Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

El amor, la modernidad y la política – Maciek Wisniewski – Juan José Tamayo

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Las observaciones de los estudiosos y las impresiones de la gente común parecen coincidir: la incertidumbre se ha convertido en una característica esencial de la modernidad. Desde el mercado hasta la vida emocional, todo está edificado en la inseguridad y el riesgo. El amor no es ninguna excepción. Ulrich Beck, en su nuevo libro: Amor a distancia (2012), coescrito con su esposa Elisabeth Beck-Gernshei, ofrece una interpretación sociológica de estos cambios analizando el papel de las nuevas tecnologías, Internet y procesos globales como la migración en la conformación de nuevos modelos del amor, la familia o la maternidad (y su mercantilización). La disolución de las viejas instituciones y barreras legales, políticas y sociales (la modernidad reflexiva) ofrece oportunidades de emancipación (p.ej. el caso de las mujeres-migrantes, que dejan sus entornos conservadores), pero trae nuevas angustias: ayer cuidar de alguien significaba estar cerca; hoy es estar lejos, mandando remesas.

Aunque todo coincide con lo que observamos o vivimos, el problema con Beck es el mismo de siempre: la apenas vaga presencia del capitalismo en su análisis (aquí solo bajo el ambiguo avatar del capitalismo global) y relegación de todo a los cambios culturales acelerados por la globalización. Esto y la falta de más análisis político impiden ver los mecanismos y paradojas de transformaciones en cuestión. Bien dice David Harvey que nadie ha hecho más para minar la familia tradicional que Reagan con su revolución neoliberal (orquestada por los círculos conservadores que decían defenderla) que la reconfiguró según las nuevas necesidades del capital y el mercado laboral. El patriarcado no era sólo una firme base social y cultural, sino un necesario mecanismo económico, igual que hoy las familias multicontinentales de las que habla Beck (que ni siquiera menciona al neoliberalismo).

Varios otros sociólogos ya han analizado el tema. Richard Sennett hablaba de la flexibilización del amor y el surgimiento de un nuevo sujeto: ser humano flexible, sin ataduras, forjado a semejanza del capital que traspasa las fronteras y huye de cualquier compromiso con el trabajador. Zygmunt Bauman, en su Amor líquido (2005), analizaba las nuevas, frágiles relaciones de la gente sin vínculos, hijos de la modernidad líquida en el contexto de las nuevas tecnologías, el consumismo y la comodificación del amor y el sexo. Para él los mismos cambios que afectaban a la vida íntima dañaban también la esfera pública. Aquí –en la devaluación del amor al prójimo que estaba detrás de la pésima condición humana– localizaba el problema de la xenofobia, los migrantes o refugiados. Sin formular un proyecto, dejaba pistas para pensar que rescatar el amor es una tarea política.

Uno de los más conocidos intentos de fusionar el amor con la política fue el de AMLO (Fundamentos para una república amorosa, en La Jornada, 6/12/11). Más que un programa integral, fue una oferta electoral y –como comentaba Luis Hernández Navarro– un novedoso tema que hacía del amor un concepto político, algo de lo que ya hablaban Michael Hardt y Antonio Negri, que, invocando a Spinoza, revindicaban el poder transformador del amor ( La Jornada, 27/12/11). De hecho el que más insiste en politizar (o re-politizar) el amor, viéndolo como un desafío al orden político y un concepto constitutivo, es Hardt, que lo trata incluso como una base alternativa para una nueva organización social y política, (nomorepotlucks.org, 24/11/11). Enrique Dussel, por su parte, reflexionando en torno a la república amorosa, con ejemplos de la filosofía (San Pablo) o la política (Nelson Mandela), y considerando los diferentes significados del amor –eros, filía/amistad y agápe/solidaridad– apuntaba al tercer término, el amor al explotado y excluido, como el amor político por excelencia. Citando Las políticas de la amistad, de Derrida, y la dicotomía amigo/enemigo (Schmitt), concluía que el amor es la esencia de la política ( La Jornada, 28 y 29/3/12).

Frente a esto, diferente es la postura de Alain Badiou, quien por un lado aboga por rescatar el concepto del amor, pero por otro se opone categóricamente a… mezclarlo con la política. En su librito El elogio del amor (2012) –una larga entrevista con Nicolas Truong–, subraya que el amor está bajo amenaza en la sociedad, donde se le mercantiliza y vende preparado, sin necesidad de relaciones profundas. Para él, la tarea del filósofo es salvarlo (el amor es una de las cuatro condiciones de filosofía) y reinventarlo, como insistía Rimbaud.

Presentando varios enfoques (Platón, Schopenhauer, Kierkegaard, Levinas, Lacan et al.), pasa a su visión fusional del amor (los Dos no se vuelven Uno, sino manteniendo la división; ya como una pareja, enfrentan al exterior), atribuyéndole un estatus casi metafísico y calificándolo en su lenguaje de un acontecimiento, no reducido al encuentro (que sería propio del amor romántico), sino construido en el tiempo. Para Badiou el amor es un procedimiento, cuyo objetivo es la búsqueda de la verdad, lo que lo asemeja a la política, pero mientras en el amor el procedimiento está centrado en dos, en la política se trata del colectivo. Sin embargo, Badiou niega que pueda existir una política del amor, de la manera en que Derrida hablaba de la política de la amistad. En su opinión la política del amor es una expresión sin sentido: la consigna ama a los demás puede ser una plataforma ética, pero no política, ya que en la política hay también gente imposible de amar. Lo central en la política es la cuestión del enemigo, ajena al amor, no del amigo, y estas cosas tienen que ser separadas (en la organización política no se trata de pregonar el amor, sino de controlar el odio para definir bien al enemigo).

La única posibilidad, según Badiou, de llevar un poco de amor a la política es el comunismo. 

*Periodista polaco

http://www.jornada.unam.mx/2014/01/03/opinion/014a2pol

 

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Zigmunt Bauman: posmodernidad, vida líquida, amor líquido

Juan José Tamayo*

11/1/2017

Ha fallecido a los 91 años el politólogo y científico social polaco Zygmunt Bauman, uno de los pensadores más lúcidos e influyentes de nuestro tiempo. Es autor de numerosos libros entre los que cabe citar: (2001), La sociedad individualizada, Cátedra, Madrid; (2002), La cultura como praxis, Paidós, Barcelona; (2003), Modernidad líquida, FCE, México DF.; (2004), La sociedad sitiada, FCE, Buenos Aires; (2005), Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, FCE, México DF.; (2005), Archipiélago de excepciones, Katz, Barcelona; (2006), Vida líquida, Paidós, Barcelona; (2007), Vida de consumo, FCE, Buenos Aires; (2007), Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores, Paidós, Barcelona; (2011), Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global, Fondo de Cultura Económica; (2012) Socialismo. La utopía activa. Nueva Visión, Buenos Aires; (2013), La cultura en el mundo de la modernidad líquida. FCE, Buenos Aires; (2014), ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? Paidós, Barcelona; (2015), Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida. Paidós. Barcelona.

“Líquido” es una de las categorías centrales y de gran riqueza analítica de su pensamiento. Su tesis es que en la sociedad actual todo es líquido, inconsistente, evanescente: la modernidad, los miedos, los temores, el amor, la vida. Las condiciones de vida y de acción y las estrategias de respuesta se modifican con tal celeridad que no pueden consolidarse ni traducirse en hábitos y costumbres.

Nuestro mundo avanza a un ritmo vertiginoso pero sin rumbo, cambia compulsivamente, pero sin consistencia. No hay tiempo para que las cosas echen raíces. La precariedad es el signo –y el sino- de nuestro tiempo. Siempre hay que estar empezando y terminando. Pareciera que el imperativo categórico fuera estar poniéndose al día constantemente. Las cosas se adquieren y se desechen con una celeridad compulsiva. Las capacidades se tornan discapacidades en un abrir y cerrar de ojos. La apelación a la experiencia es signo de decrepitud. Se impone la velocidad frente a la duración, la aceleración frente a la eternidad, la novedad frente a la tradición, el consumismo frente a la ciudadanía. “El consumidor –afirma- es enemigo del ciudadano” (Vida líquida, 166). Hemos pasado del miedo al cambio al miedo al estancamiento.

La vida líquida se caracteriza, según Bauman, por ser una “cultura del desenganche, de la discontinuidad, del olvido”; una cultura que no educa en la reflexión en profundidad, ni en la actitud de búsqueda, sino en la ojeada fugaz, en dejá vu. No hay convicciones firmes, sólo opiniones diletantes que pueden cambiar de un día para otro, tanto en la política como en el debate intelectual. Cada vez hay menos personas dispuestas a dar su vida por algo o por alguien. Se ha pasado de la figura del mártir a la del héroe como camino más rápido para conseguir celebridad (Bauman, 2006, 57ss).

El martirio, para él, significa solidarizarse con “un colectivo al que la mayoría discrimina, humilla, ridiculiza, odia y persigue”. El mártir “pone la lealtad a la verdad por encima de cualquier otro cálculo de ganancia o beneficios mundanos (materiales, tangibles, racionales y pragmáticos)” (Bauman, 2006, 60). Aquí radica precisamente la diferencia entre los mártires y los héroes modernos.

Estos hacen cálculos sobre las pérdidas y las ganancias de sus acciones y esperan obtener beneficios de su sacrificio. Mientras que la muerte de los mártires es “inútil”, no se entiende que pueda existir un “heroísmo inútil”. Aquí convendría recordar la reflexión de Ernst Bloch sobre el héroe rojos en las prisiones nazi-fascistas, coincidente con el análisis de Bauman (Ernst Bloch, El principio esperanza, III, Trotta, Madrid, 2007).

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La democracia ha sufrido un golpe de Estado por mor del neoliberalismo, cuyo objetivo es privatizar la esfera pública y eliminar la utopía social. La utopía de la modernidad, dice Bauman, se ha convertido “en blanco y presa de llaneros, cazadores y tramposos solitarios: uno de los muchos trofeos de la conquista y la anexión de lo público a lo privado” (Bauman, 2006, 200). Calificar hoy a una persona, a un colectivo o a un proyecto de utópicos no es precisamente un piropo. Constituye una descalificación en toda regla. La utopía sufre hoy un largo destierro y un maltrato semántico. Se identifica con quimera, fantasmagorería, ilusión, sueño irrealizable, evasión de la realidad, renuncia a las responsabilidades del presente.

Sin embargo, la utopía, liberada de toda mitología, es una categoría mayor de la filosofía de la esperanza y tiene un sentido positivo en tanto proyecto de un mundo justo, que implica la crítica del presente. Es necesaria como imagen movilizadora de las energías humanas, horizonte que orienta y guía la praxis, instancia crítica de la realidad y, en definitiva, motor de la historia (Juan José Tamayo, Invitación a la Utopía. Estudio histórico para tiempos de crisis, Trotta, Madrid, 2012, 147 y 260).

El individuo vive en permanente asedio. Cuanto más se empeña en afirmar su individualidad, más asediado se ve por la sociedad. “La individualidad –dice Bauman- es tarea que la propia sociedad de individuos fija para sus miembros (Bauman, 2006, 31). El auge de la individualidad supuso el debilitamiento progreso de los lazos sociales. ¿En qué consiste entonces el viaje de autodescubrimiento? En una mera feria global de comercio al por mayor de recetas de individualidad. Los elementos auténticamente individuales de cada persona terminan por convertirse en moneda de uso común, en estándares sin valor. Aquí convendría recordar a Antonio Machado para quien es de necios confundir valor y precio.

Vivimos un proceso de fragmentación y de segmentación, de diversidad individual y social. Lo que exige como objetivos políticos y sociales importantes, escribe el intelectual polaco citando a Dominique Simone Rychen, el fortalecimiento de la cohesión social, el desarrollo de un sentido de conciencia y responsabilidad sociales, la interacción con otras personas, el diálogo, la comprensión mutua, la gestión y resolución de los conflictos (Bauman, 2006, 166).

Siguiendo a Hannah Arendt y a Bertold Brecht, llama a nuestra época “tiempos de oscuridad”, en los que se degrada toda verdad a una trivialidad sin sentido y el distanciamiento de la política y de lo público se ha convertido en la “actitud básica del individuo moderno, quien, alienado del mundo, sólo puede revelarse verdaderamente en privado y en la intimidad de los encuentros cara a cara” (Bauman, 2006, 172).

Bauman se pregunta por la posibilidad de convertir el espacio público en lugar de participación duradera, de diálogo permanente, de debate y de confrontación entre el consenso y el disenso, en vez de ámbito de encuentros fugaces y casuales. Su respuesta es que esa conversión sólo es posible creando un espacio público nuevo y global, que se traduzca en una política planetaria adecuada, un escenario igualmente planetario, un análisis global de los problemas provocados a escala global y una responsabilidad realmente planetaria. Ello exige reformar el tejido de las interdependencias e interacciones globales.

Las reflexiones de Bauman no dejan a nadie indiferente. Se compartan o no, dan que pensar. Llevan siempre por veredas inexploradas, no por los caminos del éxito seguro en los negocios. Provocan insatisfacción como punto de partida para cambiar la realidad. Invitan a construir relaciones simétricas, cálidas, duraderas, auténticas, profundas, no mediadas crematísticamente. Los pensamientos de Bauman no acaban en desencanto y apatía. Todo lo contrario. Su libro Vida líquida termina con una llamada a la esperanza entendida como encuentro entre la imaginación y el sentido moral.
La esperanza se resiste, y con razón, a reconocer la jurisdicción “de lo que es” y a someterse al dictamen de la realidad. Es esta, más bien, la que tiene que explicar por qué no siguió el criterio marcado por la esperanza. Y junto a la esperanza, la apelación a la utopía, a partir de la consideración del ser humano como criatura esperanzada según Bloch y de la idea de la ética como filosofía primera según Lévinas. El mundo exterior tiene que demostrar su inocencia ante el tribunal de la ética, no viceversa. Y por el momento no le va a ser posible demostrarla, porque dicho tribunal está sometido al asedio del mercado, que es el mejor ejemplo de inmoralidad.

*Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Invitación a la utopía. Ensayo histórico para tiempos de crisis (Editorial Trotta) y Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta Editorial)

http://www.other-news.info/noticias/2017/01/zygmunt-bauman-posmodernidad-vida-liquida-amor-liquido/

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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