Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Las cloacas del comercio sexual – Lydia Cacho — Cuando el mundo es un prostíbulo – Lola Galán

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Cada año, 1,39 millones de personas, en su gran mayoría mujeres, son sometidas a la esclavitud sexual. La periodista y escritora mexicana Lydia Cacho ha dedicado cinco años a trazar el mapa de esta lacra contemporánea para su libro ‘Esclavas del poder’ (Debate). De los prostíbulos turcos a las ceremonias sexuales de los ‘yakuzas’ japoneses, pasando por los oscuros ‘desfiles de modas’ de Myanmar. En este personalísimo texto exclusivo para ‘El País Semanal’ relata algunas de las historias que vivió en su periplo.

Cuando tenía siete años, mi madre nos advertía a mi hermana Sonia y a mí de que siempre que saliéramos a la calle evitáramos a la robachicos, una vieja conocida en el vecindario porque secuestraba niñas; las atraía regalándoles caramelos y luego las vendía a extraños. La palabra equivalente en inglés, kidnapper(robaniños), es utilizada hoy para referirse al secuestro de personas de cualquier edad. Cuarenta años después de aquellas lecciones infantiles, descubrí que lo que en mi infancia parecía una anécdota propia de Dickens, con los años se convertiría en uno de los problemas más serios del siglo XXI. La sociedad tiende a considerar la trata de niñas y mujeres como una reminiscencia de otro tiempo.

Creíamos que la modernización y las fuerzas del mercado global habrían de erradicarla y que el abuso infantil en los oscuros rincones del mundo subdesarrollado habría de disiparse al simple contacto de las leyes occidentales y la economía de mercado. Mi investigación demuestra justamente lo contrario. El mundo experimenta una explosión de las redes que roban, compran y esclavizan a niñas y mujeres; las mismas fuerzas que en teoría habrían de erradicar la esclavitud la han potenciado a una escala sin precedentes. Estamos presenciando el desarrollo de una cultura de normalización del robo, compraventa y corrupción de niñas y adolescentes en todo el planeta, que tiene como finalidad convertirlas en objetos sexuales de renta y venta.

Cada año 1,39 millones de personas en todo el mundo, en su gran mayoría mujeres y niñas, son sometidas a la esclavitud sexual. Durante cinco años, mi tarea fue rastrear las operaciones de las pequeñas y grandes mafias internacionales a través de los testimonios de supervivientes de la explotación sexual comercial. Mi investigación sigue la pista concreta de un fenómeno criminal que nació en el siglo XX: la trata sexual de mujeres y niñas. La sofisticación de la industria sexual ha creado un mercado que muy pronto superará al número de esclavos vendidos en la época de la esclavitud africana que se extendió desde el siglo XVI hasta el XIX.

 La confrontación emocional con el hecho de ser una mujer periodista hizo más compleja esta investigación. El reto fue mayúsculo. En Camboya, Tailandia, Myanmar y Asia Central me vi obligada a emplear distintas estrategias para evitar el peligro. Enfrenté enormes frustraciones, como cuando tuve que salir corriendo de un casino camboyano operado por una tríada china en el que se efectuaba la compraventa de niñas menores de diez años.

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Para alcanzar mi objetivo puse en práctica las enseñanzas de Günter Wallraff, maestro alemán de periodismo y autor de Cabeza de turco. Siguiendo sus métodos de trabajo, en mi viaje desde México hasta Asia Central me disfracé y asumí personalidades falsas. Gracias a ello pude sentarme a beber café con una tratante filipina en Camboya; entré en un prostíbulo en Tokio donde todos parecían personajes salidos de un manga; y caminé vestida de novicia por La Merced, uno de los barrios más peligrosos de México, controlado por poderosos tratantes.

Para comprender el fenómeno resultó imprescindible hacer un análisis de la postura de varios países respecto a la trata de personas y a la prostitución, examinar las ganancias que la legalización o regulación representa para los Gobiernos, y el valor cultural que sus hombres y mujeres dan al comercio sexual de personas. Me encontré con naciones profundamente religiosas, como Turquía, en donde está legalizada la prostitución. Y otras, como Suecia, que han penalizado el consumo de sexo comercial y protegido legalmente a las mujeres que son víctimas de la esclavitud sexual comercial.

Turquía. Al aterrizar en Estambul es de noche y pierdo el aliento ante la belleza del cielo estrellado con pinceladas violetas. En un taxi rumbo al hotel, bajo la ventanilla y los olores de la ciudad se revelan ante mí: el diesel, las especias, el hálito salado del mar. Cada ciudad tiene un aroma que la distingue.

El taxista, orgulloso de su patria, elige darme un paseo. Me explica que nos encontramos en la separación entre Anatolia y Tracia, formada por el mar de Mármara, el Bósforo y los Dardanelos: los estrechos de Turquía que definen la frontera entre Asia y Europa. “Estamos a punto de ser reconocidos como parte de la Unión Europea. Aquí todo es bueno”, me asegura, “convivimos musulmanes, judíos, cristianos, agnósticos, protestantes. Aquí todo el mundo es respetado y bienvenido”. Sonrío y pienso en los informes de PEN International —una organización defensora de la libertad de expresión— sobre la persecución y encarcelamiento de escritores y periodistas turcos.

Pero guardo silencio, sé que el mundo no es blanco y negro y que todos los países, como las personas que los habitan, son diversos, complejos y magníficos a la vez. La hermosura de los ojos del joven maletero que me recibe en el hotel y la dulce voz de una recepcionista que habla un perfecto inglés hacen que me sienta bienvenida. Me recuerdan que la oscuridad no se ve sin conocer la luz, que la bondad está también en todas partes. Imagino que algunas de las 200.000 mujeres y niñas que han sido traficadas en los últimos cinco años a este país puente han encontrado a su paso la bondad de alguien que las ha visto como humanas.

Espero frente a la barra de un bar a mi contacto. Al poco tiempo, un hombre alto, atractivo, de tez morena clara, cabello al rape, cejas pobladas y chamarra de cuero se detiene a mi lado. Sin mirarme y aún con la nariz enrojecida por el aire helado, dice mi nombre y pide un trago.

En un francés titubeante masculla que allí no podemos hablar: “En hotel cinco estrellas, nos vemos mañana en hotel cinco estrellas”. Saco de mi bolso una tarjeta de mi hotel y se la entrego. La revisa. “Ése es el barrio Taya Hatún”, dice. “Sí, es un hotel pequeño, sólo turistas”, insisto. “Nueve de la mañana, sólo usted, madame”. Paga el trago sin haberlo probado, sale del bar y se sube al tranvía mirando a los lados.

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Mahmut es policía, y uno de los buenos, según me dijo un colega corresponsal extranjero. Fue entrenado por el equipo de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) para el grupo especial contra la trata de personas en Turquía. El Departamento de Estado estadounidense ha invertido aquí siete millones de dólares para luchar contra la trata, y la cooperación noruega otro tanto. Mahmut es un turco laico, un tipo culto. Él cree que la lucha contra la explotación sexual de mujeres en Turquía y en la Ruta de la Seda es una gran farsa. Por ello, después de meses de negociaciones con contactos, decidió hablar conmigo. Espero en el pequeño hotel boutique bebiendo un perfumado café turco.

Me siento en el bar. Es un lugar elegante con aire palaciego. El policía entra y el joven de la recepción apenas lo mira.

Lo invito a sentarse, mira a su alrededor y en voz muy baja me dice: “Si se enteran de que fui yo quien le dio la información, me pudriré en la cárcel si no es que me matan antes por haber violado el artículo 301 y por traición a la patria y al código policiaco”.

Pedimos una jarra grande de un exquisito té perfumado con cardamomo. De pronto, él señala, en silencio, las cámaras en el techo del bar. Le digo que podemos subir a mi cuarto y acepta. Es cauteloso. La habitación es pequeña, pero tiene un sillón y una silla; le ofrezco el primero. Poco a poco se va soltando, me pregunta qué sé de la corrupción turca, de la trata de mujeres. Él pone atención a cada palabra. De pronto pide permiso para quitarse la chamarra, asiento con la cabeza y mi vista se congela ante la presencia de un arma colocada en la sobaquera de policía. Pierdo el hilo de mis ideas durante algunos segundos. Con el bolígrafo en la mano y la libreta sobre mis piernas, pienso que estoy en Turquía, en una habitación de hotel, con un hombre armado, y sólo él y yo lo sabemos. Intuye mi ansiedad y comienza a hablar de su esposa y de las mujeres admirables que ha conocido en la OIM. Hacemos un silente acuerdo de confianza, ese pacto sin el cual las y los reporteros no podríamos subsistir.

Los especialistas revelan que en la medida en que se dan a conocer más casos de trata de mujeres en el mundo, sorprende el notorio descenso de incidentes registrados por la policía turca sobre mujeres traficadas hasta Turquía desde Rusia, Moldavia, Georgia y Kirguizistán. ¿Cómo es posible que en un par de años la policía turca asegure que ha abatido en más del 50% los índices de la trata de mujeres? Mahmut advierte: “Ellos [los jefes de la policía y el ejército] ven la prostitución como un negocio, y ellos mismos son clientes. Consideran que son los norteamericanos y algunos europeos nórdicos quienes la llaman ‘esclavitud sexual’, pero eso es problema de otros, no nuestro. Todo es cuestión de enfoques, madame. Por ejemplo, una gran cantidad de noruegos y suecos vienen a Turquía por el turismo sexual. En su país no lo hacen, y aquí sí porque es legal y nadie los reconoce”.

Esta observación da en el clavo del debate mundial que plantean los abolicionistas. En la medida en que la prostitución esté avalada o regulada por los Gobiernos, toda política pública para establecer una división entre víctimas y profesionales resultará infructuosa. “Hoy, más que nunca”, asegura Mahmut, “las mafias albanesas y rusas cooperan con las mafias locales para el transporte de mujeres que terminan en el negocio de la prostitución.

Siempre ha sucedido; la diferencia es que ahora que los países que se dicen civilizados han decidido combatir este crimen, se ha convertido en un negocio mejor para todos: los tratantes, los que hacen porno y los que simplemente venden un sueño falso a las mujeres. La llegada de los mercaderes de la guerra a Irak y Afganistán ha mejorado el negocio. Nadie habla de eso. En unos años los medios se sorprenderán ante la cantidad de dinero que han ganado los terroristas y los mercenarios norteamericanos con la venta de mujeres de la región”.

El último informe del Protection Project, adscrito a la Universidad Johns Hopkins, revela que en Turquía existen, plenamente identificadas, 200 bandas de tratantes de mujeres y niñas. Según datos de la OIM, desde 1999 hasta la fecha, 250.000 personas han sido traficadas para diversos fines a través de Turquía. La mayoría son mujeres originarias de Azerbaiyán, Georgia, Armenia, Rusia, Ucrania, Montenegro, Uzbekistán y Moldavia. En comparación, las autoridades turcas reconocen oficialmente que, entre 2003 y 2008, se identificaron como víctimas de la trata sólo a 994 personas.

“El negocio de la prostitución aporta mucho, mucho dinero, madame”, me explica Mahmut. “Miles de turistas vienen a la costa y a Estambul a buscar placer, claro que también hacen los tours de las bellezas históricas de nuestro país, que son muchas. Por desgracia, hay quienes explotan niñas. Hemos encontrado mujeres de 16 años que trajeron a los 14; estaban en burdeles con papeles falsos y el Gobierno miró para otro lado. Cuando los tratantes se cansan de las muchachas, simplemente llaman a la policía y las entregan. Cuando se hacen redadas, es curioso que no aparezcan los explotadores para ser arrestados. Muchas jóvenes tienen papeles auténticos pero ilegales.

El policía se refiere a lo que he descubierto en todo el mundo: servidores públicos de los Ministerios de Asuntos Exteriores, así como cónsules e incluso embajadores, se prestan a emitir pasaportes auténticos a partir de documentación falsa. Mi entrevistado evoca las complejidades de detectar a una esclava sexual cuando los papeles son legales: si los agentes de migración se basaran en apariencias o simples sospechas, las fronteras se volverían un caos y las crisis diplomáticas entre países serían irremediables. “Por ello, ante la posibilidad de equivocarse, muchos pasan por alto las sospechas”. Según la organización Eliminemos la Prostitución Infantil, la Pornografía Infantil y la Trata de Niños y Niñas con Fines Sexuales (ECPAT), el 16% de las víctimas de la trata rescatadas en Turquía son menores de edad y vendidas para la explotación sexual comercial. El policía asiente a las cifras que le ofrezco.

Reitera que la del sexo es percibida como una industria y no como una actividad delictiva. Asimismo coincide con los informes de Save the Children, que aseguran que allí donde está legalizada la prostitución con adultas, muchos pedófilos buscan asilo y se convierten en clientela fiel que fomenta el mercado de la explotación sexual infantil.

Las propias cifras del Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía son elocuentes: mientras en 2006 se reportaron 422 arrestos, en 2007 fueron 308 y a fines de 2008 sólo arrestaron a 255 hombres, en su mayoría clientes y en algunos casos víctimas consideradas por la autoridad como cómplices de la trata.

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La OIM logró convencer al Gobierno turco de implementar una línea telefónica para denuncias. Desde que se inauguró, el 23 de mayo de 2005, hasta principios de 2009, fueron rescatadas 114 víctimas. El operativo de salvamento y atención está a cargo de un par de organizaciones civiles sin fines de lucro y de la propia OIM. Sin embargo, las cifras no son tan optimistas cuando logro hablar con algunas jóvenes de Moldavia y Croacia, quienes me aseguran que la repatriación es una farsa, que se trata de una vulgar deportación de mujeres que ya han estado demasiado tiempo en el negocio. Las más nuevas son las que pueden ser controladas, las que no hablan… todavía.

Tokio. Eran las nueve de la noche. Caminaba por el barrio de Ginza. Sabía lo que buscaba. Paseaba con mi pequeña cámara fotográfica y mi videocámara. De pronto vi salir a tres jóvenes geishas de un callejón; me acerqué. Tras ellas salieron dos hombres con traje negro por una puerta sin señalizar que era vigilada por un guardaespaldas. Decidí filmar la escena, y de inmediato el vigilante se dirigió a mí con un tono iracundo. Le dije que era una turista que estaba filmando mi viaje. Le pregunté en inglés poniendo cara de ingenua: “¿Por qué le molesta?”. Él me tomó del brazo, me llevó hacia la avenida y me dijo que me largara de allí. Caminé dos manzanas y entré en un pequeño restaurante para revisar mi material, comer algo y recuperar el aliento. Más tarde, cuando le pregunté a un policía si aquél era un bar yakuza, me dijo que muy probablemente, pero que ellos no podían demostrarlo porque los mafiosos “no quebrantan la ley”.

El club nocturno al que Rodha llegó a trabajar era de lo más elegante. Sentada al lado de un rico empresario japonés, mientras bebía un whisky con Coca-cola, ella intentaba responder a la pregunta que le hacía asegurándole que, efectivamente, todo el pelo de su cuerpo era del color rojo brillante de su melena. La llamaban a otra mesa y seguía departiendo con los distinguidos clientes. Habían pasado varios días y no le permitían cantar, le decían que debía esperar. A la semana comenzaron a llegar los yakuzas.

Así lo cuenta Rodha: “Me sentí invadida por un azoro total. ‘¡Vaya, mafiosos de verdad!’, me dije en silencio. ‘¡Como en las películas!’. Más tarde, demasiado tarde, me enteré de que esa noche estaba siendo ofrecida a los compradores. Era un club de venta de esclavas finas.

La joven había firmado un contrato para cantar y eventualmente grabar un disco. Estaba encantada: los tragos se servían gratis y el ambiente era sofisticado. A los dieciocho años creyó que estaba experimentando una entrada en la vida adulta. Con el paso de las semanas comenzó a sentirse enojada e inquieta, y exigió que la llevaran al club en el cual debía cantar. Reclamó que no estaban cumpliendo con su contrato de trabajo, el mismo que su padre había revisado. Poco a poco se reveló el principio de la pesadilla. Su abogado se había quedado con el visado y el billete de regreso, argumentando que los necesitaban para obtener un permiso de trabajo. Además, en lugar de entregarle el apartamento que señalaba el contrato, la tenían hospedada en un hotelucho cuya habitación era casi del tamaño de un armario.

“Miko y yo estábamos sentadas”, recuerda Rodha, “rodeadas por esos mafiosos, y me sentía impresionada de que hombres como ellos, como en las películas, quisieran estar de parranda conmigo. ¡Qué aventura! Me pidieron que cantara una canción en el karaoke y canté la única que conozco en japonés; luego me senté a beber el trago que habían ordenado para mí. Quince minutos después de tomar el trago, me sentí muy pesada. Nunca había experimentado esa sensación al beber alcohol. Algo estaba mal. De pronto me sentí como si hubiesen inyectado cemento en mis venas. Un par de yakuzas me levantaron de los brazos y me llevaron hacia el elevador.

No podía comprender lo que estaba sucediendo, les hablaba en inglés y no respondían. ¿Dónde estaba Miko? ¿Por qué estaba dando vueltas el edificio? Una vez dentro del elevador, las rodillas se me doblaron y uno de los yakuzas me cargó como si fuera una niña”.

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La joven estaba consciente, pero su cuerpo permanecía paralizado. Al salir pudo ver una larga fila de Mercedes Benz y luego perdió el conocimiento. Se dejó ir, aterrorizada; en su mente sabía que algo estaba muy, pero muy mal. Más tarde descubriría que la habían drogado para que formara parte de una ceremonia sexual. “Me desperté en medio de una bruma mental, estaba completamente vestida, sentada en un sofá. Miré a mi alrededor. Era una suite impresionante, lo más lujoso que jamás hubiera visto. Había una enorme cama redonda en el centro, sofás, una sauna y lo que parecía un cuarto de vapor. A mi mente vino un poco de tranquilidad: tal vez me había mareado el alcohol y estos hombres me ayudaron a subir a su suite para que descansara un poco. Posteriormente aparecieron ante mí varios yakuzas desnudos, solamente estaban cubiertos por una toalla en la cintura. Absolutamente todo su cuerpo estaba tatuado. Sentada en el sofá, el miedo se apoderó de mí, sentí que me consumía el terror.

Finalmente, vinieron a mi mente las palabras de mi tío Jim. Él no quería que mis padres me dejaran viajar a Japón, insistía en que allí se llevaban a las jovencitas para hacerlas esclavas sexuales. ‘¡Trata de blancas!’, lo había llamado mi tío. De pronto, me levanté y corrí hacia la puerta; antes de que me diera cuenta, tres yakuzas estaban deteniéndome, uno de ellos golpeó mi cabeza contra la pared… escuché el crack de mi cráneo. Me desmayé”.

Cuando Rodha despertó estaba desnuda en la cama. Tenía los ojos vendados, obviamente los hombres que la violaron no querían ser reconocidos. Dos agentes del FBI a quienes entrevisté sobre este caso me aseguraron que la consistencia de la historia de Rodha y la coincidencia detallada con otros testimonios de las pocas estadounidenses rescatadas de los yakuzas les han dado elementos para entender el grado de crueldad de esos mafiosos.

“Estoy segura de que el primero que me violó era el jefe de la secta Yamaguchi-gumi, llamado 0293845 0934, él era el jefe de unos 38.000 miembros de la secta de yakuzas en aquellos tiempos. Durante la noche la venda se cayó de mis ojos. Eso no debía estarme sucediendo. Yo era de verdad una buena chica, en la secundaria había ganado los concursos de la más sensible y los concursos de talento artístico. Recuerdo llorar casi en silencio mientras se turnaban. ‘¡Dios mío, ayúdame!’, gritaba. Supongo que el nombre de Dios hizo que uno de ellos se enojara mucho, pues me abofeteó con fuerza. Mis gritos eran más como susurros, por el miedo, el cansancio y la droga”.

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Rodha ha contado su historia un centenar de veces. Es una de las pocas supervivientes de los yakuzas que ha sido capaz de hablar públicamente, de ayudar a las autoridades con datos exactos, nombres y descripciones de lugares y personas. Sin embargo, los efectos del estrés postraumático en ella son evidentes. Una víctima no puede revivir una y otra vez todos los detalles de su historia creyendo que no le afecta. La joven es consciente de ello, y nutre su fuerza de fe religiosa. Está convencida de que Dios le permitió salir viva de Japón para dedicarse a salvar a otras jóvenes.

Myanmar (Birmania). Quedarse en Myanmar como periodista no es una buena idea; tomé la decisión de hacer las entrevistas con gran sigilo, puesto que la dictadura militar arresta y tortura a quienes pretenden difundir las violaciones de los derechos humanos. Estaba en Tailandia cuando preparaba mi viaje hacia Myanmar: la manera más sencilla de entrar sería subiendo hasta Sawngthaew, en la región tailandesa de Mae Sot, y luego cruzar Mae Nam Moei. Para entrevistar a mis contactos en Myanmar necesitaba quedarme al menos dos días, lo que representaba un serio problema, porque cruzar el puente desde Mae Sot implicaba entrar con un visado especial cuyo costo es de 11 dólares y condiciona el regreso a Tailandia ese mismo día por la tarde. Los soldados que fungen como agentes de migración del pequeño puesto de Myanmar retienen tu pasaporte a cambio de un recibo. Tenía que buscar la manera de quedarme más días sin ser detectada por las autoridades.

Para ello debía lograr dos cosas: primero, que las autoridades tailandesas del puente no sellaran mi pasaporte de salida, y después, que las de Myanmar tampoco lo sellaran de entrada. La idea era volver a Tailandia unos días después con mi pasaporte en la mano y la evidencia de la corrupción de los agentes de migración. Naturalmente, por motivos de seguridad, en Asia viajaba con visado de turista. Entregué mi itinerario a mis contactos locales y a mis amigos de la OIM, por si acaso.

¿Qué tan difícil sería cruzar la frontera de un país cuya severa dictadura militar está vinculada con el crimen organizado y la trata de mujeres? Necesitaba hacerme acompañar por alguien capaz de llevarme a Mae Sot para desde allí cruzar el llamado puente de la Amistad. Afortunadamente, logré contactar con un hombre que unos colegas me habían recomendado. Por la maniobra tendría que pagar 250 dólares estadounidenses: 50 para él, 100 para los soldados del puesto migratorio tailandés y 100 para los myanmas que me permitirían entrar sin visa y sin quitarme o sellarme el pasaporte. La misma suma me costaría regresar sana y salva a Tailandia con un primo de mi contacto, que me conduciría de vuelta a Mae Sot. La orden fue sencilla: yo no hablaría y entraría con un grupo de siete turistas regionales acompañados por Tomy, el guía, al que entregué los 250 dólares.

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La oficina migratoria del lado tailandés es bastante más moderna. Allí Tomy hizo el trámite en menos de diez minutos y pasamos como si tal cosa. Cruzamos los 420 metros del arco del puente de la Amistad. Tuve que gastar otros 200 dólares: el Gobierno de Myanmar exige a todos los turistas que cambien esa cantidad por dinero oficial, no es opcional. En febrero el clima es caluroso, pero soportable. Esa mañana estábamos a 36 grados. Tomy hizo sus trámites y entramos finalmente, mis manos sudaban copiosamente. Parecido a los mercados mexicanos, Mae Sot es ruidoso, y circulan mujeres y hombres con vestidos tradicionales. Los turistas se mezclan entre los defensores de los derechos humanos que viven en la frontera y tienen mayor acceso a la realidad myanma sin correr tanto peligro. No obstante, de vez en cuando hay enfrentamientos de soldados de la junta para arrestar a quienes pretenden obtener información del país. Éste es el centro del mercado negro entre myanmas, chinos, tailandeses y karens, una etnia myanma. Allí se intercambian tanto productos legales como ilícitos. Entre pintorescos restaurantes y puestos de artesanías típicas, los vendedores ofrecen desde pasaportes falsos hasta mujeres, niñas o niños en adopción; también hay contenedores de productos chinos que circulan entre los distritos de Mae Ramat, Tha Song Yang, Phop Phra y Um Phang. El puente de la Amistad une Mae Sot con Yawadi, y hacia el oeste la carretera nos lleva hasta las ciudades myanmas de Mawlamyine y Rangún. Desde antes de cruzar el puente hice un poco el papel de turista, compré un pequeño Buda y caminé entre el mercado, abrumada por los vendedores.

Myanmar es uno de los países en los que se puede distinguir con certeza que la trata y la explotación sexual de mujeres es un negocio del Estado, y específicamente del Ejército. Con una cautela extraordinaria, mi contacto y yo nos encontramos en un monasterio con las activistas que han consignado los casos de cientos de víctimas. La limpieza étnica exacerbada por los ataques de la dictadura militar ha producido masacres, particularmente de mujeres de las etnias karen, mon, shan y rohingya (grupo étnico musulmán). Miembros del Ejército han creado campos de esclavas sexuales secuestrando a cientos de niñas y adolescentes de origen shan y mon.

En 2006, el comandante Myo Win ordenó a 15 pueblos del distrito de Ye la entrega de dos jóvenes por aldea. Debían ser solteras, medir más de un metro sesenta y tener entre 17 y 25 años. Un destacamento de soldados se encargó de recoger a las candidatas hasta completar la participación en lo que los generales describieron como el “pase de modelos” del Día de la Independencia. Las elegidas, todas ellas campesinas del Estado myanma de Mon, fueron conducidas al cuartel y obligadas a desfilar para los militares durante los tres días en que fueron violadas. Cuando volvieron a sus comunidades, nadie se atrevió a preguntar nada.

Según las organizaciones de mujeres, solamente en Rangún hay entre 5.000 y 10.000 mujeres obligadas a ejercer la prostitución como medio de subsistencia. Mientras los refugiados de Myanmar buscan protección fuera de su país a causa de la represión y la guerra étnica, se ha generado una gran tensión política con Tailandia, cuyo Gobierno sigue firmando acuerdos comerciales con la dictadura a pesar de que ambos países no han podido resolver una antigua pugna territorial.

En Tailandia hay 74.000 mujeres myanmas viviendo en campos de refugiados, y se calcula que entre 800.000 y 1,5 millones de personas huyen de Myanmar hacia otros países en los que son explotadas y tratadas como esclavas. La Coalición contra la Trata de Mujeres (CATW, por sus siglas en inglés) informa de que 200.000 mujeres y niñas de Myanmar han sido traficadas a Karachi (Pakistán) para ser vendidas como esclavas sexuales y para la mendicidad. El Banco Asiático de Desarrollo ha informado de que el 25% de las adolescentes forzadas a la prostitución en Myanmar son portadoras del VIH y muchas ya han desarrollado el sida. Sin servicios de salud, seguramente morirán pronto.

Darle la vuelta al mundo recorriendo fronteras por aire, tierra y mar me hizo comprender las verdaderas implicaciones de la corrupción y las facilidades que provee para el crimen organizado y el tráfico de personas. Para decirlo en pocas palabras: Myanmar es un campo de exterminio de mujeres. Si el país logra liberarse de la junta militar y transitar a la democracia, una vez que los medios muestren la realidad, el mundo se horrorizará ante esto. Myanmar se ha convertido en un paraíso del crimen organizado especializado en drogas y esclavitud humana.

En Myanmar se han creado negocios de entretenimiento dedicados a los desfiles de modas; sin embargo, estos constituyen máscaras como las que utilizan en otros países asiáticos con los clubes de karaoke, que no son más que sitios que ocultan la trata de mujeres para fines de prostitución forzada. Después de dos días regreso a Tailandia con el primo de mi guía. Mis libretas, la grabadora y mi pequeña cámara nunca tendrán el poder para revelar la verdadera profundidad del dolor humano que se descubre en la mirada apasionada de quienes creen en la libertad propia y ajena y están dispuestos a dar la vida por ella.

EROS EN ROTACIÓN Boletín No. 12  (Julio 2010) boletinenrotacion@gmail.com)

REPORTAJE: ESCLAVAS Las cloacas del comercio sexual LYDIA CACHO 30/05/2010

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

 

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REPORTAJE: LA TRATA DE MUJERES

Cuando el mundo es un prostíbulo

Fruto de una investigación, un ex empleado de un banco denuncia el negocio planetario del tráfico sexual y la vida atroz del millón largo de mujeres esclavizadas para ejercer la prostitución

LOLA GALÁN 30/05/2010

Las niñas y jóvenes que se ofrecen por unas pocas rupias en los prostíbulos gigantescos de Kamathipura y Falkland Road, en Bombay, no son muy diferentes de las adolescentes del este europeo encerradas en clubes de alterne de Mestre, cerca de Venecia. O de las jóvenes nigerianas retenidas, bajo amenaza de muerte, en cortijos perdidos entre los invernaderos de Almería, como las que liberó la policía hace unos días. Unas y otras son esclavas sexuales. Un término aparentemente desfasado en pleno siglo XXI que describe, por desgracia, una realidad nada infrecuente. Más de un millón de adolescentes y de mujeres jóvenes alimentan hoy este sórdido negocio que proporciona a quienes lo explotan miles de millones de euros de beneficios al año. Mujeres vendidas, engañadas o raptadas por los propios grupos mafiosos que controlan el tráfico sexual.

¿Cómo se desarrolla la trata en el mundo global? ¿Quiénes son sus víctimas y quiénes los verdugos? “Las víctimas son mujeres jóvenes, pobres, muchas pertenecen a minorías étnicas, o proceden de países inestables y están desesperadas por emigrar. También los campos de refugiados son terreno propicio para reclutarlas”, explica Siddharth Kara, en conversación telefónica desde su casa de Los Angeles. Es autor de un libro sobre el tema, Tráfico sexual. El negocio de la esclavitud moderna, que publica ahora Alianza Editorial. Kara, de 35 años, ex empleado del banco de negocios Merrill Lynch, dejó su lucrativo trabajo para iniciar en el año 2000 una serie de viajes por el mundo que le llevarían a través de tres continentes al corazón del tráfico sexual.

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En los países del sur y del este de Asia, en Estados Unidos, en el este de Europa, en los Balcanes y en Italia, Kara tomó contacto con esclavas, trabajadores sociales, proxenetas y algún traficante. El resultado de este amplio trabajo de campo es el libro sobre este negocio inhumano, que hace hincapié en los aspectos económicos sin olvidar el drama profundo de las jóvenes explotadas. Dramas como el de Mallaika, una ex esclava sexual que Kara encontró en Bombay. Casada a los 13 años, tras parir dos hijos muertos, el marido la vendió a un proxeneta cuando apenas había cumplido los 16 años. Mallaika trabajó toda su juventud como esclava sexual, obligada a satisfacer a decenas de clientes al día. En el gigantesco burdel imperaba la ley más brutal. Todos los días morían violentamente esclavas como ella. Después pasó a trabajar como prostituta por el sistema indio de adhiya. La mitad de lo que ganaba era para el dueño del prostíbulo. Infectada con el virus del sida cuando Kara la encontró, Mallaika era consciente de que sus días estaban contados.

Siddharth Kara, miembro de la dirección de la ONG Free the Slaves, creada en 2000 por un grupo de intelectuales para luchar contra la esclavitud, cuenta que su interés por el tema surgió en sus años de estudiante en la Universidad de Duke (Carolina del Norte). En 1995, Kara pasó unas semanas en el campo de refugiados de Novo Mesto (Eslovenia). Allí, una joven bosnia le contó que soldados serbios raptaron a algunas de sus compañeras y las llevaron a prostíbulos de Belgrado.

Ese recuerdo nunca le abandonó. Y en 2000, con algo de dinero ahorrado, una mochila escueta, una cámara de fotos y una grabadora, se lanzó a la aventura de ver cons sus propios ojos la naturaleza de la trata de mujeres. “Calculo que ahora mismo hay en torno a 1,3 millones de esclavos sexuales, la mayoría mujeres y niñas”, dice Kara. “Pero no debemos olvidar que son muchas más las personas atrapadas como esclavas en el negocio de la prostitución”.

Kara cree que una de las razones del auge de este comercio es su rentabilidad, sólo superada por el tráfico de drogas. Pero con un riesgo mucho menor. ¿Por qué se arriesgan menos a ser detenidos los mafiosos que controlan el tráfico sexual? “Hay varias razones. La corrupción policial, la de los guardias fronterizos, la del sistema judicial. Tampoco hay fondos para atender a las esclavas que consiguen liberarse y es difícil que denuncien a los traficantes. Además, las fuerzas encargadas de luchar contra esta lacra no tienen medios, ni están coordinadas globalmente”.

Cuando Siddharth Kara inició su investigación, se encontró con que no había datos ni evidencias testimoniales de la trata. “Apenas se le dedicaba atención. Ni siquiera en la prensa. Hoy hay más interés, pero no siempre es un interés sano. Hay periodistas y miembros de ONG que sólo pretenden contar historias sensacionalistas con las que construir sus propias carreras. Además los recursos económicos son limitados.

Por no sé que razón la lucha contra la trata está subordinada a otros problemas, como el terrorismo, el tráfico de drogas, o la inmigración. Aparte de que hay una apatía institucional histórica a la hora de reconocer las dimensiones de este problema y darle una solución. Seguramente porque las mujeres están todavía discriminadas en el mundo, reciben menor atención”.

La vida de las esclavas sexuales está dominada por un mismo horror, ya sea en Oriente o en Occidente, al Norte o al Sur. Kara ha entrevistado a jóvenes que sobreviven medio drogadas en los prostíbulos más sucios de Bombay y a chicas del este europeo obligadas a hacer la calle en Roma, y ha encontrado trágicas similitudes. “Podría parecer más sórdida la situación de las esclavas sexuales en India, pero el trato que reciben estas jóvenes tiene aspectos comunes en ambos países. Todas sufren continua violencia, son torturadas y amenazadas constantemente, y obligadas a mantener relaciones sexuales con decenas de individuos al día. En India, la prostitución está prohibida y todo se hace a escondidas, mientras que en Italia, la prostitución callejera está autorizada salvo para las chicas menores de edad”.

En la ciudad santa de Benarés Kara se encontró con Devika, una adolescente con una historia estremecedora. “Cuando tenía 13 años, un día un hombre, al que conocía por el nombre de Raj, me abordó camino de la escuela.

Me cogió de la mano y me dijo que me mataría si gritaba pidiendo ayuda. Me llevó a su casa y me violó. Abusaba de mi todos los días y traía a otros hombres para que tuvieran relaciones sexuales conmigo”. Hasta que pudo ser rescatada, Davika pasó meses trabajando en la casa-prostíbulo de Raj que la obligaba a tener relaciones sexuales con más de 20 hombres al día.

Su historia, salvando las enormes distancias culturales y geográficas, se parece a la de Tatyana, una chica moldava de 18 años que pasó 26 meses como esclava sexual en Italia.

El error de Tatyana (los nombres que cita Kara en su libro no son auténticos) fue presentarse al anuncio publicado por un diario de su ciudad natal, Chisinau (Moldavia), en el que se solicitaban chicas para trabajar en el servicio doméstico en Italia. “Nada más salir de mi casa, mis compañeros me violaron, y luego me tuvieron varios días sin comer. Me obligaron a orinarme encima”, relata en el libro. Su primera parada fue Serbia, donde fue comprada por traficantes albaneses. Más tarde fue vendida de nuevo en Albania. De allí pasó a Grecia, donde los mafiosos que la acompañaban la subieron a un ferry rumbo a Italia. “Allí los albaneses la metieron en el maletero de su coche”, relata Kara en su libro, “y la llevaron directamente a Milán, donde fue vendida al propietario de un club nocturno”. Todas las noches tenía que alternar con los clientes, y satisfacerles sexualmente. “Cuando no quería beber, el propietario me inyectaba tranquilizantes para animales”.

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La oferta de esclavas sexuales en Italia es tan abundante, que los precios del acto sexual se han reducido a la mitad. La clientela se ha multiplicado. Hoy día, constata Kara en su libro, “frecuentar prostitutas está cada vez más integrado en la cultura italiana”. Después de ser explotadas en los tugurios de Roma, Turín, Mestre o Milán, muchas de estas mujeres son enviadas a otros países de Europa donde continúa su calvario.

Clientes no les faltan. Según Kara, en el mundo entero, entre el 6% y el 9% de los hombres mayores de 18 años compran sexo de esclavas al menos una vez al año. Reconoce que ya sea por entretenimiento, por impulsos violentos o por cualquier otro propósito, no hay rincón del mundo donde los hombres no acudan a los prostíbulos. Estados Unidos, con leyes prohibicionistas muy estrictas e implacablemente aplicadas, es uno de los lugares donde el comercio sexual parece tener menos éxito. Pero no deja de ser una excepción.

¿Qué caracteriza a los consumidores de este sexo barato? “No soy la persona indicada para responder a esta pregunta. Es cierto que algunos hombres lo consumen sin mayores problemas de conciencia. Hay razones biológicas, sociales, no lo sé. Obviamente, sin hombres dispuestos a pagar por sexo no existiría esta esclavitud. Pero no todos los hombres son responsables de ella. Solo una pequeña parte”.

Entre los clientes de inmundos salones de masaje, o de las prostitutas callejeras, están los inmigrantes, que llegan, muchas veces solos, a un país desconocido y hostil. “La globalización ha sido un agravante enorme. La trata de seres humanos es una de las consecuencias más horribles del capitalismo global, que ha generado enormes desigualdades económicas. Porque se produce un trasvase neto de riqueza y recursos de las economías pobres a las ricas junto a otro fenómeno, el de la falta de derechos humanos en los países en desarrollo”.

¿Y la religión? ¿Juega algún papel en este fenómeno? Kara que ha viajado varias veces a Tailandia, otro de los países con mayor oferta de esclavas sexuales y prostitutas menores de edad, cita el budismo theravada, religión oficial, como una de las últimas razones del desprecio hacia la mujer, considerada como una reencarnación inferior al hombre. Pero tampoco el hinduísmo es más compasivo con las mujeres, ni los ritos africanos. Las mujeres nigerianas atrapadas en el tráfico aceptan muchas veces condiciones de vida terribles sin quejarse, por temor a los ritos Ju ju, a los que están sometidas. “Existe todavía una opresión bastante generalizada de las mujeres por parte de los hombres. Y la religión es un medio más para someterlas. No es culpa de la religión en sí, sino del uso que se hace de ella”, dice Kara.

El autor de Tráfico sexual ha seguido con interés las leyes liberalizadoras de la prostitución en algunos países europeos, caso de Holanda. Y no parece convencido de que sirvan para erradicar la trata de mujeres. “La legalización de la prostitución es mala porque se utiliza como una pantalla, un escaparate detrás del cual se desarrolla el mismo comercio sexual con esclavas en las condiciones más terribles”.

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Siddharth Kara relata en su libro sus recorridos por los barrios más degradados de Bangkok donde abundan los prostíbulos inmundos. Allí se encuentran auténticas esclavas, adolescentes que cobran apenas cuatro euros la hora de sexo, y donde la atmósfera es deprimente y sórdida hasta extremos inauditos. También hay prostíbulos suntuosos para los turistas ricos y hombres de negocios que llegan al país en busca precisamente de eso. Lugares de lujo para los ricos, y tugurios para los pobres. Sexo de pago para todos. Hasta los esclavos traídos de Birmania, Laos y Camboya, para construir carreteras y edificios de viviendas, recibían un salario minúsculo, “con el que podían permitirse el sexo con esclavas”, señala Kara.

Frente a este panorama desolador, el autor propone más que soluciones nuevos enfoques del problema. Lo primordial, en su opinión, es hacer la vida de traficantes y explotadores mucho más difícil. Que las mafias no operen con la impunidad actual, que sufran persecución y cárcel. Que la cosecha anual de esclavas sea cada vez más incierta y escasa. ¿Y una mayor concienciación de los clientes? Siddharth Kara lo ve menos factible. Mientras la oferta exista, la demanda no decaerá nunca.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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