Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Cuestión de tamaño – Vicente Verdú

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Cockleg

Es el único órgano del cuerpo que crece a placer. Pero, a veces, no tanto como le gustaría al propietario. Su medida media es entre 7 y 15 centímetros, dependiendo de si está en reposo o en acción. Pero muchos no llegan y otros se pasan. ¿Mejor pequeño, pero matón? ¿Caballo grande, ande o no ande? Ellos, y ahora también ellas, debaten en estas páginas sobre pesos y medidas. Mitos y verdades, secretos y mentiras. Hablamos del pene. Ese desconocido con vida propia.

El pene, ese elemento que no superaba las barreras de los chistes o la consulta del andrólogo, ha comenzado a circular, con pesas y medidas, entre los artículos de consumo. Las mujeres tenían tasadas sus proporciones pectorales, abdominales, glúteas y hasta maxilares para responder a un canon de belleza masculino. ¿No era hora ya de que la igualación de sexos se correspondiera con unos dictados femeninos parecidos y empezando, de paso, con el pene?

El deseo del pene grande ha existido entre los hombres con la pretensión de ser más macho, agresivo o fantasmón, pero la mujer, en esto, se expresaba muy poco. Incluso los médicos masculinos calificaban la obsesión de sentirse más dotado como patología de la masculinidad. De hecho, según las informaciones del centro madrileño Androclinic, el 44% de los hombres que solicitaron una operación de agrandamiento tenía un pene igual o superior a la media (14 centímetros en erección). Sólo un 32% lo tenía más pequeño, y un 24% estaba afectado de un complejo de inseguridad psíquica. Es decir, que mientras las mujeres solicitan rellenos, injertos, liposucciones o estiramientos para gustar, los hombres se operan por equivocación y por problemas mentales.

Las cosas, sin embargo, han cambiado mucho. Hasta hace poco se seguía diciendo que para las mujeres era secundaria la apariencia del varón y, si se refiere al pene, ni merecía la pena entrar en el asunto. Se daba por hecho que las mujeres no decían nada sobre la dimensión del falo, pero tal silencio ha concluido ya y ‘muchos varones sin pareja estable’, atestigua Androclinic, ‘saben que ostentar un gran pene constituye un estímulo altamente erótico para sus potenciales amantes’.

El clamor en torno al pene fotografiado del conde Lequio en el verano de 1999 fue sólo un signo entre un fenómeno extendido en las películas, los telefilmes, las revistas, The New York Times y la publicidad internacional, donde hoy son frecuentes y crecientes las referencias a la genitalidad masculina. El éxito además de libros como El libro del pene, de Maggie Pale;, El cuerpo del macho, de Susan Bordo, o El pincel del amor, subtitulado Vida y obra del pene, de Bo Coolsaet, denotan el flamante interés de autores y público, más femeninos que masculinos, sobre los pormenores del funcionamiento, errores y capacidades, sorpresas y achaques del órgano.

¿Una razón? Las mujeres pueden y quieren expresar su deseo sexual y piden, en simetría con las demandas del hombre, las mejores condiciones para su goce. Luis García Berlanga, Francesco Alberoni y otros erotómanos han podido repetir hasta hace poco que ‘a las mujeres no les interesa la cama en sí’, pero ahora no parece que la generalización cuadre. Tradicionalmente se aceptaba que la mujer necesitaba amar a un hombre para acostarse con él, para poderse aventurar en una relación que implícitamente asociaba con la construcción de un hogar donde resguardar sus crías. El pene de ese hombre no era tan importante en tamaño como en fertilidad. El pene como simple juego, sin evocación de maternidad, quedaba supuestamente fuera de las apuestas femeninas. La mujer no jugaba con el sexo; de una parte, porque se exponía a quedar embarazada y no apostaba; de otra, porque se le había enseñado a usar su cuerpo como reclamo para el matrimonio.

Entre hombres y mujeres ha existido una flagrante asimetría en el uso y aprovechamiento sexual. El hombre apareciendo siempre presto para el coito y orientando los cortejos hacia la posesión del botín, y la mujer representando al objeto renuente al que embaucar o seducir. De hecho, en relación a las mujeres, los hombres han sido ‘tan ridículamente fáciles de seducir’ (dice un personaje de Miller) que el logro de su sexo no ha valido gran cosa. Podía ser más complicado, sin embargo, conseguir su fidelidad, su lealtad y su matrimonio, pero en cuestión de sexo el asunto carecía de grandes obstáculos y de ahí la rebaja de su estima. No existiendo los hombres como objetos de radiante dificultad sexual, no existían como mercancías caras y escasas, susceptibles de peso y mediciones estrictas. O bien, dadas las condiciones intersexuales, la atención por sus características se centraba menos en lo grandes o hermosos que eran que en lo maravillosos que podrían ser dando cariño, protección, descendencia, estatus.

Las cosas se alteran espectacularmente cuando la mujer puede ser independiente profesional y económicamente, y puede, con los anticonceptivos, no escatimar su placer en la cama. O aún más: cuando, como ahora, no sólo no necesita a un hombre para prosperar, abrigarse o salir, sino que no lo necesita para ser madre.

Podría ser que las mujeres restaran importancia a la proporción del pene cuando la historia les había inculcado que lo importante no era la vistosidad sino la fertilidad. Pero ahora no necesitan a un hombre para ser fecundadas, o, simplemente, no quieren serlo. Desde esta perspectiva se ve al pene con otros ojos. De una parte, las jóvenes tienen hoy relaciones sexuales muy pronto y con muchos chicos. De otra, la promiscuidad no desaparece con el matrimonio o desaparece bastante menos que antes. Las mujeres jóvenes cometen hoy tantos adulterios como los hombres, si no más, y han podido constatar las diferencias. No es verdad, por añadidura, que el miedo al sida haya disminuido las relaciones íntimas; incluso es probable que las haya incrementado gracias a la difusión de las medidas anticonceptivas y, dentro de ellas, el ‘póntelo, pónselo’ que ha enseñado a las chicas no sólo una actividad más, sino, a la vez, un punto de vista más cercano.

Los hombres cuartearon a la mujer para devorarla mejor. La fragmentaron como un surtido de dulces: la nuca, los pechos, las piernas, los labios, los hombros, las nalgas. Pero uno de los más elementales fragmentos en la nueva devoración erótica a la que se aplica hoy la mujer puede ser la secesión del pene. Según declara la psicóloga Lilian Rubin, en su famoso libro Intimate strangers, la mujer actual se siente más poderosa sexualmente que nunca, y no es aventurado afirmar que, especialmente, por haberse liberado del temor al embarazo y también de la hipoteca del hombre: la liberación del hombre como sujeto dominante y el paso a la oportunidad de disfrutarlo como objeto igual, usable, permutable y troceable. El libre juego con el cuerpo era, en buena parte, privilegio del hombre, pero ahora, perfeccionado por la experiencia, es una nueva oportunidad femenina. Hoy, más que nunca, la mujer puede jugar con el desnudo del hombre como un mecano.

Las chicas juegan con los chicos, como los chicos jugaban con las chicas. Y quieren los mejores juguetes: ¿quién dudará que es más nutricio un pene grande que otro diminuto? De la misma manera que los hombres han gozado y presumido con mujeres de pechos famosos, ¿cómo no pensar en una correspondencia con penes robustos? El hombre o la mujer atractivos se conjugan en una reunión de atributos, físicos y espirituales, pero además están los tíos y las tías ‘buenas’. Hasta el momento las revistas pornográficas eran las revistas con mujeres exhibiendo sus carnes. Ahora, con la demanda homosexual, de un lado, y con la femenina, de otro, a través de sus Cosmopolitan(s) y Mujer(es) 21, los hombres desnudos se estampan para el general consumo. Más aún: revistas como Interviu, masculinas y femeninas, pueden haber iniciado con el fenómeno Lequio la novedad de proponer pornografía masculina o femenina indistintamente. De hecho, los mundos del hombre y la mujer tienden a permutarse. Con una ventaja desconocida y adicional: ya no se es, en el sexo puro, sujetos unos y otros objetos, catadores oficiales unos y otros los catados. Ambos son hoy permutables en la captación y gradualmente iguales en las consideraciones de peso y medida. Equivalentes en la fascinación, en la necesidad, en la exhibición, en la lascivia.

Historia al desnudo

A los artistas de todas las civilizaciones y épocas les ha seducido el misterio de la virilidad. Este mosaico es la mejor muestra. Desde el ‘David’ , de Miguel Ángel (arriba, el segundo por la izquierda), hasta un Buda tibetano (arriba, a la derecha), todos han ofrecido su particular visión. Escultores, pintores o escritores han caído en la tentación de desnudar al hombre. Y siguen cayendo. La escritora Ángela Bravo, por ejemplo, muestra en un libro de reciente publicación, ‘El eterno masculino’ (Alianza Editorial), a los protagonistas de la historia antigua como hombres delicados y preocupados por gustar y gustarse a ellos mismos. Una visión moderna y sorprendente de la Grecia y Roma clásicas: desde su cocina erótica hasta los gustos y modas de la época. Gustos y modas que han llegado hasta nosotros, entre otras manifestaciones, plasmados en restos arqueológicos como los que reproducimos en estas páginas. ¡Para que veamos lo poco que hemos evolucionado en esta materia!

Dimensión de progreso

Primero fue el Wonderbra, que desbancó al británico Super-Uplift Bra, sigilosamente vendido durante décadas en corseterías. Vinieron cinchas para perder dos tallas, pantys que anonadan las pistoleras, combinaciones que modulan de escote a muslos. Incluso para los hombres, Lycra lanzó el Super Shaper Brief, un slip alto que permite abultar glúteos y genitales. La novedad de los noventa es el relleno. Tras años en que las mujeres se propusieron ser iguales a los hombres, arreció una enérgica diferenciación.

Las supermodelos han influido mucho en la promoción de la mujer diferencial. Algunas feministas han aceptado la novedad. Otras ven un regreso de la mujer objeto. Pero ni los intentos de cambiar a la modelo nutricia por la anoréxica han variado las preferencias de los hombres y del consumo de las mujeres. En los noventa, las opulentas Schiffer, Crawford o Casta han copado revistas y desfiles. A su lado, Kate Moss ha sido un mixto. ¿Existe ahora, con el realce del pene grande, una correspondencia entre las demandas de hombre y mujer?

Desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVII, la aparición de la coquina, que resaltaba los genitales en los vestidos de los hombres, se correspondió con el realce por todos los medios de los pechos de las mujeres, que siguió vigente hasta el siglo pasado. No es, por tanto, hoy día, la primera vez que, coincidiendo con la nueva oleada del pecho abundante, se reclamen atributos masculinos mayores. A todo este movimiento, en sincronía con la tendencia neoliberal, algunos analistas lo bautizan como reaccionario, síntoma de un periodo conservador. Pechos opulentos, tiempo de conservación; pechos pequeños, tiempo de progresismo. ¿Penes pequeños, asiáticos, chinos, futura señal del progreso en el segundo tramo del siglo XXI?

  © EL PAIS Internacional, SA. Todos los derechos reservados.

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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