Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Sobre las mujeres dignas de alabanza (Extractado de “El jardín perfumado”)

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el jardin perfumado

Has de saber, oh visir (¡que la bendición de Dios sea contigo!), que hay mujeres de diversas clases, algunas dignas de alabanza y otras merecedoras de desprecio.

Para que una mujer resulte atractiva a los hombres ha de poseer una figura agraciada y dotada con carnes abundantes. Su cabello debe ser negro, su frente amplia, sus cejas negras como las de los etíopes y sus ojos grandes y negros con el blanco inmaculado. Sus mejillas formarán un óvalo perfecto y tendrá una nariz elegante y una boca graciosa. Sus labios serán de color bermellón, como también su lengua. Tendrá aliento agradable y cuello largo y bien modelado, busto y caderas amplios y senos firmes y que llenen su pecho. Su vientre debe ser bien proporcionado, su ombligo bien marcado y hundido, y su vulva prominente y carnosa desde el pubis hasta las nalgas, aunque con el pasillo estrecho, libre de humedad, cálido y suave al tacto. Sus muslos y nalgas deben ser duros, su cintura delgada, sus manos y pies notables por su elegancia, sus brazos rollizos y sus hombros fuertes. Cuando a una mujer poseedora de todas estas cualidades se la ve por delante, la visión es arrebatadora, y cuando se la ve por detrás, fatal.

Si se la ve sentada, es una cúpula redonda; yacente, un muelle lecho; de pie, el asta de una bandera. Al caminar, sus partes naturales resaltan bajo sus ropas. Pocas veces habla o ríe, y nunca sin razón. Nunca deja la casa, ni siquiera para visitar a los vecinos. Carece de amiga, desconfía de todos y su único apoyo es su marido. No acepta regalos más que de su marido y sus parientes, y cuando éstos se hallan en la casa, no interfiere en sus ocupaciones. No es traicionera ni tiene defectos que ocultar. Tampoco irrita a nadie.

Si su marido la íntima para que desempeñe sus deberes conyugales, se ajusta a sus deseos, e incluso a veces se anticipa. Lo ayuda siempre en sus tareas, es parca en quejas y lágrimas, no ríe al ver a su marido triste o abatido, sino que comparte sus problemas, y lo consuela hasta que aquellos han desaparecido y no descansa hasta verlo contento. No se entrega más que a su marido, aunque la abstinencia pueda llevarla al borde de la muerte. Oculta sus partes secretas de la vista, observa la mayor limpieza y esconde de su marido todo aquello que pudiese repugnarle. Se perfuma y limpia sus dientes con corteza de nogal.

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Una mujer así debiera ser apreciada por todos los hombres.

* Texto árabe del JEQUE NEFZAWI (Túnez, siglo XIV?) en una traducción de Sir Richard Burton, 1886)

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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