Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Autores bifrontes. Lo público y lo íntimo en las artes (1) – Rubén Monasterios

Deja un comentario

las-artes-y-lo-intimo-01

Mihály Zichy (1827-1906) es un artista injustamente muy poco conocido más allá de los círculos de especialistas en artes plásticas y erotología.

Nació en Hungría; fue famoso en su patria y en Rusia, pero murió con la frustración de no haber logrado la meta anhelada por los artistas de la Europa oriental: conquistar el lado occidental del continente. En efecto, Viena y París fueron poco menos que indiferentes ante su obra. En San Petersburgo ocupó el relevante puesto de pintor de la corte, designado por el zar Alejandro II en 1856. Se dice de él que fue una de las más interesantes personalidades de su tiempo; bien plantado, talentoso y de espíritu brillante, se vio siempre rodeado de bellísimas mujeres que competían por ser sus modelos, dando como resultado una serie de espléndidos retratos de damas de esa corte; en correspondencia con su cargo, el maestro también realizó numerosos retratos de personalidades notables del momento; asimismo dedicó su talento a la ilustración de libros y de manera más discreta, por comprensibles razones, a un tema de su mayor interés, el desnudo femenino; y de manera absolutamente discreta, al objeto de su primordial pasión, la escena pornoerótica.

De hecho, el artista disponía de tres espacios de exhibición de su obra: el público, representado por galerías y salones palaciegos; el semiprivado, destinado a los desnudos femeninos, en su residencia, al que tenían acceso sus invitados, y su gabinete privado, en el cual guardaba sus dibujos pornoeróticos sólo compartidos con un puñado de amigos íntimos enterados. Sus desnudos femeninos despertaron gran admiración entre aquellos que tuvieron el privilegio de verlas y hoy están establecidas entre las obras maestres del género; excita una saludable envidia saber que muchos de esos magníficos ejemplares de la hembra humana plasmados en sus lienzos, no sólo estuvieron en el podio posando ante el pintor, sino también rendidas en su lecho. Asunto de mayor secreto fueron sus dibujos pornoeróticos; tanto que una selección de los mismos sólo fue dada a conocer a una élite de acaudalados pornófilos refinados varios años después de su muerte, en forma de un cuaderno titulado Amor, originalmente publicado en Leipzing, 1911, en una edición privada de trescientos ejemplares numerados únicamente para subscriptores; nunca hubo una segunda impresión, por cuanto las placas de cobre usadas para estampar los dibujos fueron destruidas; todas las raras reproducciones que se han realizado de la serie parten de esa edición de Leipzing; eso, si bien  le ha conferido exclusividad, también le ha restado difusión a su  obra.

La estirpe de los artistas bifrontes

Zichy figura en la historia como paradigma del autor bifronte. Se me ocurre llamar así a los escritores y artistas autores de quehaceres creativos distintos en las dos regiones en las que discurre la vida humana. Una es la región de frente: su pintura o escritura destinada a ser vista por el público, con la que se pretende lograr la aprobación del establishment, la fama y la fortuna; en ella los autores asumen la fachada de la moralidad burguesa ante la sociedad; tratándose de Zichy, los retratos de personalidades aúlicas, entre otras obras que le dieron fama, respetabilidad y fortuna. Los artistas bifrontes resuelven otro quehacer en su región de fondo; a esta pertenecen las obras plásticas y escrituras obscenas; es la obra privada, pervertida al decir de los guardianes del pudor, mediante la cual los creadores exorcizan sus demonios sexuales; son las ‘obras secretas’ destinadas a enriquecer deleitables intimidades; a este sector de la realidad corresponden, en Zichy, los dibujos presentados aquí. Entre ambas zonas se ubican  los más o menos semiprivados desnudos femeninos de este  pintor, podríamos decir.

las-artes-y-lo-intimo-02

Rembrandt, ‘El monje en el campo de maiz’. Grabado. 1664.

No ha estado solo en la historia el maestro húngaro en esto de actuar en las dos regiones; los escritores y artistas plásticos prosélitos de Jano, el dios bifronte, el de dos caras, se cuentan por montones en todas las épocas, particularmente en aquellas de rigueur moral. Desde el momento, en un remotísimo pasado, cuando inspirados escultores tallaron en piedra las mil y una posturas sexuales descritas en el Ananga-Ranga para crear la exquisitez barroca —filigranas pornoeróticas elevadas hacia el cielo— de los templos sagrados de Khajuraho, hasta nuestros días, numerosos de los mejores talentos de cada época han rendido su férvido tributo al arte inspirado en el amor sexual. Podría citar centenares de nombres de autores de obras obscenas; entre tantos, algunos asumieron el tema pornoerótico como motivo recurrente, a veces como único motivo de su obra. Es el caso de artistas como  Leonor Fini, Balthus, Delvaux, von Bayros, Bellmer; otros, la mayoría, en mayor o menor medida pertenecen a la estirpe de los bifrontes: Miguel Ángel, Rembrandt, Boucher, Fragonard, Ingres, Daumier, Mollet, Matisse, Schiele, Kokoschka, Bacon, Breadsley, Grosz, Munch, Rops, Chagall, Degas, Guino, Maillol, Toulouse-Lautrec, Warhol, Fujita, Picasso… Tomemos el caso de Rembrandt, pintor con todo derecho considerado uno de los mayores artistas de todos los tiempos; se conocen de su autoría algunos grabados, los cuales, además de pornoeróticos, son irreverentes antes valores pivotales del establishment, tales como son la intimidad del vínculo matrimonial y el respeto debido al clero; en uno de ellos aparece una pareja haciendo el amor; según algunos estudiosos, son el propio artista y su esposa; en otro titulado El monje en el campo de maíz, figura exactamente el personaje mencionado en el título de la obra, en primer plano teniendo como trasfondo un campo de maíz, aunque ocupado en la muy poco pía tarea de tirarse a una moza campesina, en la ‘posición del misionero’ como es natural.

De continuar, podría llenar páginas y páginas tan sólo mencionando pintores y títulos de sus obras pornoeróticas secretas; de verdad raro ha sido el artista que no ha puesto su imaginación creadora al servicio de la sexualidad; en una ocasión dije que el único impoluto pareciera ser Fra Angélico…, y eso porque tal vez no se ha buscado bien entre las cosas que legó a la posteridad.

No son tantos los escritores notables autores de un dossier secreto; hasta la Ilustración, a quien le venía en gana escribir obras obscenas, lo hacía y las publicaba bajo su nombre. Hacia el mil trescientos aparece en Francia la primera obra literaria ofensiva al pudor —a la luz del criterio conservador moderno— de autor conocido, es el relato titulado Del anillo que hacía las pingas grandes y rígidas. Su autor, el trovador Haisiaux. Abundan durante los ss. XIII y XIV composiciones de inaudita indecencia, anónimas y firmadas. Entre las primeras El debate de la cuca y el culoEl discurso del coñoDe putas y cogedores, son algunos de los títulos.

La obra maestra aparecerá en la transición de la Edad Media al Renacimiento, el celebérrimo Decamerón (med. s. XIV) de Boccaccio, donde el autor narra sin ambages historias como la de Alibech, la muchacha que al rezar al lado de su guía espiritual, completamente desnudos ambos, se asombra ante la “resurrección de la carne” de su compañero, y le pregunta: “¿Qué es esa cosa que te brota tan fuerte hacia afuera y que yo no tengo?” “¡Oh, hija mía, ese es el diablo del que te hablé” —responde el clérigo—. La niña se alegra de no tener ese despreciable diablo en su bajo vientre; pero él le explica que en su lugar, ella tiene un “infierno” en esa parte, y que la obra más piadosa consiste en “volver a meter al diablo en el infierno.”

Memorias de placer

El jolgorio sigue durante todo el Renacimiento con los impúdicos Aretino. en Italia, y Rabelais. en Francia, como superlativos exponentes de una abundantísima literatura pornoerótica; Ronsard, gloria de las letras francesas del s. XVI, líder de la Pléiade, no vaciló en hacer públicos una serie de poemarios en los que celebra al miembro viril y rinde tributo al cunnus. Sorprenderá el lector saber que otra cumbre de las letras galas, el más venerado de los poetas franceses por sus compatriotas, Corneille, autor de El Cid y de otras tragedias heroicas, fue autor de poemas licenciosos, aunque publicados en forma anónima, con lo que se hace autor bifronte y anticipa las escapadas de la formalidad impuesta a la creación en la ‘región de frente’ por el establishment, frecuentes en tiempos posteriores; y su sorpresa podría llegar a ser mayúscula al enterarse de que el autor de las ingeniosas fábulas quizá leídas a sus hijos con el fin de formarlos moralmente, La Fontaine, también escribió jocosos versos pornográficos. Crebillón, hijo, novelista de la gente mundana de mediados del s. XVIII, y su coetáneo, el padre de la enciclopedia, Diderot, pensador esencial en el proceso formativo de la Revolución Francesa, con Los dijes indiscretos: vulvas que cuentan graciosamente sus secretos bajo el sortilegio debido al genio Cucufa; así como el fundador de la literatura erótica inglesa, John Cleland (Fanny Hill, Memorias de una mujer de placer, 1749), también son culpables de pornografía… y de haberse puesto bajo la protección del dios Jano.

Con la represión siguiente a la Revolución Francesa, especialmente durante la conocida como Época Victoriana, y hasta bien entrado el s. XX, prolifera la especie de nuestro interés en este breve ensayo. Bifrontales fueron notoriedades de la literatura romántica consagradas por el establishment; los escritos eróticos de Stendhal (1785-1842), el autor de La cartuja de Parma y Rojo y Negro, sólo fueron publicados ochenta y seis años después de su muerte; lo fue su contemporáneo Musset en Gamiani, o Dos noches de placer (1833); comprensiblemente, esta novela cimera de la literatura pornoerótica en su variante lésbica de todos los tiempos, apareció anónima y circuló en forma clandestina. Fue menos atrevida la obra pública de su autor, aunque no tanto su vida personal, ejemplarmente disoluta.

En Alemania se atribuyen numerosos escritos licenciosos al maestro de la narración de terror sobrenatural, E.T.A. Hoffman, y el genio del romanticismo, el pacato de Goethe, tuvo vergüenza de incluir una serie de poemas suya en un libro, porque le parecieron “demasiado libertinos”.

Un lema idóneo para caracterizar la Época Victoriana (pps. s. XIX, hasta pps. s. XX, aproximadamente) es Virtud en público, depravación en privado. En efecto, fue un período histórico en el que la represión de Eros impuso la decencia y el pudor como normas en la ‘región de frente’; sin embargo, la sociedad se hacia la vista gorda ante la conducta en la ‘región de fondo’. Florecieron todos los vicios concebibles: el tráfico de niñas fue cosa corriente; por todas partes los burdeles de distintas categorías y variedades, entre estas, los especializados en flagelación, parafilia vuelta moda, al extremo de ser conocida en el mundo civilizado como el ‘vicio inglés’; no es una exageración decir que todo varón que hubiese estudiado en alguno de los todavía hoy famosos colegios británicos, pasó por su experiencia iniciática de sodomización. Entre los escritores consagrados en el discurrir del s. XIX, Meredith, George Eliot, Hardi, Dickens —el más universalmente popular entre ellos— es el autor de narraciones en las que destapa las miserias de la sociedad victoriana, hace burla sarcástica de ella y denuncia el egoísmo y la hipocresía; con todo, no se atrevió a llegar a fondo; para hurgar el bajo vientre de la sociedad británica de esos tiempos debemos ir a los llamados por Steven Marcus “los otros victorianos” (The Other Victorians. Basic Books, NY. 1966). Como suele ocurrir en tiempos de represión, aparece entonces una cuantiosa literatura pornoerótica, anónima o firmada con seudónimos, como es comprensible; entre esas obras se cuentan las legendarias autobiografías pornoeróticas y clásicos del género, Mi vida secreta (¿1890?), anónima, y Mi vida y mis amores (1922), cuyo autor, Frank Harris, tuvo el valor de firmarla con su nombre, en razón de lo cual fue perseguido y juzgado. Con raras excepciones, como la citada, esos libros fueron obras de  escritores que en la ‘región de frente’ mantenían una imagen virtuosa; los investigadores no han tenido éxito en su empeño de  establecer la autoría de novelas como La mansión de los vicios, la perturbadora Señorita Tacones Altos —obra maestra del fetichismo de los zapatos y del sadomasoquismo—, Un verano de amorCruel ZelandaVenus en India, firmada con el seudónimo Charles Deveraux, bajo el cual, sospechan los estudioso, se oculta un oficial del ejército colonial británico.

las-artes-y-lo-intimo-03

Lewis Carroll, fotografía de Alicia, la niña que inspiró el famoso relato.

En sentido opuesto, no fue muy difícil descubrir la obra oculta del clérigo, matemático, cuentista y fotógrafo Lewis Carroll. Caroll es un caso de bifrontismo en plena Época Victoriana, y en el propio patio de la mojigata reina, debidamente identificado y por demás curioso. Carroll es el modelo de lo victoriano: rigió su vida por el principio expuesto supra; su obra en la ‘región de frente’ es de sobra conocida y acertadamente valorada, y en ella la joya es Alicia en el país de las maravillas (1865), deliciosa narración llena de acertijos y claves, de humor, fantasía y suspense, e inobjetable desde el punto de vista moral. Lo inquietante se encuentra en su obra de la ‘región de fondo’; para empezar, despiertan, digamos, curiosidad, las miles —en sentido literal— de “cartas a niñas” remitidas a sus amiguitas, no obstante estar escritas en un tono coloquial y gracioso de acento más bien ingenuo, y sin ni siquiera la menor insinuación libidinosa; la sospecha de su vocación pedófila se vuelve certidumbre a partir de su quehacer fotográfico secreto: retratos de nenas impúberes disfrazadas, precariamentc cubiertas, o desnuditas cuando pudo hacerlo; la mayoría de ellas en poses que, siendo condescendientes, podríamos calificar de sugestivas.

Rubén Monasterios

31 octubre, 2016

Ilustración principal: Zichy. uno de los grabados del cuaderno ‘Amor’: el ámbito privadísimo.

http://www.ideasdebabel.com/autores-bifrontes-lo-publico-y-lo-intimo-en-las-artes-1-por-ruben-monasterios/

Anuncios

Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s