Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Primeros materiales para una teoría de la Jovencita – Tiqqunim

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teoria-de-la-jovencita-1

—I did love you once. (Shakespeare: Hamlet)

PRELIMINARES

I

Tras las muecas hipnóticas de la pacificación oficial, se libra una guerra. Una guerra de la que, a causa de su carácter total, ya no es posible decir que sea simplemente de orden económico, menos aún social o humanitario. Mientras todos presienten que sus existencias tienden a volverse el campo de una batalla en el que neurosis, fobias, somatizaciones, depresiones y angustias son algunos de muchos otros toques de retirada, no hay nadie que consiga captar ni su curso ni lo que en ella se juega. Paradójicamente, es el carácter total de esta guerra —total en sus medios no menos que en sus fines— el que le habría permitido, primeramente, cubrirse con tal invisibilidad.

A diferencia de las ofensivas de fuerza abierta, el Imperio prefiere los métodos chinos, la prevención crónica y la difusión molecular de la constricción en la cotidianidad. En este punto, el endopoliciaje viene debidamente a relevar a la vigilancia general de la policía, y el autocontrol individual al control social. En última instancia, es la omnipresencia de la nueva policía lo que acaba por volverla imperceptible.

II

Lo que se juega en la guerra en curso son las formas-de-vida, es decir, para el Imperio, la selección, la gestión y la atenuación de las mismas. El dominio del Espectáculo sobre el estado de explicitación público de los deseos, el monopolio biopolítico de todos los saberes-poderes médicos, la contención de toda desviación a través de un ejército cada vez más nutrido de psiquiatras, coachs y otros benévolos “facilitadores”, el fichaje estético-policial de todos a partir de sus determinaciones biológicas, la incesante vigilancia más imperativa y continua de los comportamientos, la proscripción plebiscitaria de “la violencia”, todo esto entra dentro del proyecto antropológico, o más bien antropotécnico, del Imperio. Perfilar a los ciudadanos, de eso se trata.

Salta a la vista el hecho de que impedir la expresión de las formas-de-vida —formas-de-vida no como algo que vendría a moldear desde el exterior una materia que sin ello sería informe, “la nuda vida”, sino por el contrario, como lo que afecta a cada cuerpo-en-situación con una cierta inclinación, con una moción íntima— no puede ser el resultado de una pura política de represión. Existe todo un trabajo imperial de distracción, interferencia y polarización de los cuerpos en torno a ciertas ausencias e imposibilidades. Su alcance es menos inmediato, pero también más duradero. Con el tiempo y mediante tantos efectos combinados, uno termina por obtener el desarme deseado, especialmente inmunitario, de los cuerpos.

Los ciudadanos no son precisamente los vencidos de esta guerra, lo son más bien aquellos que, negando su realidad, se han rendido desde el principio: lo que se les deja a modo de “existencia” es ya simplemente un esfuerzo de por vida para volverse compatibles con el Imperio. Pero para los otros, para nosotros, cada gesto, cada deseo y cada afecto encuentran a una cierta distancia la necesidad de aniquilar al Imperio y a sus ciudadanos. Cuestión de respiración y de amplitud de las pasiones. En esta vía criminal, nosotros tenemos el tiempo; no hay nada que nos empuje a buscar el enfrentamiento directo. Esto incluso sería dar una prueba de debilidad. Sin embargo, los asaltos serán lanzados, e importarán menos por sí mismos que por la posición desde la cual sean acometidos, pues nuestros embates socavan las fuerzas del Imperio, pero nuestra posición socava su estrategia. Así, cuanto más crea aquél acumular victorias, tanto más profundamente se hundirá en la derrota y tanto más irremediable será ésta. Ahora bien, la estrategia imperial consiste en primer lugar en organizar la ceguera respecto a las formas-de-vida, el analfabetismo respecto a las diferencias éticas; consiste en hacer que el frente sea irreconocible, por no decir invisible; y en los casos más críticos, consiste en maquillar la verdadera guerra con todo tipo de falsos conflictos.

Así pues, la reanudación de la ofensiva, de nuestro lado, exige hacer que el frente se vuelva nuevamente manifiesto. La figura de la Jovencita es una máquina de visión concebida para tal efecto. Algunos se servirán de ella para constatar el carácter masivo de las fuerzas de ocupación hostiles en nuestras existencias; otros, más vigorosos, para determinar la velocidad y la dirección de su progresión. En lo que cada quien hace de ella se ve también lo que merece.

III

Entendámonos: el concepto de Jovencita no es, evidentemente, un concepto sexuado. No le cuadra menos al tipo de discoteca que a una árabe caracterizada como estrella del porno. El alegre jubilado de compañía que reparte su ocio entre la Costa Azul y el despacho parisino en donde aún tiene sus contactos, responde a él tanto como la single metropolitana demasiado volcada en su carrera de asesora que termina dándose cuenta de que ya se le fueron quince años de su vida. Y ¿cómo daríamos cuenta de la secreta correspondencia que une al homosexual hipster-casado-desfachatado del Marais con la pequeñoburguesa americanizada e instalada en los suburbios con su familia de plástico, si se tratara de un concepto sexuado?

En realidad, la Jovencita no es más que el ciudadano-modelo tal como es redefinido por la sociedad mercantil a partir de la Primera Guerra Mundial, como respuesta explícita a la amenaza revolucionaria. En cuanto tal, se trata de una figura polar, que orienta el devenir más que predominarlo.

A comienzos de los años 20, el capitalismo se da perfecta cuenta de que no puede mantenerse como explotación del trabajo humano a no ser que también colonice todo lo que se encuentra más allá de la estricta esfera de la producción. Frente al desafío socialista, le será preciso socializarse igualmente. Deberá entonces crear su cultura, su ocio, su medicina, su urbanismo, su educación sentimental y sus costumbres propias, así como la disposición a su renovación perpetua. Aquí estará el compromiso fordista, el Estado benefactor, la planificación familiar: el capitalismo socialdemócrata. A la sumisión por el trabajo, limitada debido a que el trabajador aún se distinguía de su trabajo, le sustituye actualmente la integración a través de la conformidad subjetiva y existencial, es decir, en el fondo, a través del consumo.

En un principio formal, la dominación del Capital deviene poco a poco real. Desde ese momento, la sociedad mercantil buscará sus mejores sostenes entre los elementos marginalizados de la sociedad tradicional — mujeres y jóvenes primero, homosexuales e inmigrantes después.

Gracias a aquellos que hasta ayer eran tenidos como minoría y que eran, por este motivo, los más ajenos, los más espontáneamente hostiles a la sociedad mercantil, pues no se plegaban a las normas de integración dominantes, ésta puede darse aires de emancipación. “Los jóvenes y sus madres —reconoce Stuart Ewen— proporcionan los principios sociales de la ética del consumidor al modo de vida ofrecido por los anuncios.” Los jóvenes, porque la adolescencia es el “período de la vida definido por una relación de puro consumo con la sociedad civil” (Stuart Ewen, Capitanes de la conciencia). Las mujeres, porque es precisamente la esfera de la reproducción, que aún dominaban ellas, la que en ese momento se trataba de colonizar. La Juventud y la Feminidad hipostasiadas, abstraídas y recodificadas como Jovenitud y Feminitud, se verán desde ese instante elevadas al rango de ideales reguladores de la integración imperial-ciudadana. La figura de la Jovencita realizará la unidad inmediata, espontánea y perfectamente deseable de estas dos determinaciones.

La garçonne se impondrá como una modernidad mucho más escandalosa que todas las estrellas y starlettes que tan rápidamente invadirán el imaginario globalizado. Albertine, vista en la esclusa de un balneario, con su vitalidad impertinente y pansexual, volverá caduco todo el ruinoso universo de En busca del tiempo perdido. La estudiante de la escuela medio superior impondrá su ley en Ferdydurke. Ha nacido una nueva figura de la autoridad que desplaza a todas las demás.

IV

En este momento, la humanidad reformateada por el Espectáculo y biopolíticamente neutralizada cree desafiar a alguien proclamándose “ciudadana”. Las revistas femeninas restituyen un perjuicio casi centenario cuando ponen finalmente su equivalente a disposición de los hombres. Todas las figuras pasadas de la autoridad patriarcal, desde los políticos al patrón, pasando por el poli y llegando hasta la última de ellas, el papa, se han visto jovencitizadas.

Son muchos los signos en los que se reconoce que la nueva fisonomía del Capital, únicamente esbozada hasta el período de entreguerras, alcanza ahora su perfección. “Cuando se generaliza su carácter ficticio, la ‘antropomorfosis’ del Capital es un hecho consumado. Es entonces cuando se revela el misterioso sortilegio gracias al cual el crédito generalizado que rige todo intercambio (del billete de banco a la letra de cambio; del contrato de trabajo o de matrimonio a las relaciones ‘humanas’ o familiares; de los estudios, carreras y diplomas posteriores a las promesas de toda ideología: todos los intercambios son a partir de ahora intercambios de apariencias dilatorias) acuña a imagen de su vacío uniforme el ‘corazón de las tinieblas’ de toda ‘personalidad’ y de todo ‘carácter’. Es así como crece el pueblo del Capital, justo donde parece desaparecer toda distinción ancestral, toda especificidad de clase y de etnia. Éste es un hecho que no deja de maravillar a tantos ingenuos que aún están por ‘pensar’ con la mirada perdida en el pasado.” (Giorgio Cesarano, Cronica de un baile enmascarado) La Jovencita aparece como el punto culminante de esta antropomorfosis del Capital. El proceso de valorización, en su fase imperial, ya no es sólo capitalista: ahora coincide con lo social. La integración en este proceso, que ya no es distinto de la integración en la “sociedad” imperial y que ya no descansa sobre ninguna base “objetiva”, exige más bien de todos que se autovaloricen permanentemente.

El momento de la socialización final de la sociedad, el Imperio, es por tanto también el momento en el que se llama a todo el mundo a relacionarse consigo mismo como valor, es decir, siguiendo la mediación central de una serie de abstracciones controladas. La Jovencita será, pues, ese ser que ya no tenga intimidad propia más que en cuanto valor y cuya actividad completa, en cada uno de sus detalles, concluya con su autovalorización. En cada instante se afirmará como el sujeto soberano de su propia reificación. Todo el carácter incuestionable de su poder, toda la aplastante seguridad de este ser-plano, tejido de forma exclusiva por las convenciones, códigos y representaciones fugitivamente en vigor, toda la autoridad de la que se impregna en el menor de sus gestos, todo esto es inmediatamente indexado sobre su transparencia absoluta para “la sociedad”.

Y es precisamente a causa de su “nada” que cada uno de sus juicios tiene el peso imperativo de la organización social completa; y ella lo sabe.

V

La teoría de la Jovencita no surge de manera fortuita en el momento en que se consuma la génesis del orden imperial y en el que éste empieza a ser aprehendido como tal. Lo que sale a la luz se encamina hacia su término. Y es preciso que, por su parte, el partido de las Jovencitas se escinda.

A medida que se generaliza el formateo jovencitista, se endurece la competencia y decrece la satisfacción ligada a la conformidad. Se revela necesario un salto cualitativo; la urgencia impone equiparse con atributos tan nuevos como inéditos: es preciso dirigirse a algún espacio todavía virgen. Una desesperación hollywoodense, una conciencia política de telediario, una vaga espiritualidad de carácter neobudista o un compromiso con cualquier proyecto colectivo para tranquilizar la conciencia servirán para resolver la cuestión. Así eclosiona, trazo a trazo, la Jovencita orgánica. La lucha por la supervivencia de las Jovencitas se identifica desde este momento con la necesidad de una superación de la Jovencita industrial, con la necesidad de la transición a la Jovencita orgánica. A diferencia de su ancestro, la Jovencita orgánica ya no hace alarde del impulso de una emancipación cualquiera, sino de la obsesión seguritaria de la conservación. Y es que el Imperio está minado en sus cimientos y debe defenderse de la entropía. Llegado a la plenitud de su hegemonía, ya sólo puede derrumbarse. La Jovencita orgánica será entonces responsable, “solidaria”, ecológica, maternal, razonable, “natural”, respetuosa, más autocontrolada que falsamente liberada; en resumen: atrozmente biopolítica. Ya no imitará el exceso, sino por el contrario la mesura, en todo.

Como vemos, en el momento en que la evidencia de la Jovencita adquiere la fuerza de un lugar común, la Jovencita ya está superada, al menos en su aspecto primitivo de producción en serie groseramente sofisticada. Sobre esta coyuntura crítica de transición es sobre la que nosotros hacemos palanca.

VI

Salvo si hablamos en términos impropios —lo cual podría ser sin duda nuestra intención—, el fárrago de fragmentos que viene a continuación no constituye en modo alguno una teoría. Se trata de materiales acumulados al azar de los encuentros, de la frecuentación y la observación de las Jovencitas; de lapsus extraídos de su prensa; de expresiones desordenadamente recolectadas en circunstancias a veces dudosas. Se reúnen aquí en rúbricas aproximativas, tal como se publicaron en Tiqqun 1; haría falta poner en ellos un poco de orden. La elección de exponer así, en su inacabamiento, en su origen contingente, en su exceso ordinario, elementos que, pulidos, recortados, afilados, habrían compuesto una doctrina completamente presentable, es una elección, en esta ocasión, de la trash theory. La astucia cardinal de los teóricos reside, en general, en el hecho de presentar el resultado de su labor de tal modo que el proceso mismo de elaboración ya no aparezca. Nosotros apostamos que, frente a la fragmentación de la atención bloomesca, esta astucia ya no funciona. Hemos elegido otra. Los espíritus inspirados por el confort moral o el vicio de la condena sólo hallarán en esta dispersión caminos que no llevan a ninguna parte. De lo que se trata es menos de convertir a las Jovencitas que de señalar todos los rincones de un frente fractalizado de jovencitización. Y de suministrar las armas de una lucha que se libra, paso a paso, golpe a golpe, justo donde te encuentres.

http://tiqqunim.blogspot.com/2013/11/primeros-materiales-para-una-teoria-de.html

 

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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