Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

¿Divinas o impuras? Entre la pulcritud mediática y la obscenidad real – Paula Sibilia

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Como un efecto interesante, que no deja de ser también una “causa” del actual proceso de globalización de los mercados y las culturas, en el siglo XXI florecen las tentativas de lograr cierto clima de respeto a la diversidad. En ese contexto, grupos de “minorías” que se sienten discriminadas reivindican sus derechos; entre ellos, hay uno bastante peculiar: cualquier mujer debería poder exhibir su cuerpo sin ropa.

Esa democratización de la desnudez femenina enfrenta al menos dos enemigos ancestrales. En primer lugar, los juicios basados en su adecuación a los parámetros estéticos en vigencia y, por otro lado, la estigmatización en nombre de la obscenidad. Se trata de una historia larga y densa; entre otras peripecias, esos dos factores forman parte del ideario básico de uno de los géneros más importantes de la tradición artística occidental: el desnudo. Aquel que, según Paul Valéry, “era cosa sagrada, es decir, impura”. En un famoso texto de 1936, el poeta francés afirmaba que tal condición “se permitía en las estatuas, a veces con algunas reservas” y que “la gente grave que le tenía pavor en estado vivo, lo admiraba en el mármol”. Esa ambivalencia es clave: “el desnudo no tenía, en suma, más que dos significaciones: a veces, era símbolo de lo Bello y otras, de la Obscenidad”.

El mismo argumento es explorado por Michele Haddad en su libro La divine et l’impure, que desentraña algunas características del desnudo artístico en su período de auge, el siglo XIX. Esa historiadora señala el equilibro siempre amenazado entre las “divinas” y las “impuras” que los artistas de la época, casi siempre masculinos, se obsesionaron por representar en sus telas y esculturas. Y muestra de qué modo cierto impulso realista fue subvirtiendo la idealización de las formas femeninas, sobre todo a partir de 1860, a cargo de pintores como Courbet y Manet. Ahora, mucho tiempo después, notamos que el realismo resurge con nuevas tonalidades y, de alguna manera, alimenta otros avances en algo que podríamos denominar la politización de la desnudez femenina. Esta tendencia hoy se plasma, por ejemplo, en publicidades de ropa interior y cosméticos, o en cantantes y actrices que exhiben con orgullo sus cuerpos “fuera del molde” como una exitosa bandera estético-política. Además, la novedad se constata en innumerables proyectos de las artes visuales, así como en notas periodísticas de toda clase y hasta en la flamante “pornografía amateur”.

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Entre las iniciativas que más se han hecho notar en los últimos tiempos están los ensayos fotográficos como The nu project y Beautiful body project, o los brasileños Apartamento 302 de Jorge Bispo, y XReal de Camila Cornelsen. “Las publicaciones que retratan la desnudez y la sensualidad de la mujer no representan a la mayoría ni a la realidad” afirma el sitio web de este último proyecto. “Por eso, XReal defiende el no uso de retoques” continúa, con la siguiente aclaración por parte de su autora: “hago tratamiento de color, pero no me atrevo a hacer limpieza de piel, celulitis, estrías o cicatrices”. Esa sería, justamente, “la gracia del proyecto”. A veces se prescinde también del fotógrafo profesional: son las mismas mujeres quienes producen y publican sus propias imágenes, como ocurre en Me in my place o I shot myself, por ejemplo, donde cualquiera puede exhibirse en su propia casa, haciendo tareas cotidianas sin ropa o como lo desee. La variedad de formatos corporales que se exponen en esos espacios es considerable, con cierta abundancia de características usualmente expurgadas de las siluetas mediáticas: la delgadez y los músculos no son obligatorios ni tampoco las prótesis de siliconas o la depilación total. Esa osadía puede extenderse a la edad de las mujeres expuestas, que desafían los límites de lo mostrable también en ese sentido. Siempre en defensa de una experiencia “auténtica y real”, en oposición al estilo considerado “falso” tanto de la pornografía como de las publicidades tradicionales.

De modo que el desafío apunta tanto a la moralidad como a las convenciones estéticas que sostenían al desnudo femenino clásico de las artes occidentales, sobre todo en su irradiación a partir de la cultura europea decimonónica: los cánones de lo bello y los ambiguos límites de lo que se considera obsceno parecen fuertemente impugnados en estas producciones tan actuales. La cuestión de la belleza, sin embargo, insiste en pautar muchas de estas iniciativas.

 Una nota periodística de 2013 afirmaba, por ejemplo, que estos proyectos suelen atraer “mujeres con una posición política clara, la de exponerse para afirmar la belleza natural del cuerpo femenino”. El fotógrafo responsable por Apartamento 302, al especificar los principales motivos que llevan a las mujeres a posar gratis para sus cámaras, rescató esa reivindicación política y este otro móvil: “la vanidad”. En su versión políticamente correcta, esa última palabra se traduce como “autoestima” y parece ligada inextricablemente a la politización aquí en juego. “Creo que la mayoría de la gente está tan acostumbrada a ver el producto final, versiones retocadas y photoshopeadas de las fotografías, que su visión del aspecto que deberían tener cuando se enfrentan a un espejo está completamente distorsionada”, afirmó una de las jóvenes que posó desnuda en The nu project, para luego agregar: “tal vez si todas tuvieran la chance de hacerse retratar por un artista, tal vez seríamos un poquito más felices con nosotras mismas”.

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Desplegando argumentos semejantes, aunque yendo más lejos en esa ampliación de la visibilidad corporal femenina está el caso de la enfermera australiana Beth Whaanga, quien sufrió varias cirugías para extirparse tumores y después posó desnuda para la fotógrafa Nadia Masot. Bajo el título Under the red dress, el proyecto tenía como meta “compartir la experiencia y ayudar a que la gente tome medidas preventivas”. Cuando decidió mostrar las fotos en su página de Facebook, ella avisó que las imágenes eran “desafiantes” y contenían “topless”, aclarando que de ningún modo tenían “intención de ser eróticas”. Aun así, no faltaron las críticas por la supuesta inadecuación de exhibir un cuerpo desnudo lleno de cicatrices en la popular red social. En consecuencia, un centenar de “amigos” dejó de seguirla y algunos la denunciaron clamando por censura.

Esas reacciones sugieren que el deseo contemporáneo de realismo en las imágenes corporales tiene sus límites. Quizás se esté redefiniendo lo que hoy se entiende por obsceno: ya no sería tanto la exhibición de la anatomía más recóndita ni la osadía erótica lo que perturba a la mirada del espectador contemporáneo y, por ende, debería quedar “fuera de la cena”, sino ciertos criterios estéticos relativos a los contornos y a las superficies en exhibición. Una joven que posó desnuda para el proyecto Apartamento 302 contó, por ejemplo, que su novio quedó “chocado” cuando lo supo. Pero fue solo un susto inicial: “hoy a todo el mundo le parece normal”, declaró, alegando inclusive que sus padres “muestran las imágenes en las fiestas de familia” y que a sus hijos “también les encantan”. De modo que, a pesar de los importantes cuestionamientos en curso, no parece que las preocupaciones por la belleza y la obscenidad hayan salido de escena, sino que se están reformulando de modos complejos y sumamente significativos.

Como parte de esa lucha por los derechos de exhibición de los cuerpos reales avanzan las medidas para limitar el uso de programas como PhotoShop en la edición de imágenes corporales. Uno de los argumentos es que las fotografías manipuladas pueden “hacer mal a la salud”, propagando trastornos alimentarios y compulsiones por cirugías plásticas. Así, solapando los debates filosóficos que las pretensiones de “fidelidad a lo real” han suscitado en otras arenas, una de las actitudes que se está tomando es la formulación de leyes que obligan a poner una advertencia junto a las imágenes alteradas, además de multas en dinero. Uno de los pioneros es Francia que en 2009 aprobó un proyecto de ese tipo. “Cuando los escritores parten de un evento real pero lo embellecen, deben avisar a sus lectores que se trata de una ficción o una dramatización basada en hechos reales”, comparó la diputada proponente, concluyendo así: “¿por qué con la fotografía debería ser distinto?”.

Un par de ejemplos pueden ilustrar esas tensiones. Primero, las azafatas de la compañía Mexicana de Aviación, que al verse desempleadas debido al cierre de esa firma, posaron para la revista Playboy en 2011 con el propósito de llamar la atención sobre su problema. No se trata de algo inédito: esas tácticas mediáticas están en ascenso. Lo que sorprendió en este caso es que, poco después, circuló en internet una foto original del ensayo, sin post-producción, que delataría un exceso de retoques digitales en la imagen finalmente publicada. De modo que la polémica se amplió y se desplazó: ya no importaba tanto que las mujeres se hubieran desnudado en público. En cambio, las moralizaciones se dirigieron con mucho más ahínco a la falta de autenticidad de sus imágenes corporales así reveladas. Y sobre todo, con cierto sarcasmo mal disimulado, a su vergonzoso desajuste con respecto a los persistentes parámetros estéticos.

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El segundo episodio ocurrió en los Estados Unidos en 2010, cuando la National Organization for Women celebró su evento anual bautizado Love Your Body Day, destinado a prevenir trastornos alimentarios y, de nuevo, reforzar la autoestima de las mujeres que se encuentran “fuera de la norma”. Para eso, la institución convocó a dos modelos consideradas plus size que aparecieron desnudas en el cartel promocional, ocasionando una serie de repercusiones mediáticas. Una periodista preguntó si la foto había sido editada. “Sí, fue photoshopeada, pero no nuestro tamaño”, respondió una de las chicas, reconociendo “correcciones del color y otros recursos fotográficos interesantes”. Tras admitir que hoy en día “todas las fotos tienen ajustes”, la joven intentó ser enfática: “pero nuestras cinturas no fueron retocadas, no eliminaron nuestros rollos, mis pechos no se redujeron”. Aun así, el alisamiento efectuado en las superficies corporales fue considerado excesivo, sobre todo debido a su incongruencia con el mensaje anhelado: “estimular a las mujeres de todos los tamaños para que amen la piel que las contiene”.

Pueden parecer banales, pero esos detalles son importantes. Cierto puritanismo rectificador late en el uso de herramientas como PhotoShop, hoy tan fundamentales para la confección de imágenes corporales. Ese instrumento “protege a la mujer de estar verdaderamente desnuda al eliminar las más mínimas imperfecciones del cuerpo femenino” explica la antropóloga brasileña Mirian Goldenberg, agregando que su acción equivale a “vestir a la mujer al desnudarla de sus arrugas, estrías, celulitis y manchas”. En esa púdica tarea, el pulido digital crea una nueva piel “completamente lisa e inmaculada”. Esa purificación de la imagen es moralmente significativa, pues pareciera que el único cuerpo que “aún sin ropa, está decentemente vestido”, según los valores vigentes, es aquel “trabajado, cuidado, sin marcas indeseables (arrugas, estrías, celulitis, manchas) y sin excesos (adiposidad, flaccidez)”.

Ese reconocimiento socava las reivindicaciones políticas del alegre desnudamiento “realista” hoy en boga. Como ya lo sintetizara Michel Foucault en una entrevista de 1975 y pese a estos forcejeos del presente, todavía parece reinar el panorama abierto tras las turbulencias posteriores a las revueltas de 1968. “Desnúdese… pero sea esbelto, bonito, bronceado” concluyó entonces el filósofo francés. Esa ironía sigue palpitando en las nuevas actitudes con respecto a la exposición pública de la desnudez femenina, tanto en el plano moral como en el político. Claro que esas ambigüedades tienen su raíz ancestral: remiten a la complicada fusión realizada por el cristianismo entre las interdicciones judaicas y las alabanzas greco-romanas, algo que hizo eclosión en el Renacimiento con su rescate de los ideales clásicos y fue llevado a las últimas consecuencias por los pruritos burgueses del siglo XIX, cristalizado en su hipócrita taxonomía de las divinas y las impuras.

La mirada contemporánea sigue ejerciendo esa distinción que es tanto moral como política, entre las siluetas pulidas por los moldes mediáticos y las poluidas –contaminadas o impuras– que pelean por sus derechos en algunas de las manifestaciones aquí comentadas. Sin embargo, el mundo se mueve: tanto los cuerpos en cuestión como las miradas que los observan, que los juzgan y los inventan han cambiado bastante. El fenómeno contemporáneo no solo es fruto de aquellas tradiciones sino también de las luchas y conquistas de las últimas décadas, que incluyen tanto la popularización de los medios interactivos como las intensas reformulaciones éticas y legales hoy en curso. De modo que el asunto está en plena ebullición. La eficacia de las estrategias mediáticas y artísticas aquí en foco, aunque más no sea en el requisito básico de llamar la atención, se debe a la persistencia de ciertas moralizaciones que aún inflaman nuestras miradas. Si esa potencialidad escandalosa de la desnudez femenina y los consecuentes ímpetus censores que suele provocar se hubieran desactivado por completo, dichas prácticas pasarían desapercibidas. Pero el escenario parece estar en plena mutación y solo por eso estas novedades suceden ahora. Por un lado, se ha vuelto más viable para cualquier mujer exhibirse desnuda en lugares públicos debido a ciertos relajamientos de los antiguos tabúes. Aun así, los criterios que ampararon al desnudo femenino en la tradición occidental no parecen haberse extinguido, aunque se constaten algunas sacudidas en las definiciones de obscenidad y ciertas reformulaciones en los estándares de belleza.

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ESAS REACCIONES SUGIEREN QUE EL DESEO CONTEMPORÁNEO DE REALISMO EN LAS IMÁGENES CORPORALES TIENE SUS LÍMITES. QUIZÁS SE ESTÉ REDEFINIENDO LO QUE HOY SE ENTIENDE POR OBSCENO: YA NO SERÍA TANTO LA EXHIBICIÓN DE LA ANATOMÍA MÁS RECÓNDITA NI LA OSADÍA ERÓTICA LO QUE PERTURBA A LA MIRADA DEL ESPECTADOR CONTEMPORÁNEO Y, POR ENDE, DEBERÍA QUEDAR “FUERA DE LA CENA”, SINO CIERTOS CRITERIOS ESTÉTICOS RELATIVOS A LOS CONTORNOS Y A LAS SUPERFICIES EN EXHIBICIÓN.

Todo ese magma confluyó y estalló en el evento denominado Toplessazo convocado en Facebook para el 21 de diciembre de 2013 en la playa de Ipanema, pleno corazón urbano de Río de Janeiro y cuna de aquella garota de cuerpo dorado mundialmente entronizada al ritmo de la bossa nova en los años sesenta. Miles de personas adhirieron a la propuesta, comprometiéndose a participar en esa jornada de “desnudamiento en masa” en la cual las brasileñas defenderían su derecho a hacer topless en las playas del país. Llegado el momento, sin embargo, el lugar fue invadido por periodistas, fotógrafos y curiosos en general, que lanzaron sobre la propuesta su mirada “pornificadora”, inhibiendo a las mujeres y anulando la potencia política de la manifestación. Así, las diversas moralizaciones hoy en pugna en este complejo fenómeno de politización de la desnudez femenina se dieron cita en las arenas cariocas. Belleza, obscenidad, espectáculo, vergüenza, libertad, pureza, humillación, censura, pornificación y hasta una prometida (aunque nunca consumada) des-pornificación de las miradas estuvieron allí presentes, materializando las confusas fuerzas que hoy se enfrentan en este rico campo de batalla.

PAULA SIBILIA Coordinadora y profesora de la maestría y el doctorado en Comunicación de la Universidad Federal Fluminense (UFF)

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Artista invitado MARTÍN DI GIROLAMO

Publicada en TODAVÍA Nº 31. Julio de 2014

http://www.revistatodavia.com.ar/todavia31/31.cuerpos03.html

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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