Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

El Eros – Alberto Bevilacqua – descargar libro

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El-eros
El Eros es, el hilo rojo que permite al autor hilvanar los fragmentos de un mosaico de historias, reflexiones y episodios autobiográficos. En todos reinan figuras femeninas, algunas nítidamente presentes en la memoria, como la mítica Ada Vitali, que le inicia en el amor a los catorce años, otras evocadas, otra aun inventadas. Porque, como él afirma con emoción, «los hombres insisten en las viejas técnicas, en cambio, las mujeres…». En esta «aventura hecha de aventuras», el autor jamás olvida que tras todo gesto de amor hay un ser que sufre o goza. Solamente así el Eros adquiere sentido; de lo contrario todo se queda en simple gimnástica de cuerpos. Recibir lecciones de conducta de un libertino es una de las agradables sorpresas de este libro, como lo es la lectura de estas páginas intensas, sensuales y a veces dramáticas que no hacen sentir cuán difícil es apresar el misterio del Eros.

Esta aventura…

   Esta aventura hecha de tantas aventuras con la que recorro el presente y atravieso a lo largo y a lo ancho el mundo de los sentimientos, mi vida, vibró dentro de mí un día, un amanecer, en el aeropuerto de Roma. Solía ir allí con las primeras luces del alba y me paseaba entre los paneles luminosos que anunciaban las salidas a las más recónditas y remotas ciudades del extranjero.

   Me dominaba el deseo de irme, de abandonarlo todo. Pero no sabía adónde: mi deseo no tenía un rostro, era sólo una veleidad infantil.

   A veces llegaba incluso a hacer las maletas sólo por el morboso placer que me producía esta ilusión, al que se unía el dolor de dejar atrás sentimientos que parecían alejarse de mí. Los veía como naves distantes a punto de desaparecer en el horizonte, que yo contemplaba desde aquella orilla mía ahora inhabitable.

   Me sentía desilusionado, incluso por lo que no debería haberme sentido desilusionado; traicionado, sin saber por quién o por qué, y me equivocaba con las sombras, creyendo reconocer en cada una de ellas una traición al amor que yo ofrecía, que había ofrecido. Me parecía que a mi alrededor solamente existía la volubilidad carnal de las mujeres y la imposibilidad de indagar a fondo en sus secretos: tenía el presentimiento de que incluso las más afectuosas podrían escapárseme, antes o después, debido a cualquier contratiempo fatal.

   Me hallaba sumido en una soledad a la que no podía resignarme y, sin embargo, la mera idea de reincorporarme a la vida social a la que, como todo el mundo, me veía obligado, me repugnaba y me impelía a irme.

   Una mañana, ante un panel luminoso que anunciaba la salida a una lejana ciudad, comprendí qué era lo que me quedaba por hacer; o mejor dicho, qué era lo que a cada uno de nosotros nos quedaba por hacer. No se debe partir movido por un sentimiento de nostalgia a la inversa, y mucho menos por el sentimiento de haber llegado al final, cuando en realidad aún nos quedan vidas de reserva, y batir de alas. Se debe partir movido por el único sentimiento no experimentado anteriormente: el de paz, por fin, y el de reposo; se debe partir con los sentimientos apaciguados, dispuestos como las notas de una partitura, para poder extraer de ellos una bella armonía.

   Debía poner en orden mis deseos: viviéndolos, reviviéndolos.

   Todo volvió momentáneamente a su lugar. Sentí de nuevo la necesidad de poner en orden mis deseos, de devolverles su esplendor, de liberarles de las pequeñas infamias que nos rodean.

   Anoto, vivo, escribo, recuerdo.

   Y quizás un día, no muy lejano, parta realmente

 

Diálogo con mi amiga A. B.

Con algunas amantes podemos hablar, discutir, incluso evocar recuerdos, y todo ello sin dejar de tener la sensación de estar haciéndonos confidencias a nosotros mismos.

Es como si la amante poseyera nuestras iniciales psicológicas. Descubrimos identidades, una sintonía perfecta:

… Observo su cuerpo con atención. Sus labios aún conservan una sonriente y complacida ambigüedad; y ahora, después de las silenciosas confesiones que acabamos de hacemos con nuestros gestos, nos sentimos unidos por el deseo de una confesión verbal.

Ella, leyéndome el pensamiento, me pregunta:

—¿Cuándo fue?

—Ocurrió cuando yo tenía diez años. Me tumbaba en la cama y fantaseaba.

—Cuéntamelo.

—Mis fantasías eran tan intensas, que casi llegaban a convertirse en realidad. Me parecía estar viviendo todo aquello que imaginaba: aquellas figuras femeninas que se aproximaban a mí, sus insinuaciones, los gestos con los que daban vida, en el dormitorio silencioso y en penumbra, a mi primer instinto amoroso; y mi habitación se transformaba en el escenario de un ardiente teatro erótico. Era todavía un niño, pero ya me adentraba despreocupado, con audacia, en aquellas nítidas visiones de gestos y situaciones que, a mi edad, no podía conocer. Parecía que un adulto tomara posesión de mí para recordar las experiencias que él había vivido. Mi edad, suspendida entre la última infancia y la temprana adolescencia, era como las diáfanas alas y la venda en los ojos con las que se representa a Eros, hijo de Marte y de Venus. Pero esa venda no me impedía ver, sino al contrario, me permitía una visión más detallada, pues era el velo de la libido, la esencia misma del placer.

—¿Y después?

—Después, Eros creció y se transformó en mi interior. Ya no era el niño de los mitos antiguos, sino un ávido e insaciable joven que tenía la amabilidad de su madre y la belicosidad de su padre. Diotima, en El Banquete de Platón, lo describe así: lleno de energía, aventurero, amante de la poesía, insuperable en sus invenciones sensuales y sexuales. Capaz de prolongar sus arrebatadores juegos gracias a la resistencia y a la fuerza heredadas de su padre… En El Banquete, Eros es también el confidente, el ladrón de secretos íntimos, el enemigo de cuantos no comprenden la luz de su poder… De ahí mi alegría de entonces.

—Volvamos a las fantasías que tan intensamente vivías en tu habitación silenciosa y en penumbra… Según Freud, el Eros representa la libido narcisista sublimada al principio de realidad y es análogo al instinto de conservación del individuo y de la especie.

—Freud añade que, de ese modo, la libido se convierte en la energía que, precisamente al sublimarse, puede conducimos a las formas superiores de la vida del espíritu.

En los ojos de mi amiga, leo lo que está pensando, lo que le gustaría preguntarme. Le respondo:

—Sí, ya desde niño, la naturaleza me concedió el privilegio de saborear las delicias del tiempo detenido en el excepcional momento en que dos cuerpos se unen.

Ella extiende su brazo, señala una fotografía, la observa. Confirmo su pensamiento:

—Sí, soy yo cuando terna diez años, remando en una barca de mentira. La mujer que está sentada a mi lado es mi madre. En aquellos tiempos se solía fotografiar a los niños sobre fondos pintados.

En el mueble, entre las fotos que más quiero de mi vida, hay una que destaca especialmente.

—¿Y esa mujer?

—Es Albina Savi. De niño, me llevaba a descubrir maravillas a lo largo de los diques del Po. Me hechizaba con su cuerpo, que en mi recuerdo continúa siendo espléndido, y con sus inagotables fantasías. La gente del río decía que era una de las pocas mujeres que tenían un cerebro en la Siora Luigia, que es uno de los eufemismos que aquí, en mi tierra, utilizamos para referimos al órgano sexual femenino. Fue la primera mujer que me contó historias atrevidas, todas ellas de su invención, sobre las curiosidades que estimulan el Eros, al que ella definía como buscar el mar y llegar a verlo incluso sin haberlo encontrado, como esos espejismos que, durante nuestras exploraciones, hacían fluctuar aguas azules donde sólo había áridas extensiones de arena.

»De hecho, ella explicaba: “Estoy dispuesta a todo con tal de vivir una aventura extraordinaria. Da igual que al final no encuentre lo que había soñado, lo importante es el hecho de haber vivido esa aventura”.

»Había recibido una educación religiosa y afirmaba que, dada la ausencia de manifestaciones divinas, se había creado sus propios ídolos terrenales. Tenía multitud de amantes: “La única forma de sobrevivir se encuentra en la vitalidad llevada al límite, no en el transgredir por el mero gusto de transgredir. No conozco el término medio. Y los demás o me aman o me odian visceralmente”.

»Miraba hacia arriba. Se veía a sí misma como la garza de color ceniza que, feliz y libre, alzaba el vuelo desde la vegetación flotante y extendía sus alas en el cielo azul eléctrico. Una nube de halcones la acorralaba inmediatamente. Pero, antes de presentarle batalla, volaban a su alrededor para hacerle comprender que no le reconocían el derecho a ocupar su territorio. La atacaban por todas partes. Se desplomaba sobre las piedras. Y, haciendo un último intento por levantarse, batía las alas.

»Albina Savi, al ver el ataque sufrido por la garza, decía: “A mí me ocurrirá lo mismo…”.

—¿Qué significado tiene esa mujer en tu memoria?

—Fue la primera mujer por la que sentí respeto, la primera con la que me identifiqué.

»Tomábamos el sol desnudos tumbados en las piedras del arenal y nos bañábamos en las pozas de agua gélida. Yo sabía que todo aquello no volvería a repetirse y que nunca olvidaría la felicidad que nos envolvía, como el agua que corría entre los peñascos. Albina miraba el cielo y, extendiendo el brazo, me atraía hacia su cuerpo.

»Y yo me encontraba frente al sexo de Albina.

—Así pues, aquella mujer fue la primera con la que…

—No. Con ella adquiría todo tal limpidez, que su sexo no me parecía diferente a una de sus manos, a uno de sus blanquísimos y perfectos pies. Albina Savi también decía: “El escándalo se halla en los ojos de quien mira. Está escrito en la Biblia, y es absolutamente cierto…”.

»Tan cierto, que para mí, todavía hoy, continúa siendo una norma de vida.

Mi descubrimiento del sexo femenino no tuvo lugar hasta pasado algún tiempo:

—Ya te lo contaré.

 

El Eros es un encuentro feliz…

Cuando conozco a una mujer con la que sintonizo, recuerdo las noches en que de niño miraba la Vía Láctea: «Allá en lo alto hay una Vía que se ve cuando el cielo está despejado. Recibe el nombre de Vía Láctea y destaca por su luminosa blancura. Por ella pasan los dioses para acercarse a la morada del Gran Tonante, a su reino».

Así dice Ovidio en sus Metamorfosis.

Miraba hacia arriba, sin moverme de la ventana, confiando en que el universo desconocido me enviase, con una presencia, una señal de sí mismo. Reflexionando sobre las Metamorfosis, me repetía para mis adentros: «Toda imagen debe superponerse a otra imagen, para adquirir en ella su evidencia. Nos hallamos en un universo donde las formas y las relaciones amorosas celestes intercambian continuamente sus papeles con las formas y las relaciones amorosas terrestres, confundiéndose en una doble espiral».

El Eros vive sus momentos más privilegiados cuando se divierte sorprendiéndonos con inesperados encuentros felices.

El Eros tiene su propia providencia. Y debemos tener una fe libre y profunda en ella.

 

Crónica de dos amantes cómplices

Los dos amantes se hacen confidencias en medio del silencio:

—Si el Eros carece de alma, la búsqueda es inútil. Para que el sexo llegue a ser erotismo, debe tener un alma, aunque sólo sea un hálito, un rayo de alma; si no, es algo muy pobre. El Eros es sentirse en un estado de confianza, en una identidad bioquímica con el amante, que te permite iluminar el sexo, transformarlo en fantasía, en juego…

—Así pues, ¿requiere esta forma de comunicación entre dos amantes un conocimiento recíproco?

—Sí, pero no en el plano temporal. La frase «Antes debemos conocemos mejor», que pronuncian algunas mujeres, suele ser hipócrita e inopinada. De hecho, todos llevamos dentro una memoria genética en la que las vidas de los que nos han precedido, y que forman parte de la nuestra (la vida de nuestros antepasados a lo largo de miles de años), han ido estratificando en nuestro interior sentimientos y emociones. Un hombre y una mujer se atraen y permiten que el Eros nazca cuando existe entre ellos una identidad de sentimientos y de emociones ya vividos por otros, a lo largo del tiempo, que el presente despierta. Entonces la llamada es irresistible. Esta identidad primordial, de la que podemos no ser conscientes, es a lo que yo llamo alma erótica… Puede producirse en el primer encuentro o en uno de los primeros. El Eros es una forma de recordar juntos identidades memorables.

Ella confiesa:

—He pasado de los brazos de un hombre a los de otro. Hubo un tiempo en que estaba dispuesta a ir con cualquiera. Buscaba el Eros. Pero después de estas experiencias me sentía desilusionada, inquieta.

—¿Y cómo te sientes ahora?

Ella le pide que le acaricie los hombros, las caderas, los muslos. Y después que le acaricie el sexo ligeramente, y el sexo se abre, se expande, como cuando con la yema de un dedo se recorre el interior de una flor. Todo cobra una esencialidad y una pureza especial: en la penumbra, los pensamientos y las dudas se disuelven, desaparecen, y el cuerpo se sumerge en una placentera sensación.

—Continúa acariciándome mientras me hablas.

Las palabras, los gestos, adquieren cierta morbosidad. Una morbosidad que se insinúa como una de esas ráfagas de aire tibio que a veces se introducen por las rendijas de las ventanas…, invitando a los silencios y a las confesiones:

—Háblame tú también. Cuéntame algo mientras yo te acaricio. Cuéntame tus fantasías más ardientes, las experiencias sexuales más fuertes que hayas vivido.

Ella se las cuenta. Después insinúa a su vez:

—Cuéntamelas tú también.

En estos relatos, algunos dulcemente perversos, sobre la intimidad más profunda y secreta, la vida de los dos amantes, nunca revelada, excita, provoca, y llega incluso a producir el sutil dolor de los celos, con una intensidad de otro modo inalcanzable:

—Tengo miedo de hacerte daño.

—Házmelo.

Y después descender la mano a lo largo de su vientre como si en él hubiera minúsculas briznas que tuviera que quitar, y rozar con los dedos las ingles pasando entre el vello del pubis y la piel, los poros apenas húmedos, y luego hacer lo mismo con los labios. En esto consiste el Eros: en amar un sexo porque se le comprende, en dialogar con él como con una mente que se expresa, con la que se produce un intercambio, como la voz de un diálogo en el que se desvelan dos conciencias carnales. Todo esto permite percibir, descubrir el alma en los puntos más huidizos y ocultos, nunca acariciados por los amantes vulgares. Esos puntos que esperan ser desvelados en la armonía del cuerpo y en los más mínimos pliegues. Esos tres puntos de los que brota el más intenso placer de la unión.

La mente, con todas sus posibilidades de interpretar, intuir, estimular, se traslada allí, al acto que está realizándose. El respeto mental a un sexo, no el simple disponer de él, es algo esencial.

—Libérate.

Y ella se libera. Los orgasmos. Él los escucha.

Es Eros lanzando sus señales desde el fondo primordial, del mismo modo que desde el fondo astral de una constelación llegan los sonidos de los abismos. A veces, estas señales pueden asustar y convertir en algo violento el encanto, el misterio.

La posesión. El Eros no es, nunca podrá ser, la pura penetración (sería una blasfemia) como creen la mayor parte de los hombres, que alardean de ella como una prueba de fuerza, como una manifestación de virilidad guerrera. Quien se limita a esto, se encuentra en las antípodas del Eros, en la estupidez sexual. Además, en este caso la penetración suele ser rápida. El Eros, por el contrario, es ser dos en uno y vivir esta condición privilegiada, ora imperceptiblemente, ora con intensidad: desde la dulzura, vehemente, de «sentirse» en el adagio de una música contenida, hasta las ascensiones de esa música y la laceración de esa dulzura.

Que todo acabe lo más tarde posible. La capacidad de prolongar la belleza de la partitura musical depende del compañero. La eyaculación es un incidente superfluo. El Eros consiste en el ardor o éxtasis de retrasar, de poder disponer de «la pequeña muerte», como la llaman los orientales. Hay hombres que se liberan enseguida a través del semen, de la potencia acumulada. Son los ciegos y los sordos del Eros.

También hay Eros cuando cada uno de los dos amantes se da cuenta de que no se adelanta ni sigue al otro, sino que marchan al unísono, como si hubieran estado el uno dentro del otro desde siempre. La precisión infalible de la sintonía. El maravilloso «Te siento»:

—Te siento.

Uno de los momentos más bellos de las horas dedicadas al amor es cuando vemos a la mujer alejarse de la cama y podemos contemplar sus nalgas, sus muslos, su paso, que custodian el placer vivido, antes de que desaparezca furtivamente en el pasillo, en dirección al baño. Es una visión femenina de extraña intensidad, que proporciona consistencia y movimiento al rito de la pausa…

Comer, beber afablemente un vino fresco. Volver a empezar.

Y después, avanzar hacia el amanecer: el uno enlazado a la espalda del otro, el sueño en la mano del hombre posada en el vientre de su compañera, las piernas del uno en contacto con las del otro, perfectamente acopladas; el deseo de la fusión corporal que permanece, el no sentir después extrañeza alguna en el cuerpo del otro. El cuerpo del compañero, o de la compañera, somos nosotros.

Este es un momento sublime del Eros.

Intercambiamos palabras límpidas sobre las pequeñas cosas que nos pertenecen. Ese hablar quedo…, mientras nos aproximamos al sueño. También este tipo de sueño es el Eros, que se transforma por último en la tristeza por la separación…

Ver cómo ella vuelve a vestirse. Sus formas desaparecen. Un momento antes de que los vestidos las oculten, el amante besa su espalda, sus nalgas desnudas, marcadas con las señales de la posesión recíproca, como si quisiera poseerlas por última vez.

La despedida. La sensación de vacío antes de volver a verse.

Mientras esperan a que llegue el ascensor, los besos son diferentes: en ellos comienza a insinuarse la añoranza de una tarde y de una noche bellísimas, ya archivadas en el tiempo. El mutuo abandono adquiere otro carácter. El ascensor, que tarda, se convierte en un elemento de desarmonía. El último beso. Tras la separación, permanece misteriosamente en los labios el perfume de un hálito.

La puerta se cierra. El ascensor se aleja.

El Eros de la pureza

Aquel día dejé de ser un viajero ingenuo.

Fue en África, en la periferia de la antigua Leopoldville…

Las niñas prostitutas se encaminaban hacia un barrio donde serían encerradas en jaulas de hierro para ser vendidas. Me topé por casualidad con ellas en una de esas callejuelas que atraviesan uno de los varios guetos que hay en la ciudad. A la cabeza de la fila iba una niña con una cinta en el pelo. Se detuvo ante mí. Durante el breve instante que el Mercader del Amor le concedió, observó ansiosamente mi mirada, mi figura, con la que el destino la había hecho cruzarse precisamente en aquel camino.

Sus ojos de niña ya tenían el trágico cansancio de una madre maltratada por la vida. En un primer momento no comprendí por qué se había detenido ni la razón de aquella sonrisa que hizo aparecer amargas arrugas en sus labios infantiles. Lo comprendí cuando la pequeña, que era muy bella, alzó su mano derecha para quitarse la cinta que sujetaba sus cabellos.

El Mercader del Amor, obsceno y servil, daba vueltas a mi alrededor invitándome con su horrible francés:

—Viólela… Puede violarlas a todas si quiere.

La niña veía en mí, con tristeza, el futuro que hubiera podido tener como mujer y que no tendría. Dentro de poco desaparecería dentro de una jaula y nadie recordaría que había sido una niña que hubiera podido convertirse en una hermosa mujer. Así pues, se quitó la cinta para dármela a mí, que había aparecido ante ella como la encarnación de sus fantasías y de sus absurdas esperanzas. Quizá pensara que dándome ese mínimo recuerdo suyo, podría evitar que una parte de sí misma se perdiera.

Entre nosotros se produjo un breve diálogo gestual que contenía un adiós a la vida. La cinta pasó de su mano a la mía. Nuestros dedos se encontraron y se enlazaron, sujetando al mismo tiempo la cinta. El mercader obligó a la fila de niñas a moverse. Enrollé la cinta en mis dedos y, dándome la vuelta, le hice un gesto de despedida.

Y, cuando miré hacia atrás, vi que la pequeña, sin dejar de caminar, también se había girado, sonriendo agradecida por aquella cinta que ahora iluminaba, con su color rojo, el único gesto de amor que probablemente le habían dirigido.

Entre las fotografías de las personas a las que he amado durante mucho tiempo, aún conservo esa cinta, recuerdo de aquella criatura con la que me crucé durante apenas unos instantes.

 

Carta a una compañera

para explicarle la «nota de Toscanini»

«… hay momentos —cuando tú no estás y no existen tensiones entre nosotros— en que, pensando en ti, respiro hondo y me dejo invadir por la satisfacción de estar compartiendo contigo mis mejores días. Y es como respirar el aire de una nueva estación. Me invade, gracias a ti, un sentimiento de feliz reciprocidad con las cosas. Salgo a la terraza y respiro hondo contemplando Roma, las cúpulas y los campanarios en el crepúsculo, y el crepúsculo me contempla a mí.

»Son momentos únicos. Cualquier otra pasión —incluida la sed de aventuras que me llevaba a recorrer el mundo, incluidos los cuerpos, que por lo general son como tierras desoladas y vacías indignas de ser exploradas— es sustituida por la idea de que existes.

»Es como si ambos hubiéramos vuelto de largos y azarosos viajes. Un alma no sólo vive por la ilusión de hacer descubrimientos providenciales, como un explorador o un arqueólogo, sino también y sobre todo por la esperanza de poder captar, gracias a un oído milagroso que en Parma llamamos el “oído de Toscanini”, esa nota apenas perceptible, que en algunos momentos resuena como una humilde risita…

»El Eros que nos ha unido, que nos une, también se ha deslizado dentro de nosotros, entre nosotros, como esta nota alegre y llena de una resonancia musical distinta, después de tantos años de sentir el corazón oprimido. Le debemos algo, mucho.

»Me ha cautivado la lealtad con la que has borrado de ti tantas experiencias equivocadas (hasta ahora nunca había creído en la lealtad de cierto tipo de mujeres) y, de ese modo, hemos unido recíprocamente nuestras causas. En este libro encontrarás muchos ejemplos de estas experiencias equivocadas, que son como las de esos niños que, para entretenerse, se tiran por un tobogán o saltan desde lo alto de un montón de heno y, al caerse, les sangra la nariz. Pero esas experiencias ya no te pertenecen, pertenecen al mundo de los otros, a un mundo lleno de gente.

»Por tanto, no debes ofenderte al leerlas. A veces una sola nota, la nota de Toscanini, puede cambiar nuestros destinos. Es como pasar de la vigilia al sueño o viceversa. Para quienes hemos tenido la suerte de conquistar una complicidad, una sintonía, el delicado ritmo de unas notas puede convertirse en el ritmo de nuestra propia vida… Me aprietas la mano y siento tus dedos cálidos. En otros tiempos no habrías sido capaz de apretármela, porque tenías los dedos fríos, rígidos. Eran como garras. No te ofendas…

»Pienso en cuando el ser humano se encontró por primera vez con un semejante suyo en la Tierra y, al ser consciente de este encuentro y verse reflejado en el otro, le acarició el rostro y el cuerpo para reconocerse en él.

»La vida se caracteriza por su delirante ingenio, tanto para el bien como para el mal. A veces le bastan sus medios más humildes, como la humedad y el moho, para crear en tomo a un lecho pequeños reinos espectrales, donde las manchas son fastuosos drapeados de sombras, vuelos de querubines negros, damascos que nada tienen que envidiar a los de los “baldaquinos del infierno” del Versalles del Rey Sol.

»Esos drapeados de sombras sobre nuestras cabezas han desaparecido. A algunas privilegiadas les sucede lo que a ti: la mujer de antes, equivocada, cansada, desilusionada y en ciertos aspectos detestable, desaparece y deja paso a una mujer diferente, capaz de modelarse un corazón joven… Lo más importante es poder renacer de las propias cenizas.

»No te ofendas. ¿Qué importancia tiene que yo cuente ciertas cosas? A veces necesitamos hablar cara a cara con Dios o con la idea que tenemos de él. Cuando nos sentimos abrumados por las pequeñas miserias de la humanidad, debemos volver a vemos reflejados en su grandeza, para sentir de nuevo la emoción ante ella, sentimos inspirados y pedirle consejo. De ese modo, podemos estar seguros de volver a encontramos a nosotros mismos…».

DESCARGAR EL LIBRO COMPLETO AQUÍ:

El Eros – Alberto Bevilacqua

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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