Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

 Secretos entre cortinas – Noa Xireau – PPS fotografías eróticas en b/n

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 A través de la pared de cristal, la ciudad se extiende ante mí en su más absoluta y vulgar cotidianidad. Ni siquiera la mágica belleza del alumbrado nocturno, que siempre me ha fascinado, es capaz de evitar la sensación de sentirme pequeña, casi nada, devorada por tanta inmensidad. Odio esa sensación, esa impresión de ser nadie, de que los ojos pasen a través de mí como si fuera aire o, como mucho, que se detengan en mis imperfecciones llenos de burla.

 ¡Mírame! ¡Mírame, mundo, porque quiero que me veas!

 Dejo que el albornoz se deslice por mis hombros cayendo en un montón abandonado a mis pies. El aire frío sobre mi piel, aún húmeda de la ducha, me estremece y siento como mis pezones se fruncen, endureciéndose al contacto. Sigue sin fijarse nadie en mí, pero resulta liberador mostrarme al mundo tal cual. No soy perfecta, pero soy. Tampoco puedo presumir de ser sexy, aunque no por eso me siento menos mujer.

 Por la calle pasa gente sin apenas detenerse, sin apreciar lo que tienen a su alrededor. Cada cual metido en su propio universo, en sus problemas. Algunos con tanta prisa que parece que estuvieran perdiendo el tren de su vida; otros, extraviados, como si buscaran una señal que les indique el camino a seguir. Nadie mira hacia arriba. Nadie me ve.

 A pesar de las horas, aún están los que trabajan. El camarero de la hamburguesería limpia las últimas mesas, probablemente deseando largarse cuanto antes; el hombre de la limpieza, al que le han robado las noches para que los mismos ciudadanos que ensuciaron las calles se las encuentren limpias al amanecer, barre las aceras; también está la prostituta de la esquina, hoy algo escasa de clientes, que enfrenta con barbilla alta y hombros echados para atrás a la señora que pasa rápidamente, arrastrando tras de sí a un desconcertado perro. ¿Qué pensaría esa señora de mí si ahora alzara la vista?

 Reviso las ventanas del bloque de apartamentos que hay frente a mí. Las escenas que encuentro son tan rutinarias que las conozco de memoria: La ama de casa del segundo fregando los platos de la cena; la pareja de gays sentados juntos ante el televisor con su copita de vino en la mano. Siempre me he preguntado de qué hablan cuando están así. ¿De cómo les ha ido el día? ¿De cuánto se quieren? ¿De qué harán cuando sean mayores? El calvo rellenito del primero está como de costumbre con su portátil, no sé si trabajando o enganchado a algún juego… ¡Y ahí está mi favorita! La chica que aprovecha el empleo nocturno de su madre para traerse al novio a casa. Nunca he sabido muy bien si sentirme fascinada o envidiosa de su pasión juvenil, de su incansable libido, de su bendita inconsciencia o simplemente de la libertad que les permite hacer el amor en cualquier parte de la casa sin preocuparse de si alguien los está observando a través de las cortinas abiertas.

 Ahí están, besándose desesperados contra la pared del cuarto de baño, indiferentes a ojos como los míos espiándoles con secreta codicia. No hay perversión en ellos, solo deseo y urgente necesidad; quizás también amor, porque al fin y al cabo están en la edad para ello. Se les ve hermosos allí, en su perfecta juventud. Ella, con el cabello teñido de azul cayéndole hasta el trasero, sus pequeños y firmes pechos reluciendo tan blancos que casi parece una muñeca de porcelana; y él, con sus ya marcados músculos, moviéndose ansioso contra ella.

 Intento imaginar lo que sería sentir los fríos azulejos del baño contra mi espalda, mis piernas rodeándole las caderas cuando me sujete por el trasero, a él llenándome una y otra vez… Podría odiarla por poseer lo que yo desearía para mí, por ser centro de atención y adoración, y también de envidia, porque no sólo es él, también soy yo quien está pendiente de ella.

 Exhibirme en mi más absoluta desnudez ante el mundo ya no es suficiente. En mi interior se despierta el placer de sublevarme ante su indiferencia. La idea de lo prohibido y morboso me seduce. ¿Quieres ignorarme? ¡Inténtalo!

 Con la punta de mis dedos repaso el contorno de mis pechos, la piel estremecida, mis pezones duros que se levantan tan orgullosos como yo. Se siente bien, pero aún lo hace más el placer de lo proscrito. Necesito más. Uso mis palmas para cubrir mis pechos, tomar consciencia de su generoso peso, para amasarlos… Mis párpados se cierran con deleite al tiempo que el primer amago de calor se extiende por mi bajo vientre. ¿A quién pretendo engañar? Verlos haciendo el amor ya dejó huella entre mis muslos, aunque ahora se siente mejor. Mucho mejor.

 Al abrir los párpados me encuentro con el adonis del piso de enfrente. Está allí en la ventana, igual que yo, quieto, observándome. Me hace dudar. Mi yo rebelde se resiste a parar. Recorro su musculoso torso desnudo con mis ojos. No es la primera vez que nos confrontamos. Él nunca fue tacaño con lo que me deja observar a través de sus cortinas, ni con las fantasías secretas que me regala para pasar mis noches solitarias. Chupo mis dedos para humedecerlos antes de regresar a mis pezones, demostrándole a mi apuesto voyeur cómo disfruto de esa pequeña dosis de dolor al pincharlos y estirarlos.

 Me responde. ¡El hombre de mis fantasías me responde! Veo las masculinas manos abriendo con calma los botones del vaquero. Su atención permanece fija en mí, confirmándome que está allí conmigo, por mí. Devoro con la mirada cada centímetro de piel que va descubriendo y sigo cautivada por los hipnóticos movimientos de sus manos. Su exultante demostración de virilidad invoca mi más primitiva y básica feminidad, reclamándome que lo seduzca, que lo marque tan profundamente que jamás olvide a la mujer que esta noche le dio placer. No necesito plantearme cómo. Son mis manos, mis dedos, mi lengua, mi cuerpo entero quienes toman la iniciativa para seducirlo, para atraparlo en mi red y proporcionarme el placer que anhelo.

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 Me pierdo en el momento, entre mis sensaciones. Él me consiente con paciencia, esperándome, aunque su mandíbula está apretada y su cuerpo brilla con una fina capa de transpiración. Sé que me desea, pero sigo necesitando algo más. Mis ojos regresan por un instante a la calle. ¿Sigo siendo invisible?

 El carrito de la limpieza está abandonado al lado del buzón. A solo unos metros, escondido en el portal, distingo el chaleco fosforescente del hombre que lo llevaba. Lo conozco. Trabaja en este barrio desde mucho antes de yo mudarme aquí. Es un hombre algo mayor que siempre me dedica un silencioso saludo al pasar. Apenas levanta su rostro y rara vez sonríe, aunque siempre responde con un amable cabeceo. Ahí está ahora, con la cabeza reclinada contra el umbral. Su mano ha desaparecido dentro del pantalón. Me mira. Me ve de verdad. Me estremece la morbosa idea de saber que mañana al cruzarnos me recordará desnuda y sensual, que me reconocerá como la mujer que le ha regalado este extraño instante de intimidad. Porque lo hará, ¿verdad? Mis dedos se deslizan dentro de mí, profundo. El placer me doblega hacia delante y suelto un jadeo. Él se pone rígido, despegando la cabeza de la pared. Soy el centro de su universo y está esperando que yo estalle para él, pero aún no, aún no es el momento.

 Una repentina actividad en la hamburguesería llama mi atención. Alguien está abriendo la puerta trasera. Me tenso pensando en un ladrón; pero no, es sólo el camarero con ¿la prostituta? No entra, tampoco cierra la puerta; sólo la usa como escudo para cubrirse ante los cada vez más escasos transeúntes. Trago saliva cuando gira a la prostituta hacía mí y alzando sus ojos hasta donde estoy, comienza a tocarle los pechos de forma posesiva. Es algo rudo, pero me excita su urgencia, su deseo descarado.

 La luz se enciende en uno de los ventanales. Me detengo. Es Isabel, quien entra en su apartamento, soltando de forma descuidada el abrigo de diseñador que ha debido costarle dos meses de sueldo sobre el sofá. A veces me pregunto cómo una simple peluquera puede permitirse esa clase de lujos pero, a decir verdad, en Isabel nada es sencillo. Ni lo es su llamativa cabellera cobriza, ni su alucinante figura de modelo, ni mucho menos su elegante indiferencia ante todo.

 Isabel se acerca a su ventana. Doy un acelerado paso hacia atrás. Siento un nudo en la garganta y ganas de esconderme, pero es una de esas ocasiones en que cuanto más ansías huir más paralizada te quedas. Ella hace el amago de cerrar las cortinas, pero al verme se detiene. Las dos nos quedamos contemplándonos la una a la otra, evaluándonos. Ella abre las cortinas con un gesto decidido. En la forma en que me ojea hay un cierto reto. Al enarcar las cejas y fruncir los labios puedo imaginarme su pregunta:

 —¿Qué? ¿Vas a atreverte conmigo?

 Odio su forma de tratarme como si yo fuera poco más que un ratoncito de biblioteca. Alzo la barbilla y regreso al ventanal. Isabel permanece quieta, expectante. Nos mantenemos la mirada. Ella levanta los brazos, deshaciendo las tiras detrás de su cuello y deja que el largo vestido se deslice por su cuerpo hasta el suelo, quedándose ante mí con nada más que su atrevido liguero de medias negras, su diminuto parche de vello cobrizo y, cómo no, sus vertiginosos zapatos de tacón de aguja. Mi vientre se encoge y siento el calor derramarse entre mis piernas. Isabel es bella, casi perfecta en su altivez. La escena parece poco más que sacada de una película erótica de la época del blanco y negro.

 Acepto su reto regresando a mis propias caricias. No sé muy bien si es a ella o a mí a quien quiero demostrar que mis curvas no tienen nada que envidiarle a sus elegantes líneas estilizadas, al mostrarle mis pechos llenos y sensibles. No por ser menos perfecta soy menos mujer. Mi curiosidad por ver cómo responde es más fuerte que mi vergüenza ante ella. Mueve los labios como si hablara en voz alta. ¿Qué dice? ¿Está hablando con otra persona? Mi mano se detiene. Tardo en descubrir… ¿un hombre moviéndose a cuatro patas hacia ella? Está desnudo, excepto por un collar y una máscara negra que le cubre toda la cabeza. ¿De dónde ha salido? Encuentro algo extrañamente familiar en él, pero no consigo adivinar qué es. Trae algo en la boca y se lo ofrece a Isabel. ¿Una fusta?

 Mis dedos acaban por recorrer los escasos milímetros que les faltan para deslizarse dentro de mis resbaladizos pliegues. Un morboso estremecimiento me recorre al seguir la escena que se va desarrollando ante mí. Isabel usa la fusta para dibujar una parsimoniosa caricia sobre el cuerpo del hombre mientras pasea a su alrededor. Parece una gata jugando con su ratón. Por las ojeadas que me echa no estoy segura de si el ratón es él o yo. ¿Importa?

 Me excita su atención en mí casi tanto como la pecaminosa escena que me ofrece. Le tira la cabeza hacia atrás y le obliga a mirarme. Ojalá pudiera ver su expresión, pero la máscara me lo impide. Tengo que conformarme con comprobar la reacción de su cuerpo expuesto ante mí, pero es suficiente. La diosa en mí se despierta. No me importa si lo que le ha puesto duro es verme desvestida o el que yo lo esté viendo en su más humillante desnudez.

 Se gira cuando Isabel da otra orden. Con las rodillas abiertas y las manos a su espalda acaba con el rostro hundido entre las piernas de ella; pero no es eso lo que me llama la atención, sino el tatuaje que le asciende por el codo hasta el hombro. ¿No tiene mi jefe uno igual?

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 La curiosidad me embarga. ¿Qué otros secretos hay detrás de cada una de las cortinas? El último piso está a oscuras, a excepción de una diminuta luz rojiza que cada cinco segundos se mueve ligeramente, se para, se ilumina, y regresa a su lugar anterior. Es el piso de la escritora en silla de ruedas. Sé que vive allí más por el chismorreo de la gente que por otra cosa. Es una ermitaña que deambula en su propio mundo. Me molesta que se esconda ante mí. Sé que está observando y no aparto mis pupilas de su ventana. Abriéndome a ella, dejo que mis dedos jueguen con mi clítoris en rápidos círculos que me hacen gemir. ¿Quieres mirarme? ¿Verme? ¡Aquí me tienes!

 Una lamparita se enciende. Apenas puedo adivinar el rostro de la mujer madura que me observa tomando una profunda calada de su cigarrillo. Pero no importa. Ha tenido la deferencia de mostrarme que está ahí, de admitirlo. Me basta. Ella alarga la mano hacia la lámpara y yo escaneo el resto de las ventanas.

 El piso del señor calvo ahora está a oscuras, aunque las cortinas entreabiertas se mueven sospechosamente. Me hace sonreír. También en el salón de la pareja gay se ha apagado la luz, sin embargo me basta la escasa iluminación del televisor para adivinar que aún siguen allí y que no es un documental lo que están viendo.

 Una nueva ventana está iluminada. Es el piso de mi compañera de torturas, Carmen. Nos martirizamos practicando spinning, haciendo dietas y comparándonos con las demás. Los hombres pasan por su vida a la misma velocidad que un tren por una estación sin paradas. A ella parece no importarle que el desconocido que la embiste desde atrás la haya desnudado en nada y la haya inclinado contra la ventana. A mí desde luego que tampoco.

 Ahora, al verla ahí, me planteo para qué nos sometemos ambas a tantos suplicios por gustar a los demás. Se la ve bellísima así, con sus ojos brillantes, las mejillas sonrosadas y los voluminosos rizos negros rebotando al mismo ritmo en que lo hacen sus exuberantes pechos. Es sexy en toda su generosa feminidad, en la forma en que se entrega al placer sin ocultar nada. Casi puedo oír sus gemidos al son en que su última cita se pierde en ella una y otra vez. Mis dedos copian sus movimientos, su velocidad. Los ojos de Carmen se encuentran con los míos. Nuestros deseos son los mismos, la necesidad la misma. Imagino ser ella. Sentir cómo me embisten desde atrás. Cómo me sujetan fuerte mientras buscan atravesarme y hacerme suya.

 Mis ojos regresan al adonis que me ha esperado pacientemente. Veo sus labios moviéndose:

 —¡Ahora! ¡Córrete para mí!

 Me da igual si es él o mi imaginación la que me lo ordena. Mi cuerpo se convulsa dejándose arrastrar por la exquisita explosión. Con los dientes apretados y la cabeza echada hacia atrás mi adonis me acompaña en el trayecto, pintando con blancos chorros su cristalera. Mis ojos regresan a Isabel que chilla su éxtasis a los cielos empujando frenética sus caderas contra la boca del esclavo; al hombre de la limpieza, que inclinado hacia delante ha perdido la modestia y se desahoga con bruscos movimientos sin importarle quién pase delante del portal; al camarero, que ahora tiene a la prostituta arrodillada frente a él y la hace ganarse el dinero que cobra… La ama de casa ha desaparecido, sustituida por el marido que enfebrecido parece llevar a cabo un extraño baile detrás de la encimera; incluso la parejita de jovenzuelos está frente a la ventana compartiendo mi placer. Mi excitación crece con cada imagen, con cada mirada compartida, con cada pequeña explosión de placer que me lleva hacia el traqueteo final haciéndome jadear a gritos y sin control.

 Dejo caer mi frente sobre el cristal, su frío me alivia. Mi co-razón late con tanto vigor que siento palpitar mi cuerpo entero mientras mis piernas apenas me sostienen y las rodillas me fla-quean. Casi me da miedo abrir los párpados, me asusta descubrir que lo que acaba de ocurrir es solo producto de mi imaginación.

 Cuando por fin me atrevo a echar una ojeada, mi adonis está apoyado exhausto contra la pared. Me sonríe y me dirige un guiño de complicidad. Mis labios se curvan por su propia voluntad. Isabel se incorpora, me mira y cierra las cortinas con brusquedad. El hombre del portal ha regresado con su carrito de la limpieza. Me echa un último vistazo, asiente con la cabeza y se pone en marcha. El camarero ha arrancado su moto desapareciendo entre una nube de humo. La prostituta está apostada en su esquina como si nada hubiese pasado. En la última planta, la luz del cigarrillo se apaga al igual que las luces del resto de los apartamentos. Carmen es la única que sigue ahí, ahora sentada sobre su hombre de una sola noche. Supongo que cuando sabes que no van a durarte, quieres exprimir hasta la última gota de placer que puedan darte. Pero eso ya es algo entre ellos. Mis piernas están demasiado temblorosas para permanecer de espectadora. Prefiero mi cama.

 Las sábanas frías me vuelven consciente de mi desnudez, haciéndome apretar los muslos aún empapados y correosos. Debería ir a limpiarme y ponerme un pijama, pero —¡¿qué demonios?!— me niego a hacerlo. Me siento sexy, ¡absolutamente sexy! ¡Sexy en toda mi maldita imperfección! No importan las miradas burlonas o las palabras hirientes que me esperen mañana al pasar por la calle. Sé que hay ojos que nunca me verán igual, la de aquellos que han aceptado mi regalo, la de aquellos que me han compartido. Estoy segura de que no me olvidarán, que me convertirán en parte de su fantasía. Mi mano se desliza entre mis piernas causando un repique de placenteros estremecimientos al apretar mi palma contra mi aún sensible feminidad. A lo lejos resuenan las sirenas y las bocinas de una ciudad apenas dormida. A mí aún me quedan horas para el amanecer y sé cómo quiero pasarlas.

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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