 

—¿Usted viaja por turismo o por trabajo? –me preguntó de pronto.

 

Me trató de usted, a la manera colombiana.

 

—¿Sos colombiana?

—Sí, de Medellín.

 

Hablamos de la mejoría de Medellín, del Metro Cable, de mi viaje ahí como jurado en 2013. La figura del escritor invitado a festivales no la impresionó. Se mostró muy dudosa, desconfiada de mi supuesta fama. Quizás, si había aflojado un poco, fue sólo por mi rol de hombre protector, proveedor de abrigo en medio de los cielos inhóspitos. Ahí estábamos, en esa especie de intimidad de cama matrimonial de los dos asientos juntos un poco recostados. Ella tapada con la manta hasta el cuello. Yo con la manta a la cintura, a lo macho. Envolverme como en un poncho, por más que fuera lo que realmente necesitaba hacer para sacarme el frío, me pareció poco viril. De haber estado solo, me hubiera tapado hasta las orejas.

 

Hablamos, cenamos. ¿Chicken or pasta? Temas que tocamos: las dificultades del destierro, las diferencias socio culturales entre Puerto Rico y su país, la violencia jurídico-sicológica que implica el divorcio, la religión y la literatura respectivamente como refugio en los momentos difíciles, la existencia de Dios, la salud pública… Era muy seria. Mis desvíos de la conversación hacia subtemas más jodones duraban un solo volantazo; ella en seguida volvía a su tono de cordialidad informativa.

 

Tenía una cara indescifrable. En la gente operada a veces trato de adivinar la cara anterior, la real. A veces quedan vestigios, pero en ella no. Se le notaba un falso tabique plástico bajo la piel. Y sus reacciones faciales no eran del todo humanas. El lenguaje gestual fallaba en varios puntos de su cara. En esas situaciones de charla entre extranjeros, se supone que el terreno común de lo gestual repone gran parte del sentido de la comunicación. Con ella no pasaba. Por momentos no entendía lo que me decía. Su acento paisa me dejaba zonas borrosas y su cara mandaba mensajes marcianos. Yo decía: Sí, claro, claro.

 

De pronto se mostró muy interesada en el festival literario, y preguntó si era abierto al público y si podía ir. Me dio su mail para que le avisara, así venía el fin de semana a escucharme. Ahí quedó su correo electrónico, al pie de mis divagues caligráficos. Se llamaba Gloria y me reservo el apellido. Parecía una mujer muy sufrida. Anestesióloga profesional (muy distinto de anestesista, según me dijo). Gloria no había venido al mundo para divertirse. Después de un rato, algo en ella daba un poco de miedo. Muy religosa, muy remilgada, muy severa. En un momento me dijo que ayudaba a la gente a morir dignamente. Eso no me lo esperaba. Me tapé hasta el cuello con la manta, hasta me dieron ganas de pedir otra.

 

Cuando salimos del avión, retrasó un poco sus pasos para esperarme y recorrimos juntos el laberinto del aeropuerto hasta migraciones. Las agujas de su oficio, las agujas de sus tacos. La gente es mucho más rara de lo que uno se imagina. 

 

Puerto Rico, al llegar, nos mostró su cara gringa. ¿Puedo ver su visa?, ¿qué viene a hacer?, ¿quién lo invita?, ¿usted es escritor?, ¿va a trabajar?, ¿dónde se hospeda?, ¿cuándo se regresa? A Gloria la llevaron a una oficina. Al pasar la vi ahí sentada, esperando. Cuando me vio, me devolvió la sonrisa más triste del mundo. Le tiré un beso con la mano, un beso de Judas cool, que atravesó el vidrio blindado: no pensaba involucrarme en su demora migratoria, me fui, histérico, triunfal, Don Juan del Aire, algo en mí se creía que la dejaba muerta, esperando mi mail que nunca llegaría, porque una vez que me subí a la combi me entregué al Festival, me olvidé de ella y nunca le escribí para invitarla.

 

 

*     *     *

 

O no me olvidé tanto, porque en un bar, tomando unas cervezas, le cuento a Mayra Santos y me dice: Chico, si faltaba que te aventara los pantys en la cara (así habla Mayra). Era la Muerte, le digo, le saqué el mail a la Muerte. No le sacaste nada, me dice Mayra, te lo dio. Qué miedo, mejor pidamos comida.

 

Es la cuarta vez que voy a Puerto Rico. Y algo en la isla siempre me deja transubstanciado en la luz caribe. Me siento medio boricua ya. Tú tienes un demonio Changó trepado en el corazón. Mayra es mi médium afro, mi babalau, mi poetisa vidente. Cuando me traen el plato que elegí, ella me dice: Ahí estás tú, mofongo con churrasco, Pedrito. Se ríe. Mi parte argentina, mi parte afro-boricua. El mofongo está hecho con plátano verde frito machacado y queda muy bien con la carne. Puedo hablar de cualquier cosa con Mayra. Juntos deshojamos margaritas, divorcios, cuentos de los hijos, proyectos mafiosos, libros sin terminar. Entonces le cuento lo que hice antes de salir de viaje (y  así termino por el principio): el domingo, un día antes de tomarme el avión a Puerto Rico, me levanté temprano y me puse a cocinar. Ya había comprado todos los ingredientes. Trabajé concentrado como chef de restorán. Primero hice un wok de verduras y en simultáneo un tuco para unos fideos. Lavé todo. Puse una carne al horno y, mientras se cocía, hice un pollo al curry que perfumó toda la casa. Volví a lavar ollas, cucharas y cuchillos. Los dos últimos platos fueron por un lado un guiso con arroz y por otro un guiso de lentejas con panceta y chorizo colorado. Estuve toda la mañana cocinando. Quedaron seis tuppers con los seis platos y sus respectivas etiquetas en el freezer, para mi mujer, para cada uno de los días que yo no iba a estar. Le muestro a Mayra la foto y le digo: Eso es amor, ¿o qué? Y me dice: Eso es culpa, hijueputa.

 

Inédito.

 

Estos cuatro textos pertenecen al libro Maniobras de evasión que, seleccionados y editados por Leila Guerriero, acaba de publicar la Universidad Diego Portales.

 

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es autor de novelas como Una noche con Sabrina Love (premio Clarín en 1998, llevada al cine dos años después), El año del desierto ySalvatierra; el libro de cuentos Hoy temprano, y poemarios como Consumidor final yPornosonetos. En 2011 condujo el programa de televisión sobre libros Impreso en Argentina. En 2013 publicó El equilibrio, recopilación de las columnas es escribió durante cinco años para el diario argentino Perfil, editado en 2014 en Chile con el título El subrayador. En Twitter: @MairalPedro

 

http://www.fronterad.com/?q=maniobras-evasion-que-hace-escritor-cuando-no-escribe

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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