Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Caricias que llegan lejos – María Gabriela Fleury

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Uno de los mejores recuerdos eróticos de Pamela se lo debe a aquella noche en Puerto Maya –entre Aragua y Vargas-, cuando a un lado de la bahía, un amante ocasional descubrió una de sus zonas erógenas: la más preciada, la más expuesta y paradójicamente la más secreta: su cabello.

       En presencia de decenas de bailadores de tambor y de algunos tragos, él introdujo sus inmensos dedos negros dentro de su melena y con sus pulpejos se apoderó de esa parte de su piel que se esconde. Palpó con la manaza abierta y cada vez fueron más intensos los movimientos que enredaban y desenredaban con cierto ritmo.

       No había otro contacto, ella no lo miraba. Sólo lo vio cuando él giró, la acercó y la besó insistentemente sin dejar de jugar con sus mechones dentro de los puños que apretujaban al compás del deseo. De cuando en cuando tiraba fuerte de alguno y ella sorprendida y extasiada, se apretó a su pelvis hasta el orgasmo.

       Las zonas erógenas están allí, sólo hay que descubrirlas, y para encontrarlas hay que explorar. Parece un bastardo perogrullo, pero no son pocos los que piensan que el sexo no es más que hacer las “jugadas de rutina” y, con mínimo esfuerzo y técnica, ganar el juego.

       El mismo acto de besar los pechos de la mujer debe convertirse en una constante búsqueda de nuevas formas de sensaciones. Por qué no, sería la pregunta. Para Miranda, nada como las lamidas esporádicas, pausadas y certeras justo en la línea baja que sostiene sus senos. No ha determinado la razón, pero el lado izquierdo responde mejor que el derecho. Brinda mejor estímulo al tacto.

       Beca describe abiertamente en un foro internauta que detrás de sus rodillas experimenta una doble sensación: entre las cosquillas y una gran excitación, sólo que la segunda fue descubierta y manejada totalmente por una de sus seis parejas.

       Ellos también exigen mayor dedicación a la hora del placer. Mauricio siente debilidad a la hora del placer. Mauricio siente debilidad tras los lóbulos de las orejas, pero especialmente si el tanto se realiza con la humedad de una lengua sagaz. Los pliegues de sus antebrazos también responden al roce.  Pablo, por su parte, no lo reconoce en público –ni bajo tortura- pero es heterosexual y experimenta un gran placer cuando su novia acaricia con un dedo humedecido su ano y en el momento del clímax lo introduce firme hasta que ambos obtienen un orgasmo. “fue un experimento de ella, la primera vez me quedé muy sorprendido y lo acepté, lo asumí: me gusta”.

       Tan variopintos como los gustos y las preferencias son esos lugares del cuerpo y la mente que permanecen ocultos esperando un estímulo. Los primeros son cuestión de curiosidad, paciencia, creatividad y dedicación que a la larga es disfrute, pues la piel  a menudo aporta sorpresas. Lo segundo se alimenta especialmente con estímulos visuales –que cada vez está más a mano- y con la literatura. Hay frases que por sí solo erotizan, hay metáforas que sencillamente son un elixir, un lubricante para el principal órgano sexual: el cerebro

Descifrado No. 34, mayo 2005..

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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