Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

A veces una paja – Juan Tallón

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a veces una paja

 

«Aquí me tienen —señala Lester Burnham al comienzo de American Beauty—, cascándomela en la ducha. Para mí, el mejor momento del día. A partir de aquí, todo va a peor». Y pudiera ser cierto. La paja es un momento álgido y eléctrico, y al concluir, la vida decae levemente. Después te vas a trabajar, envías algunos mails, llamas a tu padre, haces cosas, y cuando te parece, te masturbas de nuevo, para recuperar el pulso. En cierto sentido, la existencia del individuo transcurre entre pajas. Se vuelven un refugio secreto. Acaso llevaba parte de razón Alexander Portnoy, el célebre personaje de Philip Roth, protagonista de El mal de Portnoy, cuando afirmaba que «la minga era lo único que podía considerar mío en este mundo».

La masturbación acompaña a las personas toda su vida, al menos hasta donde algunos sabemos de la vida. Aquilata. Aporta equilibrio. Combate la desazón de las jornadas grises, y de otros colores. Cuando no sabes qué hacer, te proporciona una idea. Es una luz parpadeante. Algunos días, o varias veces al día, según la época, la paja se equipara a un mechero encendido en mitad de la noche. Su resplandor te da una noción de cuánta oscuridad reina alrededor, y cómo esa luz a menudo es suficiente. «A veces un porro, y a veces una paja», decía la canción. ¿Qué es la vida sin unas pequeñas pautas?

John Self, el protagonista de Dinero, de Martin Amis, vive entregado a sus placeres y adicciones, y siempre encuentra cobijo en la masturbación. «Me serví más café y abrí otra cajetilla de tabaco. Bostecé con satisfacción. Y bien, muchacho, me pregunté, ¿qué tal una paja ahora?», se dice al comienzo de la novela. Hacia la mitad, después de distintas vicisitudes e intentos de renuncia, confiesa que «he vuelto a las pajas. Tendrían que verme […]. Bien, aquí estamos todos, tendidos boca arriba y rasgueándonos a nosotros mismo, como si fuéramos una de esas guitarras torcidas de Picasso.

Es ridículo, pero ¿qué otra cosa se puede hacer?». A punto de finalizar el libro, un Self que se ha ido autodestruyendo rápidamente, a conciencia, admite que «todavía me hago alguna que otra paja, una y otra vez. ¿Y quién no se la casca?». Cierto. Según algunas estadísticas, un 95 % de los hombres y un 89 % de mujeres lo hacen, y prácticamente la mitad a diario. «Soy el Raskolnikov de los pajilleros», presumía Alexander Portnoy, que confiesa ante su terapeuta haber pasado «media vida encerrado en el cuarto de baño, aliviando la minga en el inodoro, o en la cesta de la ropa sucia, o ¡plaf! contra el espejo del botiquín […]. Era incapaz de mantener las zarpas lejos del pito».

La paja posee algo de inescrutable. Es oscura y diáfana a la vez. Constituye un relato incompleto. Después de miles de pajas, la paja nunca está hecha, y es inopinada. Juan García Madero, el autor de los diarios con los que arranca Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, en la entrada del 8 de noviembre se refiere a un poema de Efrén Rebolledo para decir: «La primera vez que lo leí no pude evitar encerrarme con llave en mi cuarto y proceder a masturbarme mientras lo recitaba una, dos, tres, hasta diez o quince veces, imaginando a Rosario, la camarera, a cuatro patas encima de mí, pidiéndome que le escribiera un poema para ese ser querido y añorado o rogándome que la clavara sobre la cama con mi verga ardiente. Ya aliviado, he tenido ocasión de reflexionar sobre el poema».

La paja, por supuesto, también tiene sus detractores, que se aferran a los mandamientos y la consideran un horrible pecado. Anthony Comstock aborrecía el sexo y fue el mayor censurador de pornografía de los Estados Unidos, hasta tal punto que en 1873 convenció al Congreso para que aprobase una ley federal que prohibiera el paso por Correos de «todo libro, panfleto, imagen, papel, carta, escrito, impreso u otra publicación que sea obscena, lasciva o sucia», que favoreciese la masturbación. La ley, firmada por el presidente Ulysses S. Grant, incluía una enmienda que nombraba a Comstock agente especial de la Dirección de Correos para la lucha con la obscenidad, y se le dio permiso para llevar armas. Cierto es que, en sus diarios, confesaba que durante la adolescencia se había masturbado «de forma tan compulsiva» que sintió que «tanta paja podía conducirme al suicidio».

Hay un debate no resuelto en torno a si en su soneto número IV William Shakespeare se refiere a la masturbación cuando escribe «For having traffic with thyself alone». Su inglés está lleno de ambigüedades y juegos de palabras que a menudo representan serios obstáculos para sus traductores. Ramón Gutiérrez Izquierdo, en su edición para Visor, traduce ese verso, y los siguientes tres, como «Si solo tú contigo tienes continuos tratos, / te engañas a ti mismo usando tu atractivo; y cuando al fin la vida rescinda tu contrato, / ¿qué cuentas vas a darle si no dejas activo?». Pudiéramos pensar que Shakespeare, si aceptamos que habla de la masturbación, no maneja la mejor opinión posible sobre ella.

Recuerdo que Marcel, el joven narrador de En busca del tiempo perdido, de Proust, también albergaba dudas sobre si las pajas lo conducirían a la imbecilidad y la muerte. En sus primeras experiencias, en el retrete de la última planta de la casa, se la meneaba «con las vacilaciones heroicas del viajero que emprende una exploración o del desesperado que va a suicidarse, desfallecido», persuadido de que lo que está haciendo era algo que «creía mortal». Pero no. Aníbal Hernández, en sus memorias, relata cómo la culpabilidad que sentía cuando se hacía una paja se diluía completamente haciéndose una segunda paja. En gallego se dice recuncar, y suena de maravilla. Algunos días, después de las confesiones de los viernes, se cruzaba con un compañero, que le preguntaba de dónde venía. Aníbal le respondía, sin detenerse, que de confesarle al cura que se había estado masturbando sin parar. ¿A dónde iba con tanta prisa? «A hacerme otra paja».

Solo a veces, además de placer, la paja es trabajo. Amis, en el proceso precisamente de documentación de Dinero, llamó un día a su amigo Christopher Hitchens, que en sus memorias cuenta que Martin necesitaba que su personaje visitara un prostíbulo. «Y tú —le anunció— vas a venir conmigo por cojones». Hitchens se quedó sorprendido cuando supo que Amis había «acordado» toda esa «investigación» con su esposa de entonces. «La llamó a Londres y, en vez de contemporizar, le informó inmediatamente: “Me voy a un sitio de pajas con Hitch”».

En uno de esos locales, llamados de masaje, recaló en su día Gay Talese, cuando investigaba los hábitos sexuales de los estadounidenses, que después plasmaría en La mujer de tu prójimo. Para esa ocasión, el periodista eligió a una chica llamada June, pecosa y bastante atractiva, que le aplicó polvos de talco y empezó a «acariciarle suavemente los hombros y el pecho, y luego se deslizó hacia el estómago y los muslos […]. Cerró los ojos y oyó los suspiros de otros hombres en las habitaciones adyacentes y el ruido del tráfico de Lexington Avenue». En un momento dado, June le pregunto si quería algo especial. «¿Podemos hacer el amor?», preguntó Talese. Ella negó con la cabeza. «Tampoco —le advirtió— puedo hacer una mamada. Solo hago locales». «¿Locales?». «Con la mano», explicó ella. «Pues bien. Adelante». La fe en el trabajo bien hecho obligó a Talese a volver más veces, y a frecuentar otros locales, donde se dejaría masturbar de nuevo. Nadie dice que el periodismo sea fácil.

Publicado por Juan Tallón

American Beauty. Imagen: Dreamworks Pictures.

Artículo extraído de Jot Down #13 especial Pecado, disponible en nuestra store y en nuestra red de librerías.

http://www.jotdown.es/2017/04/veces-una-paja/

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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