Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Ricardo Piglia – El último lector – descargar libro – Nota de duelo

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Murió el escritor Ricardo Piglia, considerado un clásico de la literatura argentina contemporánea

“Uno de los grandes”. Así calificó la escritora argentina Claudia Piñeiro a su colega Ricardo Piglia quien murió este viernes a los 75 años. Piglia, autor de obras como “La invasión”, “Respiración artificial” o “Prisión perpetua”, era considerado un clásico de la literatura argentina contemporánea. Nacido el 24 de noviembre de 1941 en la localidad bonaerense de Adrogué, a lo largo de su carrera recibió numerosos premios y reconocimientos como el Premio Iberoamericano de las Letras José Donoso (2005), el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (2011), el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas (2013) y el Premio Formentor de las Letras (2015).

RedacciónBBC Mundo 7 enero 2017  http://www.bbc.com/mundo/noticias-38538514

Presentación del libro El último lector de Ricardo Piglia

Sólo vemos una vez a don Quijote leer libros de caballería y es cuando hojea el falso Quijote de Avellaneda, donde se cuentan las aventuras que él nunca ha vivido: precisamente en el momento en que la novela pone en escena su capacidad de absorber el mundo para ficcionalizarlo todo. Tenemos las fotos en que Borges intenta descifrar las letras de un libro que sostiene casi pegado a su cara; la de Joyce, un ojo tapado con un parche, leyendo con una lupa de gran aumento. Y hay una instantánea en la que el Che Guevara, trepado a una rama en plena selva boliviana, se concentra en la lectura, y tenemos también a Hamlet apareciendo por primera vez en escena con un libro en la mano. Y a Anna Karenina, a Madame Bovary; a esos lectores tan locos, geniales e inadecuados como Hamlet y Alonso Quijano que son Bouvard y Pécuchet. ¿Qué significan estas escenas de lectura, escenas secundarias y casi irrelevantes para las tramas novelescas, pero en las que asoma su sistema secreto? Piglia vuelve a mostrar que es uno de los grandes maestros en la construcción de itinerarios insólitos para leer la literatura contemporánea, en un libro extraordinario que, en palabras del autor, es «el más personal y el más íntimo de todos los que he escrito».

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El despertar de Molly

En el Ulysses, leer es asociar y la lectura se mezcla con la experiencia, busca emociones, sentimientos, formas corporales. La forma de Dubliners estalla. El sentido se ha fragmentado. La lectura se define por lo que no se entiende, por las asociaciones que rodean las palabras, por los virajes y los cortes. La percepción distraída de la que habla Benjamin como clave de la experiencia en la ciudad se traslada a la textura del relato. Si volvemos a la escena entre Molly y Bloom quizá encontremos la representación de ese modo de leer, su resto diurno.

Recordemos que Molly acaba de despertarse y le pide a Bloom que busque el libro que ella ha estado leyendo durante la noche. Él lo busca entre las cobijas:

Siguiendo la señal que [Molly] le hacía con un dedo, él sacó de la cama una pierna con sus calzones sucios. ¿No? Luego una retorcida liga gris enrollada en una media: planta arrugada y lustrosa.

—No: ese libro.

Otra media. Su falda.

Él palpó aquí y allá. […] No está en la cama. Debe haberse resbalado. Se agachó y levantó la colcha. El libro, caído, estaba abierto contra la curva del orinal fileteado de naranja.

—Déjame ver —dijo—. Puse una señal. Hay una palabra que quería preguntarte.

Tomó un trago de té de su taza sostenida del lado sin manija y, habiéndose limpiado la punta de los dedos elegantemente sobre la frazada, recorrió el texto con una horquilla hasta que llegó a la palabra.

—¿Meten si qué? —le preguntó él.

—Aquí —dijo ella—. ¿Qué quiere decir?

Se inclinó hacia adelante y leyó cerca de la lustrada uña de su pulgar.

—¿Metempsicosis?

En el inicio de la escena quedan los restos de esa lectura apasionada, íntima. Lo que nos interesa son los detalles materiales que rodean a la lectura y a sus efectos. Porque esos detalles (la cama revuelta, la ropa interior, el libro sobre el orinal, la horquilla, la uña pintada) remiten al tipo de mundo implícito en Ulysses y a la novedad que Joyce trae a la ficción.

Por de pronto, Molly está en la serie de la mujer infiel que lee como lee Anna Karenina, pero otra clase de libros y en otro registro, porque Molly no es una dama (o es otro tipo de dama, en todo caso). En el acto de leer, la acompaña todo lo que Anna Karenina ha desplazado: lee desnuda en la cama, lee literatura barata y semipornográfica. La suya es una lectura baja y pasional (acaba de esconder bajo la almohada la carta que recibió de su amante, al que verá esa tarde).

Se trata de una escena de lectura que podríamos llamar doméstico-corporal. Está vinculada al erotismo, a los restos de la noche, a la pasión, el sadismo, la infidelidad. La lectura está en continuidad con los cuerpos, no los ignora, los integra: basta pensar en la escena inmediatamente anterior en la que Leopoldo Bloom está leyendo el periódico en la letrina («permitió que sus intestinos se descargaran calmosamente mientras leía, leyendo todavía pacientemente, esa ligera constipación de ayer completamentre desaparecida»). Desde luego, la obscenidad y vulgaridad de las que el libro fue acusado están reproducidas ahí como en un espejo.

Por otro lado, se trata de una lectura degradada, baja, sexualizada, excluida de «la literatura». «¿Lo terminaste?», pregunta Bloom a Molly cuando está con el libro en la mano, tratando de explicarle el sentido de la palabra y dando vuelta «las páginas sucias». El libro es Ruby; el orgullo del circo. «Sí», contesta Molly, «no tiene nada de obsceno. ¿Está ella enamorada del primer tipo siempre?». Bloom, que no lo ha leído, no puede responderle, pero se ofrece a buscarle un nuevo libro. Molly se entusiasma: «Consigue otro de Paul de Kock. Tiene un lindo nombre […] Tengo que reponer ese libro en la biblioteca de la calle Capel o escribirán a Kearney, mi fiador».

Son libros alquilados, de bajo precio. De hecho, podríamos seguir esa serie a lo largo de la novela. Bloom, «el loco de los saldos», Bloom en los puestos de venta de libros usados, ojeando libros eróticos para Molly, deteniéndose en Las dulzuras del pecado, incluso en una edición barata de Sader Masoch. Se trata, ya lo dijimos, de la lectura popular, de la literatura de consumo barato, relacionada con las librerías de viejo y las bibliotecas circulantes.

Rastros de un modo de leer que no se exhibe sino que se esconde o se muestra en la intimidad, la lectura está sexualizada, ligada a la vez a los cuerpos y a la fantasía, mezclada con la vida en su sentido más directo.

El monólogo de Molly que cierra la novela no se entiende sin esa lectura nocturna de los libros obscenos. En un sentido, podríamos decir que la novela es un viaje por la lectura nocturna de Molly. (¿En qué piensa el que lee? Ya vimos eso en Kafka). La lectura nocturna de una mujer en la cama que se erotiza y entiende a medias, divaga y se deja ir. Una lectura doblemente relacionada con el sueño, porque es un despertar y por el modo de construir la significación. La mala lectura, la ensoñación, las interferencias corporales. El equívoco, la distorsión. Las resonancias casi musicales de las palabras. El sonido que define el sentido. Los usos privados del sentido.

Hay algo onírico, del orden del sueño, no solo porque Molly está medio dormida durante toda la escena, sino por el modo en que se construye la significación. La metempsicosis funciona como un nudo entre el sueño y la realidad, entre dos mundos paralelos, entre la lectura y la vida.

Lo mismo encontramos en Proust: basta pensar en otra escena fundadora, en otra lectura entredormida, en la cama, otro comienzo, la primera frase de la Recherche. Marcel se duerme, se despierta, tiene el libro al lado. Y también aparece la metempsicosis.

«Durante mucho tiempo me acosté temprano. […] trataba de dejar el libro que creía aún tener entre las manos y soplar la llama; mientras dormía no había cesado de reflexionar sobre lo que acababa de leer; pero esas reflexiones habían tomado un sesgo un poco peculiar […] como en la metempsicosis los pensamientos de una existencia anterior, el tema del libro se desprendía de mí, y quedaba en libertad de aplicarme o no a él». (La cursiva es mía).

En los dos casos, la metempsicosis es una metáfora de los efectos de la lectura, las vidas posibles, las vidas deseadas, las vidas leídas. El tema del libro que se lee se autonomiza, como una vida paralela.

 La lectura produce una escisión, un desdoblamiento.

En los dos casos, tenemos una lectura baja, pasional, infantil, femenina, sexualizada, que se graba en el cuerpo.

Y están también el sueño y el entresueño, la lectura como un modo de soñar despierto, como sueño diurno, como entrada en otra realidad. (Cuánto dura la lectura en un sueño, la pregunta de Joyce, podría ser también la de Proust).

Por otro lado, ya no se trata de la lectura aislada, librada de la contaminación, hay un nuevo modo de leer la ficción. Y sobre todo una nueva relación entre la lectura y la vida. «Cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir», dice Borges de Dahlmann en una escena de la que ya hemos hablado. Allí la lectura se enfrentaba a la vida.

En Joyce, en cambio (pero también en Proust), se trata de hacer entrar la vida, la sintaxis desordenada de la vida, en la lectura misma. No ordenar, dejar correr el flujo de la experiencia. El sentido avanza, como en un sueño, en una dirección que no es lineal.

La lectura se fragmenta. No se va de la ficción a la vida, sino de la vida a la ficción. Lectura y vida se cruzan, se mezclan. Se quiebra el sistema de causalidad definido por la lectura tradicional, ordenada y lineal.

Este modo de leer está definido por una técnica que, lejos de ordenar, tiende a reproducir el caos y a producir otra causalidad, una corriente de experiencias no diferenciadas. Los acontecimientos se cuentan mientras suceden, el tiempo es el presente del indicativo. La lectura se define por lo que no se entiende, por las asociaciones que la rodean, por los virajes y los cortes. Lo que circunda a la lectura y la manera en que se despliegan los núcleos dan lugar a un nuevo estilo, a un nuevo modo de narrar y a otra sintaxis narrativa. Por eso el insomnio define, para Joyce, al lector, ya que se trata del cruce entre la lectura y sueño. En el Ulysses, leer es asociar y narrar la vida a partir de partículas mínimas, de palabras que resuenan. Son las palabras mismas las que concentran ese efecto. Ricardo Piglia, 2005. Editor digital: Un_Tal_Lucas. ePub base r1.2

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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