Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Anacaona – Vicente Muñoz Puelles

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Anacaona, «esa bondadosa cacique de los indios Jaraguá, en la Española», es la inspiración, o, mejor dicho, la instigadora de esas «aventuras del espíritu y del sexo» protagonizadas por un «matemático que, en vida del dictador, burlaba a la represión y a la austeridad de los números escribiendo por las noches cuentos eróticos». Ese joven avejentado, aparentemente tímido e introvertido, consigue, sin embrago, gracias a las sugerentes imágenes de un exótico Libro de Viajes, no sólo mantener excitantes relaciones con su compañera en la estrechez de un triste apartamento provinciano, sino viajar sin límites por incestuosos y perversos recuerdos infantiles que, en la espiral del tiempo, se remontan a otros escenarios ancestrales, donde la sensual Anacaona —y otros seres de míticos poderes— se mueven en la descarada y provocante libertad de un paraíso perdido.

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¿Quién no tiene, o ha tenido, una Anacaona quien, de la postración más profunda, consigue elevarnos a las más inesperadas exaltaciones?

Escruta mi escroto, monta sobre mí y se acomoda al filo del falo. Cierro los ojos en desfallecido éxtasis y espero: el vaivén vaginal, en trémulo contacto de sus labios en mi garganta, buscando capilares y tanteando venas, y la presión de sus dientes helados, la seca incisión, los movimientos convulsivos de su lengua y su cuello y su sexo, todo el cuerpo convertido en una sanguijuela absorbente y silenciosa que renueva su vitalidad forzando la mía, la suprema tensión y el derrame simultáneo, en oleadas rítmicas, de dos líquidos densos y viscosos, que ella recoge en lugares distintos, como una enorme esponja. Agradecido, alzo los párpados y veo su rostro aún en trance y sus colmillos ensangrentados. Se aparta lentamente, se relame y me mira con los ojos luminosos de una drogadicta. Hace una extraña gárgara.

—Es formidable —dice con voz remota—. La sangre y el amor, juntos.

Soñé que era un vampiro condenado a perseguir la inmortalidad y que, aprovechando mi rigidez diurna, una mujer descorría la tapa del féretro. Me gustaban las ondulaciones de su cabello, sus largas pestañas rizadas y su vestido de lamé plateado. Al descubrirme pareció asustarse, pero luego su rostro se fue dulcificando. Llevaba un martillo y una afilada estaca de madera; los dejó a un lado y sonrió mientras con una mano apartaba mi capa, desabrochaba mi bragueta y me provocaba un agradable aflujo. Se desnudó y con gesto decidido entró en el ataúd. La juventud de su carne me dio fuerzas para morderla. Libé durante mucho tiempo.

—¡Estate quieto! ¡Me haces daño de verdad! —gritaba Vera.

Al abrir los ojos la encontré incorporándose junto a mí. Brillantes y temblorosos regueros de sangre se deslizaban por su pecho hasta las areolas de sus senos desnudos.

Pero también eso era parte del sueño, y cuando desperté de verdad dormía plácidamente a mi lado.

Fue la truncada virilidad de Gotama el profeta, y no su cabeza, el pago que la bella Kali exigió al rajah Prasenajit a cambio de una danza. Y Prasenajit se entristeció mucho y prefirió ofrecerle la mitad de sus dominios, porque adivinaba en Gotama al enviado de un dios desconocido, a quien no convenía ofender. Pero Kali inclinó la cabeza hacia un hombro, golpeteó con los dedos de una mano la palma de la otra y onduló lánguidamente las caderas hasta que, de pronto, pareció arrepentirse y quedó rígida. Por segunda vez inició un amago de danza, llevando ahora la cabeza hacia atrás, entrecerrando los párpados, enarcando los brazos y mostrando la cálida palidez de las axilas desnudas; de nuevo se interrumpió, sabiéndose admirada. En esto arqueó un pie y se inmovilizó sobre él; bastó la imagen retenida de aquella forma calzada con una sandalia de perlas, que separaba deditos fálicos terminados en medias lunas de carmín, para que el rajah consintiese. A una señal de Kali, las esclavas le desataron las sandalias; arrojó la negra túnica lejos de sí: siete estrechas telas, superpuestas y de diferentes colores, le oprimían caderas y muslos. Sin mover los pies, sin doblar ni separar las rodillas, giró el torso con gravedad, balanceó los hombros, entrelazó sus dedos a la altura del rostro, enderezó los pezones solicitados por el ritmo. Estorbada por los velos, fue desprendiéndose suavemente, como una serpiente que cambiara de muda; toda su piel se metamorfoseaba. Cuando sólo una gasa alada cubría las nalgas llenas y redondas de la danzarina. Prasenajit sintió la necesidad de exprimirse: la visión de la ranura interglútea le había trastornado. Kali prescindió de la gasa y esbozó lentos movimientos coitales, girando las piernas hacia dentro y hacia fuera o trazando círculos con la pelvis: figuras que Prasenajit imitaba presionando circularmente su verga obtusa y monoftálmica. Aumentaron de amplitud y energía sus gestos maníacos y extrajo el placer a grandes jadeos, mientras la bella Kali se doblaba hacia atrás y separaba los muslos como recibiéndole a distancia.

—Dadle lo que pide —dijo el rajah.

Porque ella deseaba a Gotama y éste la había rechazado sin mirarla, el verdugo aprisionó con un fino ligamento los genitales del profeta y los cortó con una navaja bien afilada. Alquitrán caliente derramó en la herida; ni siquiera entonces gritó Gotama.

Cuando le mostraron los ensangrentados despojos en bandeja de plata, Kali habló: «No querías nada de mí, Gotama. Me despreciaste. Te condujiste conmigo como con una ramera, con una mujer liviana. Hija de la hiena y del chacal, me llamaste. Pues bien, yo estoy entera y tú no. ¿Por qué no me miraste, Gotama? Si me hubieras visto me habrías amado. Yo te vi y te amé. Aún te amo».

Tomó los genitales aún calientes y los friccionó como queriendo revivirlos. Violentamente, se dejó caer en el suelo de mosaico y oprimió los despojos contra su delta.

Gotama fue conducido a los desiertos del norte, donde le enterraron de cintura para abajo y permaneció cinco días sin agua ni alimento, para impedir la micción y contener la hemorragia. No estaba triste: como había hecho voto de castidad, imaginaba que le habían privado de un tesoro superfluo.

Desenterrado y cicatrizada la herida, continuó predicando.

—¿Te ha gustado? —le preguntó al salir del cine.

—Me ha impresionado. ¿Ya ti?

—No lo sé. No harás eso, ¿verdad?

—¿Castrarte? —rió.

—No me siento muy animado esta noche.

—¡Qué bien! Te estrangularé y aprovecharé tu erección mortuoria. Oye, ¿qué ocurre? ¡No creerás que hablo en serio!

Poco antes, al pasar junto a un anuncio luminoso, me había fijado en que los ojos de Vera eran grandes y almendrados, como los de la insaciable japonesa de la película.

Anacaona, bondadosa cacique de los indios de Jaraguá, en la Española (la actual isla de Haití y Santo Domingo), soy perfectamente consciente de que nunca podré abrazarte porque has muerto hace cinco siglos. Pero eso no me impide quererte a mi modo. Tenía once años cuando me enamoré del grabado que te representaba en un libro. Ibas desnuda, salvo por un faldellín de hojas, señal de que habías conocido varón. Tatuajes y sajaduras, de trazado convergente hacia el pubis, te adornaban desde el cuello a los tobillos. Cuéntame si es cierto, como he imaginado, que durante la infancia te tatuaron el abdomen y en la pubertad los brazos y el pecho y luego, año tras año, añadieron líneas a tus nalgas y muslos, hasta completar ese laberinto. ¿Sufrías mucho cuando, para producir el relieve, te cubrían las llagas con ceniza? ¿Tenían los tatuajes de las mujeres de tu tribu un efecto excitante sobre los hombres? ¿Enloquecían ellos al ver cómo bailaban los signos mientras os hacían el amor? ¿Se volvían lívidas las cicatrices bajo el efecto de las emociones? ¿Podían conocer los hombres vuestros sentimientos sólo por la palidez de las sajaduras? ¿Te extraña que todavía me masturbe siguiendo con mi pene los dibujos de tu piel de iodo? ¿Por qué me conmuevo tanto cuando te contemplo en el grabado? ¿Qué río es ése que se desliza en tomo a tus pies? ¿Adónde te diriges?

¡Cuántas veces he soñado que venías a mi época o que yo me trasladaba a la tuya! ¿Crees que nos entenderíamos? ¿Te das cuenta de que no nos parecemos en nada? Quizá eso represente una ventaja: nunca acabaríamos de conocemos mutuamente, la costumbre no agotaría el amor. ¡Hay tantos hombres y mujeres condenados a detestar a sus parejas y a morir recluidos en sus propias conchas!

¿Puedes olvidar que nací en el mismo país que tus asesinos, los exterminadores de tu tribu? ¿Puedo yo olvidarlo?

Soy un avejentado matemático que, en vida del dictador, burlaba a la represión y a la austeridad de los números escribiendo por las noches cuentos eróticos. Dejé de practicar esa pequeña rebeldía cuando él murió. Enmohecido y anticuado, incapaz de convertir en realidad mis cuentos, sólo recupero la antigua tensión cuando repaso aquellas páginas clandestinas o invoco a Anacaona, bondadosa cacique de los indios de Jaraguá, en la Española, y a los minuciosos dibujos de su piel.

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Anacaona – Vicente Munoz Puelles

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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