Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Una idea de la lágrima – Luis Chiozza

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“Idea” deriva de “Eidón” que significa “yo vi”. Usada en su sentido primitivo, que continúa vivo en nuestro inconciente, la idea es algo “que yo vi”. ¿Qué idea podemos tener de la lágrima? ¿Qué podemos ver en ella? ¿Qué “imágenes”, qué “colores” podemos contemplar si enfocamos con la luz del psicoanálisis, y la ampliamos hasta que abarque todo el campo, esa gota que resbala por el ojo húmedo y rueda por la cara? ¿Por qué sale ese líquido de nuestros ojos cuando vivimos esa emoción que se traduce en llanto? ¿Qué significado adquiere en “lo profundo” de nuestra “interioridad” la efusión de lágrimas? ¿Por qué forma parte del llorar? ¿Y qué parte forma? ¿Cuál es el “lenguaje” de la lágrima? ¿Puede este lenguaje traducirse en palabras y “deshacer” el llanto? Este trabajo constituye un intento de responder a estas preguntas.

Introducción

Cuando Freud, prosiguiendo las ideas de Charcot, penetró en el significado de una enfermedad capaz de producir trastornos en el cuerpo y, ayudado por Breuer, demostró que los histéricos “padecen de reminiscencias”, abrió, con su concepto de la conversión de lo psíquico en lo somático, una veta que fue recorrida luego por muchos autores.

Groddeck, de quien Freud tomó el término “Ello”, fue quizás el primero y el más profundo de esos autores. Su concepto del Ello como capacidad generadora de símbolos, entre los cuales se cuenta la enfermedad, toda enfermedad, fue repetidamente elaborado por Weizsaecker (1947), para quien así como todo lo psíquico posee una coexistencia corporal, todo lo corporal, sea enfermedad, forma, función o desarrollo, posee un sentido psicológico. Usando términos de Freud, diríamos que dicho sentido constituye un eslabón inconciente que puede “llenar el hueco” entre dos sucesos concientes aparentemente inconexos, conformando así una serie psíquica plena de significado.

Partiendo de las ideas de Freud acerca de los fines propios, específicos, de cada una de las zonas erógenas –entre las cuales pueden contarse “todos y cada uno de los órganos” y “todo proceso algo importante” (Freud, 1905d y 1924c)– adquirió forma el concepto de que cada órgano o proceso, cada parte artificialmente segregada del todo que constituye el hombre, configura una fantasía específica (Chiozza, 1970h [1968]).

Según este concepto, podemos hablar de fantasías hepáticas o renales tal como hablamos de fantasías orales, anales o fálicas. Así la envidia puede ser considerada una fantasía hepática, y el mecanismo psicocorpóreo que puede objetivarse como la secreción de la bilis y su progresión a través de los canales colédocos, no sólo puede “ser usado” como envidia, sino que ya es aquello que desde un enfoque “psicológico” denominamos envidia y que incluye en su estructura una relación con los objetos.

Para formarnos pues “una idea de la lágrima” partiremos de este concepto de fantasía específica según el cual la lágrima y la efusión de las lágrimas ya son esa idea, esa fantasía “lagrimal” cuyo nombre “específico” no acude todavía a nuestros labios y procuramos descubrir.

La efusión de lágrimas

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Según lo que nos enseñan clásicos textos de anatomía y fisiología (Testut y Latarjet, 1949; Houssay y colab., 1946), el aparato lagrimal está esencialmente constituido por la glándula lagrimal, situada en el ángulo externo del ojo. Cuatro o cinco grandes canales excretores y ocho o diez canales más pequeños vierten las lágrimas por encima de la comisura externa de los párpados. Desde el ángulo externo del ojo, las lágrimas son extendidas hasta el ángulo interno únicamente mediante los movimientos del músculo orbicular de los párpados y, debido al parpadeo, se extienden por el fondo del saco conjuntival, cavidad virtual existente entre el ojo y el párpado.

Una gran parte de las lágrimas se evapora; el excedente se detiene en el borde libre de los párpados gracias a la secreción grasa de las llamadas glándulas de Meibomio, y luego se desliza y se acumula en el ángulo interno del ojo, en el denominado lago lagrimal, de donde las lágrimas pasan a los canales lagrimales, cuyos orificios o puntos lagrimales se hunden en una dilatación llamada saco lagrimal. El canal nasal, que sigue el saco lagrimal, lleva las lágrimas a las fosas nasales, desembocando en la parte anterior del meato inferior.

El deslizamiento de las lágrimas a través de los canales lagrimales, el saco lagrimal y el canal nasal, se ve facilitado debido a que esas partes obran como un sifón, y a las contracciones del músculo orbicular, el cual, dilatando el saco lagrimal, contribuye a provocar la aspiración de las lágrimas. Es probable que también facilite este deslizamiento la rarefacción del aire producida en las fosas nasales por los movimientos de inspiración, ya sean normales durante la respiración o intensificados durante el llanto.

“Las lágrimas constituyen una solución acuosa de cloruro de sodio y bicarbonato con pequeñas cantidades de mucus y albúmina” (Houssay y colab., 1946). Segregadas por las glándulas lagrimales, se hallan destinadas a mantener húmedas la córnea y la conjuntiva y a arrastrar mecánicamente pequeños cuerpos extraños, entre los cuales se cuentan las bacterias. La producción y eliminación de las lágrimas es constante y se mantiene en un equilibrio que evita su derrame por la abertura palpebral. La producción lagrimal puede aumentar por la acción de irritantes conjuntivales u oculares, físicos, químicos o mecánicos, o por efecto de las emociones, como ocurre en el llanto.

La secreción normal se produce por vía refleja a consecuencia de la excitación de la faz anterior del globo ocular por el aire. “Schirmer (1904) ha calculado que se producen unas 13 gotas cada 16 horas, de las cuales 7 gotas se evaporan; el resto pasa a la nariz” (Houssay y colab., 1951, pág. 1189). Esta secreción refleja aumenta ante cualquier excitación de la superficie del ojo, pero también otras excitaciones (filetes sensitivos del trigémino) tienen como resultado activar la secreción lagrimal cuando se producen en las proximidades del ojo como por ejemplo en la conjuntiva, párpados, fosas nasales, etcétera. La violenta excitación del nervio óptico por la luz produce el mismo efecto. La secreción más abundante de lágrimas acompaña también a otros reflejos como el vómito, la tos, el estornudo, la risa.

Junto a estas causas existe el “lloro de origen psíquico”, observado según Houssay (1951) en el hombre y en los monos antropoides, y también según Darwin (Dumas, 1933), en los elefantes. En el caso del lloro, la secreción lagrimal aumentada acompaña a otras manifestaciones tales como caída de la comisura palpebral y de la boca, movimientos de los hombros, etcétera. En este caso el fenómeno es bilateral, desaparece por el sueño y lo despiertan determinadas emociones o situaciones análogas a las de los reflejos condicionados, que permiten, por ejemplo, a los actores llorar a voluntad (Houssay y colab., 1951).

Los peces no tienen glándulas lagrimales, las que sólo aparecen en los batracios. Algunos animales poseen una tercera glándula, llamada glándula de Harder, y un tercer párpado, la membrana nictitante. Esta glándula no existe en el hombre ni en los cuadrumanos (Testut y Latarjet, 1949).

Nelson (1960), en su Tratado de pediatría, afirma que en el recién nacido la glándula no produce lágrimas hasta varias semanas después del nacimiento, y que cuando la secreción aparece por primera vez, los conductos lagrimales pueden no estar abiertos todavía y aparecer epífora.

El mecanismo de secreción de las lágrimas “es muy parecido al de la secreción salival y depende del sistema nervioso autónomo, por intermedio de sus dos divisiones, el simpático y el parasimpático.

El parasimpático, nervio a la vez secretor y vasodilatador, es el más importante. Sus fibras salen del neuroeje junto con el facial, del que se separan a nivel del ganglio geniculado, y luego de un trayecto complicado se incorporan al nervio lagrimal, rama del trigémino, y entran en la glándula. Las drogas estimulantes de este sistema aumentan la secreción lagrimal; tales la pilocarpina, la muscarina, la acetilcolina, y la inhiben las paralizantes como la atropina.

El papel del simpático también es doble: secretor, pero en menor grado que el anterior, y vasoconstrictor. Sus fibras, luego de detenerse en el ganglio cervical superior, siguen los plexos periarteriales hasta alcanzar la glándula” (Houssay y colab., 1951, pág. 1189).

Litter y Wexselblatt mencionan que Bing y Bagorat ” … han descripto un signo que denominan reflejo gustolagrimal o signo de las lágrimas de cocodrilo. Consiste en la secreción abundante de lágrimas (en los casos de parálisis faciales) en el ojo del lado paralizado durante la masticación, hecho que recuerda el fenómeno corriente del cocodrilo que llora cuando engulle su presa. Este signo se presenta algunas veces y coincide en general con la mejoría de la afección, teniendo un cierto valor pronóstico. Según Kaminsky este fenómeno se explica por las conexiones que existen entre la cuerda del tímpano y las fibras secretorias lagrimales en el ganglio esfenopalatino; al producirse la parálisis periférica sobreviene hiperexcitabilidad de las fibras secretorias, con la consiguiente secreción por los estímulos gustativos (Litter y Wexselblatt, 1944, pág. 1103).

El llanto

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Penetrar en la fantasía lagrimal exige que nos ocupemos del llanto, en el cual confluyen la efusión de lágrimas, el sollozo y los gritos o lamentos. Estos últimos, sollozos, gritos o lamentos, pueden faltar sin embargo en el llanto, cuya característica principal reside en la efusión de lágrimas.

Dumas (1933, pág. 333) afirma sin embargo que el término “lágrimas” posee un sentido más extenso que el término “llanto”. La cebolla, señala Dumas, hace correr lágrimas y no llanto. El mismo contenido de este trabajo, su tesis, nos conduce implícitamente a poner en duda esta afirmación, pero no nos ocuparemos ahora de desarrollar este aspecto de la cuestión.

Mientras que el estudio etimológico de la palabra “lágrima” o su equivalente inglés tear nos conduce hacia el término griego dakru, cuyo significado es el mismo y cuyo origen es incierto (Partridge, 1961), el estudio etimológico de la palabra “llanto” o sus equivalentes ingleses cry y weep nos introduce definidamente en lo que podemos denominar “el contenido melancólico del llanto”.

“Llanto” proviene del latín planctus, que denomina a la “acción de golpearse” y de él deriva también “plañir”. “Llorar” deriva del latín plorare, que significa “lamentarse”, “despertar compasión” (Corominas, 1961).

Cry “que se usa en inglés para significar llanto, pero también para referirse al sonido que no expresa ideas ni pensamientos sino sentimientos, el grito, y que puede ser emitido tanto por el hombre como por el animal” (Hornby y colab., 1960) proviene del francés crier, y éste del latín quiritare, cuyo significado de origen alude a la costumbre de implorar a los quirites, los ciudadanos romanos (Partridge, 1961).

Weep es también usada, en inglés, con el significado de llanto; pero, en sentido más o menos figurado, incluye las más diversas acepciones, tales como exudación, supuración, la condensación de agua en una superficie, etcétera (Hornby y colab., 1960). Weep deriva del antiguo eslavo vabiti, que posee el sentido de llamado, de grito audible, y especialmente significaba la imitación del grito de las aves usado como señuelo para cazarlas (Partridge, 1961).

El contenido de “llamada” o de “imploración”, unido al autorreproche implícito en el golpearse –también de golpearse deriva “afligirse” (Corominas, 1961)–, subraya los aspectos ideales y superyoicos, representados por los quirites, de la melancolía que se expresa en el llorar; pero es necesario también tener en cuenta que a través de ese lamento se espera lograr u obtener una ventaja del objeto al cual se implora y al cual se intenta “cazar”.

De este parcial estudio etimológico acerca del llanto podemos deducir que la pena y la tristeza, el contenido melancólico, sobresalen en primer plano, mientras que acerca del contenido lagrimal en sí mismo y su significado poco hemos podido aclarar.

Si intentamos progresar en el tema a través del estudio de las palabras “pena”, “duelo”, “melancolía” y “tristeza”, llegamos a un punto muerto semejante. “Pena” deriva del latín y significa en su origen “multa” o “castigo” (Corominas, 1961; Meillet y Ernout, 1959). “Duelo” deriva también del latín y a través de “dolor” posee el significado primitivo de “recibir golpes”, “ser batido” en la lucha (Corominas, 1961; Meillet y Ernout, 1959). “Melancolía” deriva de la palabra griega melankholia utilizada en el sentido de “mal humor”, que significa literalmente “bilis negra” (Corominas, 1961). Profundizando en el estudio de esta cuestión (Chiozza, 1974b), es posible sostener que la amargura constituye su contenido más específico. “Tristeza”, derivada de “triste” y ésta del latín tristis, posee un origen etimológico incierto, que hace pensar en un adjetivo “redoblado”, “tris-tris”, de donde derivaría tristis. Su significado primitivo incluye especialmente a lo siniestro, a lo amargo y a lo fúnebre, que llega a poseer, en las lenguas germanas, un sentido equivalente al de “sentencia de muerte”. Tristis forma en latín un par antitético con hilaris, que designa al gozo o la alegría vinculadas a la satisfacción (Corominas, 1961; Meillet y Ernout, 1959; Real Academia Española, 1950). La palabra inglesa sad, de la cual deriva sadness, equivalente de nuestra “tristeza”, proviene en cambio de antiguas raíces que poseen el significado de “satisfacción”, “cansancio”, “hartazgo” (Partridge, 1961).

Antes de centrarnos en el estudio de las fantasías “lagrimales”, de las cuales hemos dicho muy poco hasta ahora, nos ocuparemos un poco más del llanto tomado en su conjunto y, especialmente, de otro de sus aspectos, el sollozo.

Seguiremos en esto la exposición de Dumas (1933), suficientemente completa para nuestros fines. Basándose en la descripción de Dechambre, escribe Dumas (1933, pág. 328):

“…cuando el sollozo se vuelve duro y violento, entran en convulsiones los músculos espiradores, y el movimiento precipitado de jadeo, que caracteriza al sollozo que comienza, se transforma en una sucesión de espiraciones bruscas, irregulares, ruidosas, dolorosas, cortadas a intervalos por inspiraciones laboriosas e incompletas; luego, al aplacarse la crisis, se ven reaparecer los fenómenos del comienzo, es decir, una sucesión de movimientos inspiratorios que, poco a poco, se vuelven más regulares, más calmos, hasta el restablecimiento de la respiración normal. Con frecuencia, los fenómenos del comienzo se encuentran sumamente disminuidos, y el sujeto comienza con la crisis paroxística de convulsiones espiratorias”.

Dumas subraya también:

“… el ruido glótico que ora se produce en la inspiración sola, ora se repite en la espiración” (Dumas, 1933, pág. 328). Y más adelante añade: “…es evidente que si la fase paroxística del sollozo se manifiesta mediante convulsiones de los músculos espiradores, cortadas por bruscas inspiraciones, con ello se aproxima mucho a la fase convulsiva de la risa, en lo que respecta a sus reacciones respiratorias” (Dumas, 1933, pág. 328).

Sigue luego expresando Dumas:

En algunos casos, todos hemos tenido ocasión de comprobar cuán difícil es saber si un sujeto solloza o ríe cuando no se ve su rostro; y cuando acudimos al pneumógrafo para inscribir las respiraciones del sollozo y de la risa, se obtienen trazados en que las convulsiones de los espiradores y las inspiraciones intermitentes se inscriben de la misma manera, con los mismos períodos cortos de tétanos incompleto.

No solamente las manifestaciones motoras son muy semejantes, sino que el paso de una expresión a otra es facilitado por esta analogía, y por eso, en ciertos enfermos, como los pseudobulbares, y en general en los niños, los accesos de sollozos y de risa pueden sucederse o fundirse el uno en el otro con extrema facilidad.

Como los centros de la risa, los centros del sollozo parecen estar localizados en la región optoestriada; tienen, con la corteza, las mismas relaciones que los centros de la risa, y pueden liberarse, en las mismas condiciones, de la inhibición cortical.

El paralelismo y la semejanza de ambas reacciones espasmódicas son manifiestos. ¿Existe una diferencia afectiva? Y si la risa es agradable, ¿es doloroso o penoso el sollozo?

Creemos poder afirmar, sin paradoja, que el sollozo, aunque en general se une a estados cerebrales penosos, no es penoso en sí mismo. Corresponde a un sentimiento de escape, de descarga, que no tiene nada de doloroso, y hasta proporciona una especie de placer, en el que los niños se complacen, y al que a veces se entregan sin medida.

Caracterizado y aproximado así el sollozo a la risa, se plantean las mismas cuestiones que para la risa, y su solución presenta las mismas dificultades.

En el sollozo puede considerarse el mecanismo respiratorio y glótico (acabamos de decir algo sobre ello). Puede buscarse qué género de emociones terminan en el sollozo, y en ese caso se hace psicología afectiva bastante general; puede preguntarse (y la cuestión es particularmente embarazosa) mediante qué mecanismo psicocerebral y psicoorgánico el anuncio de una mala noticia puede provocar convulsiones de los espiradores, y a menudo también convulsiones ligeras de los inspiradores. El paralelismo de las cuestiones del sollozo y de la risa se prosigue hasta la función social del sollozo, que como la risa, aunque menos que ésta, puede ser artificialmente mantenido, prolongado, incluso provocado, y convertirse en una especie de lenguaje.

¿Qué emociones se traducen en el sollozo? No se solloza en el miedo ni en la cólera; no se solloza en la angustia ni en la vergüenza. No se solloza en las formas depresivas de la tristeza. Para que haya sollozo es necesaria una mezcla de resignación y de rebelión, una emoción intensa, aguda, penosa, que sin cesar se renueva, mediante representaciones evocadas, y que, incapaz de producir reacciones de cólera y de violencia, se gasta en el sollozo.

Algunas veces se solloza, es cierto, en las alegrías que han sido largo tiempo esperadas, precedidas de angustias y temores, como si el sollozo sirviese de descarga a recuerdos de emociones penosas, que ya no tienen objeto” (Dumas, 1933, págs. 329-30).

Poco cabe agregar a esta excelente descripción de Dumas, que nos permite enfocar el llanto en términos de la teoría psicoanalítica y ver en el sollozo, que “se inicia con un jadeo” y termina en “convulsiones de los espiradores”, una descarga afectiva “equivalente” o “sustitutiva” del coito y su orgasmo.

Antecedentes acerca del origen y significado de las lágrimas

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Con respecto al origen de las lágrimas escribe Descartes, citado por Stern:

…para entender bien su origen, hay que observar que, aún cuando cantidad de vapores sale continuamente de todas las partes de nuestro cuerpo, de ninguna sale en tanta cantidad como de los ojos, a causa de lo grandes que son los nervios ópticos, y de la multitud de pequeñas arterias por donde esos vapores vienen; así como el sudor está compuesto por los vapores que, surgiendo de las restantes partes, se convierten en agua, así las lágrimas nacen de los vapores que salen de los ojos (…) el amor, al enviar mucha sangre al corazón, hace que brote mucho vapor por los ojos, y que la frialdad de la tristeza, al retardar la agitación de esos vapores, hace que se conviertan en lágrimas… (citado por Stern, 1950, pág. 105).

Según Kant el llanto debe ser considerado como un

…lenitivo, y en cierto modo, una precaución de la naturaleza para la salud. Una viuda, que no quiere dejarse consolar, es decir, no quiere que se interrumpan sus efusiones de lágrimas, actúa a pesar de ella y sin saberlo en beneficio de su salud (citado por Stern, 1950, pág. 108).

También en Stern encontramos esta cita de Darwin de su libro Expression of the emotions in man and animal:

El llanto es probablemente resultado de una cadena de acontecimientos como la que sigue: cuando requieren alimento o sufren, los niños gritan con fuerza, como los cachorros de muchos otros animales, en parte para llamar a sus padres en su ayuda, en parte porque toda gran actividad sirve de alivio. Los gritos prolongados conducen inevitablemente a la congestión de los vasos sanguíneos del ojo; y esto habrá llevado, concientemente al principio y luego por hábito, a la contracción de los músculos que rodean los ojos, a efectos de preservarlos. Al mismo tiempo la presión espasmódica sobre la superficie del ojo, y la distensión de los vasos en su interior, afectarán por acción refleja las glándulas lagrimales, sin implicar necesariamente ninguna sensación conciente. Por fin, y conforme a los tres principios: la fuerza nerviosa pronta a descargarse por canales ya habituales, la asociación, tan extendida en su poder, y ciertas acciones más controladas por la voluntad que otras, ocurre que el sufrimiento ocasiona rápidamente la secreción de lágrimas, sin que necesariamente se vea acompañado por cualquier otra acción (Stern, 1950, págs. 119-120).

Dumas comenta al respecto de lo dicho por Darwin:

Fuera de estas frágiles hipótesis, lo que hay de cierto en la emisión de las lágrimas de dolor, y lo que los psicólogos descuidan a veces señalar, es que esas lágrimas son un fenómeno de excitación, y que coinciden con la aceleración del corazón, la elevación ligera de la presión sanguínea, la vasodilatación periférica y la aceleración respiratoria; no traducen la tristeza que se resigna y se abandona, sino el sufrimiento que se debate. Entre las manifestaciones de la tristeza que se resigna pasivamente y las manifestaciones violentas de la cólera, hay lugar, en efecto, para las manifestaciones intermedias del sufrimiento que se rebela, aunque sabiendo que es inútil la rebelión…

Las lágrimas, como el sollozo, con el que tan a menudo están asociadas en el niño, son una manifestación de la tristeza que se rebela. Por no haber establecido esta distinción, Lange, después de haber definido la tristeza por la disminución circulatoria, la anemia periférica y la depresión, se ha visto de tal modo embarazado por las lágrimas; y, al contrario, por haberla hecho, W. James ha podido decir que hay una excitación en el acceso de lágrimas, y que esta excitación comprende un placer ardiente, que le es particular… (Dumas, 1933, pág. 336).

Sigue luego expresando Dumas:

Las lágrimas de sufrimiento que derrama el niño, y que muchos adultos pueden derramar en una crisis de dolor moral, son, pues, originalmente, reacciones secretorias, análogas a las otras reacciones centrífugas, y como ellas desempeñan, frente a la excitación, un papel de descarga …

Por otra parte, hay que señalar que el niño pequeño que vierte lágrimas en ciertas emociones penosas, las vierte igualmente durante la cólera…

En los estados de dolor y de cólera hay así, al comienzo, una asociación de las reacciones secretorias y de las reacciones motoras; como ya lo hemos señalado, en este período primitivo no parece que ambos órdenes de reacciones centrífugas hayan recibido, en la traducción de las excitaciones de dolores y de cólera, una afectación bien distinta.

Pero por razones sociales y fisiológicas, pronto se establecen diferenciaciones que tienden a especializar más las reacciones secretorias y las reacciones motoras.

Cuando las emociones dolorosas del adulto son particularmente intensas, y se traducen en manifestaciones motoras variadas y dramáticas mediante palabras o gestos, apenas se traducen en lágrimas; los melancólicos de asilos no lloran cuando se agitan mucho; la desesperación no llora. Ocurre en esto como si la excitación motora inhibiera la reacción secretoria.

Por lo demás, no es el caso más frecuente. Bajo la influencia de la colectividad, que reputa a las manifestaciones del sufrimiento como un signo de debilidad y de cobardía, sobre todo cuando el sufrimiento es mediano, los adolescentes y los adultos se adiestran lo mejor que pueden para refrenar sus manifestaciones, y en la mayoría de los casos adquieren muy de prisa el hábito de dominar completamente sus reacciones motoras, pero es mucho más fácil refrenar la expresión muscular de los llantos y de los sollozos que refrenar las lágrimas mismas; por eso, cuando los progresos de la educación han suprimido los llantos y los sollozos, las lágrimas de emoción pueden aún humedecer los ojos o caer de los párpados inmóviles. En este caso, cuando se produce una emoción penosa, por poco marcada que sea, se deriva sobre las glándulas lagrimales; y como la secreción lagrimal presenta gran variedad de grados, como va, por transiciones múltiples, desde los ojos ligeramente empañados a los ojos húmedos, a los ojos mojados, a los ojos anegados, a los ojos que lloran, en los adultos que pueden llorar constituye una reacción emocional muy matizada.

Para la cólera, las cosas ocurren de otro modo…, el adolescente o el adulto no se adiestran para refrenarlas. Al contrario, ceden a ellas, a menudo con cierta embriaguez, y gastan su excitación en gestos, en palabras, en actos de destrucción y de violencia. Pero de este predominio de las reacciones musculares resulta que la reacción secretoria inhibida no se produce. Solamente en las cóleras que no pueden traducirse en reacciones motoras y en actos se vierten lágrimas de rabia o impotencia.

Por los mismos principios pueden explicarse las lágrimas de los accesos de risa. Hay también aquí dos expresiones asociadas que traducen, una y otra, en forma refleja, la excitación de los centros optoestriados; pero, en general, la reacción secretoria sólo surge al final del acceso, y parece desempeñar entonces un papel de resolución; únicamente en los accesos de risa en que se quiere refrenar la expresión motora pueden verse correr las lágrimas desde el comienzo del acceso.

Se entrevé, pues, una ley que es al mismo tiempo una ley de derivación y una ley de antagonismo, y que permitiría atribuir a las lágrimas un papel de resolución y derivación cuando se trata de ciertas excitaciones, al mismo tiempo que de antagonismo relativo cuando se trata de reacciones musculares. Y de hecho, cuantas veces aparecen las lágrimas a consecuencia de una emoción agradable o penosa, puede discernirse allí uno u otro de esos caracteres.

El fenómeno de derivación y de substitución es particularmente visible en las lágrimas que siguen a los grandes dolores físicos o morales, cuya expresión natural hemos contenido; las lágrimas pueden entonces ser comparadas a bruscos escapes y corren inagotablemente. En el teatro, en la lectura de una novela, en el relato de un infortunio, cuando lloramos de piedad es porque es imposible o inútil traducir en gestos o actos la emoción que nos embarga ante la desgracia irreal o lejana que se nos presenta; es curioso que en la vida real, donde la simpatía puede expresarse por palabras, ademanes y gestos adaptados, muy raramente se llora de piedad… (Dumas, 1933, págs. 337-39).

Más adelante continúa Dumas:

Por lo demás, la relativa oposición que vemos establecerse aquí, entre la reacción lagrimal y la reacción motora, se manifiesta para otras secreciones y otros movimientos.

El aspecto del pan seco –escribe Pavlov–, hacia el que el perro apenas se vuelve, provoca una abundante secreción de saliva, mientras que la carne, sobre la que se arroja ávidamente, a la vista de la cual trata de libertarse de su cadena, por la que rechina los dientes, no provoca a distancia ninguna actividad de las glándulas salivales. En esta experiencia encontramos así una manifestación de lo que en la vida del espíritu consideramos como un deseo; pero ese deseo se manifiesta únicamente por movimientos, y de ningún modo por la actividad de las glándulas salivales. Parece que estamos ante una ley general de antagonismo y sustitución (Dumas, 1933, pág. 340).

Tenemos aquí, claramente delineado, el fenómeno que Freud denominaba, en sus primeras formulaciones de la terapéutica psicoanalítica, derivación por reacción. La efusión de lágrimas adquiere así, a través de la interpretación de Darwin retomada por Dumas, el sentido de la derivación por reacción, de una descarga motora, de los afectos retenidos que buscan su camino hacia la acción.

Permanece sin embargo aún inexplicado el sentido específico de la efusión de lágrimas, el por qué y el significado de la elección de este camino particular para la expresión de determinadas emociones.

Darwin intenta una vía de explicación que es común encontrar en un gran número de trabajos acerca de la “interrelación” psicosomática. Consiste en intentar comprender a través de qué vías de asociación “somática” puede un órgano “secundariamente” convertirse en el efector de una fantasía que “poco tiene que ver con él”, de una fantasía que le es inespecífica; una fantasía que en principio le es ajena y que, por lo tanto, no ha participado originalmente en la constitución de ese órgano.

El concepto de fantasías específicas (Chiozza, 1970h [1968]) nos exige el intento de penetrar más profundamente en la cuestión, nos exige tratar de comprender y describir lo que podríamos denominar las fantasías lagrimales. Sobre este punto volveremos más adelante.

El significado “social” de la efusión de lágrimas

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Dumas ha escrito siguiendo el mismo modelo que informa el pensamiento de Darwin:

En las lágrimas existe una cuestión de pura fisiología: la de su mecanismo y de sus órganos.

Existe una cuestión de psicología: la de las causas psíquicas de las lágrimas.

Existe una cuestión de psicofisiología: la del mecanismo mediante el cual se ejerce la acción de las causas psíquicas sobre las glándulas lagrimales.

Finalmente puede preguntarse cómo y por qué hemos hecho de las lágrimas un lenguaje semiconvencional, cuya significación deberá ser analizada, y es casi una cuestión de psicología social; pero, como se verá, las respuestas que podemos dar a tales cuestiones están lejos de ser igualmente satisfactorias (Dumas, 1933, pág. 331).

Aportando elementos para la descripción de este lenguaje y sentido social de la efusión de lágrimas escribe Dumas:

Refiriéndome a vuestras observaciones sobre las “lágrimas” utilizadas como signos, permitidme señalaros una categoría considerable de hechos que la confirman: aquella que los alemanes llaman, en general, Tränengruss, saludo por las lágrimas. A este respecto ha aparecido un excelente opúsculo del señor Friederici (…), que contiene un buen número de hechos americanos (norte y sur) de ese género (…). Pero el hecho está igualmente comprobado en Australia, y en particular los australianos de Queensland. Uno de los mejores y más antiguos observadores de las tribus de los alrededores Brisbane dice textualmente: “Las lágrimas, en los negros, eran tanto un signo de alegría como de pena. Cuando llegaban los visitantes a un campo se sentaban y de las dos partes, las gentes se miraban unas a otras y antes de decir palabra comenzaban una especie de concurso de alaridos, a manera de bienvenida”: (…) En otras partes de Australia, parece que esta salutación mediante las lágrimas estaría más en relación con el ritual funerario. En esta forma, está muy generalmente extendido. Sería muy largo discutir sobre estos hechos. Pero permitidme formular mi hipótesis de conclusión: los ritos tienen como fin demostrar a las dos partes que se saludan, el unísono de sus sentimientos, que los hace parientes o aliados. El carácter colectivo, y a la vez obligatorio, de los sentimientos y de su expresión fisiológica, está aquí bien marcado, sin que haya esfuerzo o ficción, como en el caso de las plañideras neozelandesas o romanas (Dumas, 1933, pág. 344).

El niño llora para atraer la piedad, para demostrar cuán digno es de la simpatía que se le testimonia, para hacerse condoler y mimar, para enternecer al cruel que le riñe, para atraer la simpatía de los espectadores y provocar su intervención. Los adultos lloran más bien para testimoniar su simpatía que para reclamar la del otro; dejan que sus ojos se humedezcan para expresar la piedad, la admiración, para parecer sensible a ciertas impresiones delicadas, y para fingir que experimentan todas las emociones que traducen las lágrimas. “Se llora –ha dicho La Rochefoulcauld– para ser compadecido; se llora para tener la reputación de ser tierno;…se llora para evitar la vergüenza de no llorar” (…). Y esta función social de las lágrimas es tan importante que priva sobre sus funciones espontáneas. Sin duda, algunas veces se llora en la soledad y por simples recuerdos, pero lo más frecuente es por qué uno se dirige mentalmente a alguien y se representa mezclado con una escena de la vida social (Dumas, 1933, pág. 341).

Recordemos con respecto a la función “social” de las lágrimas, que la pena, en su primitivo significado, tal cual surge del estudio etimológico de la palabra, poseía el sentido de castigo y multa. La producción de lágrimas, al igual que la transpiración, consiste en una forma de relacionarse con el medio a través de una secreción externa líquida. Como todo lo que sale del cuerpo, adquiere el sentido de algo que se da u ofrece, así como el de algo que se pierde.

El significado de ofrenda o dádiva pasa a primer plano por el carácter valioso de este producto líquido que no engendra rechazo, que se distingue de otros productos corporales como el sudor, la orina o las heces.

Sin embargo, el valor simbólico de esta ofrenda no iguala al de la sangre, alimento del feto en el vientre materno; en parte también quizás debido a que, junto a los aspectos “altruistas” de la secreción de lágrimas, hay otros autorreparatorios para el organismo, que configuran lo que podríamos llamar los aspectos “térmico-cutáneos” de las fantasías lagrimales, que implican la protección líquida del ojo, tal vez como transformación simbólica de la protección que recibe el feto a través del líquido amniótico y las envolturas prenatales.

En el caso de la efusión de sangre, en cambio, el significado de pérdida para el organismo, símbolo de sacrificio y expiación, es lo más sobresaliente, debido precisamente a su carácter de líquido valioso por excelencia para el mantenimiento de la vida, el cual, por otra parte, sólo es vertido en circunstancias excepcionales y dramáticas, no ya como una función fisiológica habitual.

Es interesante comprobar, en relación con este punto, que cuando a la efusión de lágrimas, o al sudor, se adscriben connotaciones de un sacrificio o sufrimiento extremos, se habla de “lágrimas de sangre” y también de “sudar sangre”. Recordamos aquí la frase de Churchill cuando pedía al pueblo inglés “sangre, sudor y lágrimas”.

Las emociones que típicamente provocan la efusión de lágrimas son aquellas que suelen describirse como reacciones de dolor o tristeza, con todas sus variantes y matices, aunque, como podemos ver en la prolija descripción de Dumas, una multiplicidad de reacciones tales como la risa, la cólera o la alegría, son acompañadas por la efusión de lágrimas.

Si analizamos en términos de relaciones objetales inconcientes todas esas reacciones, podemos suponer que el sujeto que vierte lágrimas se encuentra frente a un objeto frustrador, idealizado, que niega o ha negado alguna gratificación, pero frente al cual no se ha perdido la esperanza de una transformación favorable, o de un reencuentro, en el caso de que la gratificación negada sea la presencia misma del objeto. La risa, la cólera, la alegría o el proceso de duelo pueden constituir entonces distintas transformaciones de esta vivencia melancólica básica.

¿Por qué, de nuevo nos preguntamos, surgen las lágrimas de nuestro cuerpo en el momento en que se actualiza una relación de objeto como la descripta? Hemos señalado ya el sentido de ofrenda o dádiva de esta conducta o fantasía inconciente que parece traducir, a nuestro entender, una intención de “ablandar la dureza” del objeto frustrador, pagando o expiando la culpa frente a este objeto idealizado, al cual se imita, al mismo tiempo, en su carácter dadivoso y fluyente.

Casi no hace falta añadir que el objeto prototípico de estas fantasías contenidas en la efusión de lágrimas es el pecho que se niega y al cual se intenta transformar mediante la magia imitativa en gratificador. Como dice el refrán popular: “El que no llora, no mama”

No obstante las consideraciones precitadas, que interpretamos en términos propios de las fantasías orales, encontramos en las “lágrimas de sangre”, y en los contenidos lagrimales que hemos denominado “térmico-cutáneos”, fantasías hepáticas y otras fantasías asociadas a la vida intrauterina, que enriquecen nuestra comprensión del contenido “social” de la efusión de lágrimas; es decir, nuestra comprensión en términos que aluden a las relaciones de objeto.

El estudio de las fantasías hepáticas –que incluyen la consideración de un vínculo “vampiresco” con la madre placenta a través de las vellosidades coriales y también de las relaciones que existen entre la secreción biliar, la envidia y la esperanza (Chiozza, 1963a, y 1998d [1963])– enriquece la comprensión del contenido melancólico y amargo del llanto, las “lágrimas de hiel”.

El carácter ideal de los objetos frente a los cuales se llora se transforma durante el mismo llanto. Estos objetos se materializan en un proceso que comprende un duelo de carácter primario (Chiozza, 1963a) frente a la inevitable pérdida de algunos contenidos ideales durante la materialización de otros. Podemos suponer que la efusión de lágrimas es al mismo tiempo un símbolo de estos procesos hepáticos.

La patología del llanto y el catarro

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Antes de proseguir nuestro estudio de las fantasías lagrimales, intentando profundizar cada vez más en la búsqueda de lo específico de estas fantasías, nos ocuparemos brevemente de otro aspecto que ha de brindarnos un nuevo ángulo de observación.

Distintos autores han señalado que el llanto que no es vertido por los ojos, el llanto “reprimido”, puede aparecer en forma de diferentes exudados, como ocurre en la urticaria, el asma, la coriza o el catarro de distintos órganos. Elegiremos algunos ejemplos, sin establecer una justa valoración del mérito original que corresponde a cada cita bibliográfica.

Ferrari Hardoy (1948) encuentra que, tanto en el asma como en la rinitis espasmódica y el resfrío común, hay una base psicológica similar, que él define como una reacción angustiosa al temor de la pérdida del cariño materno, que se da cada vez que aparece una situación traumática semejante y se reprime la consecuente tendencia a llorar.

Weizsaecker (1947), presentando un caso de asma bronquial, elabora una tesis semejante según la cual el llanto, “inhibido”, en su descarga lagrimal y en su descarga vocal, se internaliza en el aparato respiratorio y se descarga a través del espasmo bronquial (que dificulta especialmente la espiración) y del exudado que se vierte en los alvéolos pulmonares.

Saul y Berenstein (1941) relatan un caso en que una joven con intensos anhelos de amor, pero incapaz de satisfacer estos deseos mediante una relación sexual normal, desarrollaba urticaria en las oportunidades en que sus anhelos eran especialmente estimulados y frustrados. Se estudiaron doce ataques, ocho de ellos en relación con sueños que terminaban en el margen de la frustración. Especialmente había un sueño repetido donde trataba de alcanzar una persona u objeto que se le escapaba de la mano. Este sueño era seguido de llanto cuando no de urticaria. La urticaria aparecía cuando el llanto era retenido y a menudo cesaba cuando la paciente lloraba.

Observaciones similares hemos leído en otro estudio sobre rinitis (Wolf, 1966). El sujeto a quien se le hablaba de situaciones penosas de su vida retenía las lágrimas, pero esto le producía un ataque de rinitis con enrojecimiento y congestión de la mucosa nasal. Esta sintomatología cedía al poco rato, cuando se cambiaba de tema.

No nos hemos detenido a estudiar por qué algunos sujetos hacen una “localización” en la piel, otros en la mucosa nasal y otros en los bronquios, de este “catarro”, de este “fluir” que configura específicamente una “fantasía exudativa”. Sólo queremos señalar que éstas y otras “localizaciones” son “vías patológicas” de las lágrimas, que han adoptado así la forma “general” de la exudación. Podemos decir que estos órganos se han cargado de una libido específica “lagrimal”, indefinida todavía, que se “suma” a su propia fantasía exudativa, excretoria o secretoria. Hay pues una patología del llanto, que aparece cuando por algún motivo no se llora, y las lágrimas, inhibidas, toman un camino vicariante.

El sudor que, enfriándola al evaporarse, protege a la piel de los cambios de temperatura, o las lágrimas que “envuelven” y protegen la cara anterior del ojo, pueden quizás ser considerados como “herederos” del líquido amniótico que envuelve y protege al feto. Pero esta cualidad de los seres vivos, que se manifiesta en la facultad de emanar líquidos, ya sea elaborados como secreciones o simples vehículos que le permiten excretar los productos de desecho, parece ser de naturaleza tan primaria como para configurar una fantasía “general y común”, “exudativa”, de la cual derivarían nuevas y diferentes fantasías específicas, entre las cuales cabría suponer a las lagrimales.

Hemos visto que las lágrimas pueden representar a otros líquidos del organismo; puede haber lágrimas de sangre o lágrimas de hiel. También la leche, el semen, los jugos gástricos, la orina, etcétera, pueden ser representados por la secreción lagrimal. Se habla de las lágrimas que fecundan la tierra; se habla de lágrimas que queman; hemos visto también que el que llora imita el carácter fluyente del pecho. Todo esto es “inespecífico” de la lágrima; la libido oral, hepática o renal, puede erotizar con sus propias fantasías el aparato lagrimal, que pasa así a representarlas mediante su secreción.

Vemos ahora que cualquiera de los líquidos fluyentes del organismo, aún siendo de naturaleza tan primaria como un catarro, un exudado o un trasudado, puede a su vez representar al llanto, puede quedar erotizado con esa libido lagrimal cuya especificidad no podemos describir todavía. Si quisiéramos utilizar un modelo propio de Freud, diríamos que la libido lagrimal toma un camino regresivo hacia el núcleo común “exudativo”, que la vincula con cualquier otra secreción del organismo.

Llegamos así al aspecto “acuoso” del llanto. Suele decirse que las emociones penosas pueden resolverse a través de las lágrimas. “Resolver”, “disolver” y “absolver” poseen un núcleo común, el “solvente” que constituye la “solución”. Esto permite intuir la importancia que adquiere el aspecto “acuoso” de las lágrimas. “Disolver” (Real Academia Española, 1950) significa “desatar”, “desunir”, “romper lazos existentes”. Este des-enlace logrado a través de las lágrimas parece constituir un adecuado símbolo de la “disolución de los complejos” o asociaciones indebidas entre las representaciones, de la destrucción de la “falsa conexión” por transferencia, de la separación de los objetos que constituye el duelo, de la absolución de la culpa a través de la pena.

El significado visual de las fantasías lagrimales

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Algo hemos progresado en nuestro intento de comprender “lo específico” de las lágrimas, aunque nos falta aún lo principal, el sentido que posee su conexión con el ojo.

Dumas comenta al respecto, cuando habla de la derivación por reacción de la emoción retenida:

Lo que sigue siendo un misterio es la razón por la cual la derivación se hace sobre las glándulas lagrimales, en lugar de hacerse sobre otras glándulas. Las explicaciones de Wundt son pura fantasía; las de Darwin (citadas anteriormente) son tal vez un poco más verosímiles, pero aún muy cargadas de hipótesis, y nuestra ignorancia sobre este punto especial es lo que permitía al fisiólogo Landois escribir hace más de cuarenta años: “La causa del abundante flujo de lágrimas en las emociones morales no es conocida” (Dumas, 1933, pág. 340).

Veamos esta “pura fantasía” de Wundt. Fue para nosotros un hallazgo, ya que coincide bastante exactamente con nuestra propia “fantasía”, previa a nuestro conocimiento de Wundt, acerca de la cuestión:

La inervación persistente de las glándulas lagrimales aleja los peligros con los cuales esta acción (la acción de las emociones más profundas del alma) amenaza al sistema nervioso; y como toda excitación dirigida hacia el exterior, entraña una derivación y una resolución de la tensión interna, que ha alcanzado un nivel alto. En tanto secreción, ella ejerce sobre la emoción únicamente esta acción resolutiva, y no la acción fortificante que, según las circunstancias, puede corresponder a los movimientos musculares. ¿Cómo es que las glándulas lagrimales cumplen este rol de órganos derivadores, que calman el dolor? Esta cuestión es más ardua. Puede ser que esto se vincule con la importancia que las representaciones visuales tienen para la conciencia humana. Las lágrimas son en principio una secreción, que está destinada a proteger el ojo contra injurias mecánicas. Gracias a la efusión de lágrimas, que se produce por vía refleja, el ojo se libra de los cuerpos extraños, tales como el polvo, los insectos, etcétera…

 Ahora bien, nuestro tercer principio (principios generales de los movimientos expresivos) nos enseña que algunos movimientos, primitivamente provocados por el estímulo irritativo de determinadas sensaciones, pueden luego ser provocados por representaciones, que ni siquiera es necesario que se den en la intuición sino que basta con que produzcan sobre la conciencia un efecto análogo al de aquellas sensaciones. La efusión de lágrimas sería entonces entendida como un efecto de representaciones visuales llenas de tristeza, que gradualmente se ha transformado en manifestaciones del dolor… y gracias a la acción de la herencia se habría convertido en una modificación directa de la inervación.. Sin embargo, estos movimientos de expresión no son –al igual que los instintos– cabalmente explicados, si se los considera solamente como hábitos hereditarios. Cada hábito se basa en una causa psicológica que se vincula con uno o con varios de los principios de expresión aquí estudiados; y la misma causa que hubo engendrado primitivamente el movimiento seguirá teniendo efecto en cierta medida cuando vuelve a reproducirse… Los gestos… están siempre ligados a afectos determinados de la sensibilidad (Wundt, 1886, págs. 479-480).

Expondremos ahora lo esencial de nuestra tesis.

Breuer y Freud, en El mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos (1893a, pág. 26-27), expresan: “Hemos de afirmar más bien que el trauma psíquico, o su recuerdo, actúa a modo de un cuerpo extraño; que continúa ejerciendo sobre el organismo una acción eficaz y presente, por mucho tiempo que haya transcurrido desde su penetración en él”. Más adelante, en su Historiales…, Freud, (1895d, pág. 93) relata el caso de una señora para quien “… la labor de reproducción […] desarrolla nuevamente ante sus ojos […] las escenas de la enfermedad […] Cada día vive de nuevo una de tales impresiones, la llora y se consuela..”. Luego, refiriéndose al mismo caso y a la derivación por reacción de los afectos retenidos, añade: … su viva reproducción visual y sus manifestaciones afectivas coinciden exactamente con la fecha de la desgracia. De este modo, un día que la encontré llorando amargamente, le pregunté qué le ocurría y obtuve la siguiente respuesta: “A mí, nada. Pero en tal día como hoy fue cuando el médico nos dio a entender que no había ya esperanza ninguna. Por entonces no tuve tiempo de llorar”. Se refería a la última enfermedad de su marido, muerto hacía tres años (Freud, 1895d, pág. 93).

Para Breuer y Freud (1893a) el llanto constituye una de las formas de derivación por reacción del afecto ligado a las “reminiscencias” por las cuales el histérico sufre, y que deben ser “desgastadas” para poder ser olvidadas de una manera normal. En los casos leves, el llanto puede sustituir a la palabra o al acto, más eficaces, en la tarea de derivar por reacción a los recuerdos traumáticos que actúan como cuerpos extraños.

Unos quince años después Freud (1917e [1915]) escribió Duelo y melancolía. Ya en la Introducción del narcisismo (1914c), escrito por la misma época, se había ocupado de los objetos ideales, intrapsíquicos, capaces de recibir la transferencia de las cargas instintivas que primitivamente investían al yo. En Duelo y melancolía el vínculo con estos objetos internos ideales aparece como una fase importante de la labor de duelo y de los trastornos que configuran la melancolía.

Lo que nos interesa destacar en este momento es que, según lo postulado por Freud, en el doloroso proceso a través del cual se intenta elaborar la pérdida de un objeto ocurre la sobrecarga de los recuerdos “antes” de que estos recuerdos, imagos u objetos internos, puedan ser abandonados por la libido que, luego de regresar al yo, se dirige otra vez hacia nuevos objetos.

La coincidencia entre esta postulación que Freud realiza acerca de la sobrecarga de los recuerdos en Duelo y melancolía y su antigua formulación en El mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos arroja una luz esclarecedora sobre el proceso de elaboración de los “complejos” o ligámenes inconcientes entre un grupo de representaciones que adquieren, en determinadas circunstancias, capacidad patógena.

La vinculación entre el llanto, el duelo y la melancolía no necesita mayor comentario y nos permite comprender desde un nuevo ángulo la similitud entre el mecanismo de secreción de las lágrimas y el mecanismo de secreción salival. La vinculación entre las lágrimas y el olvido, en cambio, menos evidente, surge cuando profundizamos en el estudio del tema.

En La divina comedia (Alighieri, s.f.), Beatrice dice:

Alto fato di Dio sarebbe rotto,

Se Leté se passasse e tal vivanda

Fosse guastata sanza alcuno scotto

Di pentimento che lagrime spanda

(Purgatorio, XXX, 142)

Aunque el acento de la poesía queda centrado en el arrepentimiento y la pena o multa que las lágrimas representan –pagar “lo scotto” significa en italiano pagar la cuenta de la comida y también descontar una pena redimible con multa (Alighieri, s.f.)–, la circunstancia de que el Leteo sea el río del olvido vincula a las lágrimas con la desaparición o gasto de los recuerdos penosos.

El estudio etimológico de la palabra recordar (Corominas, 1961) demuestra que, en su sentido primitivo, re-cordar significa “volver al corazón”. Las huellas mnémicas reactivadas se representan en forma de recuerdos. Pero el recuerdo posee una importantísima relación con el órgano de la visión. Arnaldo Rascovsky (1960), apoyándose en algunas formulaciones de Freud acerca del carácter “plástico” de las representaciones inconcientes, sostiene que las huellas mnémicas inconcientes son “en sí mismas” visuales. Aún sin compartir esta tesis, si pensamos en lo postulado por Freud (1915e, pág. 1065) acerca del llamado “lenguaje del órgano” cuando afirma: “…la relación del contenido con un órgano del soma llega a arrogarse la representación de dicho contenido en su totalidad”, podemos suponer que la relación entre los recuerdos y las imágenes visuales es lo suficientemente estrecha como para que estas imágenes visuales puedan arrogarse la representación de los recuerdos.

En las palabras de Freud anteriormente citadas podemos ver esta representación visual de los recuerdos cuando dice: “…desarrolla nuevamente ante sus ojos… las escenas de la enfermedad” y más adelante añade: “…su viva reproducción visual” (Freud, 1895d, pág. 93).

Es fácil deducir entonces que si las imágenes visuales constituyen una muy adecuada representación de los recuerdos, el proceso de olvidar, no en el sentido de represión, sino especialmente en el sentido de desgastar las reminiscencias, pueda quedar adecuadamente simbolizado o actuado a través del proceso de “borrar” o disolver imágenes visuales. El duelo por estos aspectos visual-ideales, los recuerdos, constituye así un duelo primario por aquello que no se ha logrado materializar.

Llegaríamos así por fin a una idea de la lágrima que contiene lo que podemos denominar una fantasía específica. Constituye una interpretación del por qué determinadas fantasías, que se descargan a través de aspectos motores (derivación por reacción) y aspectos “exudativos-secretorios” (la re-solución de los “cuerpos extraños” y la entrega de la pena o “multa”), encuentran en las lágrimas y su estrecha vinculación con el ojo su representación o su “exutorio” más adecuados.

La efusión de lágrimas configura pues una descarga motora, lo mismo que el sollozo y los lamentos o gritos que forman parte del llanto. Configura además una fantasía “exudativo-secretoria” que la mancomuna con la efusión de cualquier otro líquido del organismo y a través de la cual se obtiene el des-enlace de los complejos y la ab-solución de la culpa en esta “purificación a través de las aguas”. Pero el aspecto que podemos considerar específico de la efusión de lágrimas, la razón por la cual una determinada derivación se hace sobre las glándulas lagrimales, hemos de verlo básicamente relacionado con la circunstancia de la representación de los recuerdos a través de las imágenes visuales.

Mediante la efusión de lágrimas el ojo “echa fuera” los “cuerpos extraños” constituidos por esas imágenes visuales displacenteras. Esto nos permite vincular las fantasías “exudativo-secretorias” con las específicamente “visuales”, y arrojar una nueva luz sobre el contenido “alérgico” de algunos “llantos vicariantes” como el asma, la coriza o la urticaria.

Si tenemos en cuenta que además de mantener húmedas a la córnea y conjuntiva, la función de las lágrimas consiste en “arrastrar” los cuerpos extraños que se depositan en la cara anterior del ojo, podemos concluir en que, a través de las lágrimas, se intenta “borrar” y “re-solver” las imágenes visuales, ideales, los “puntos luminosos internos”, que configuran las “reminiscencias” traumáticas de las cuales el sujeto padece.

Hemos dejado para el final el mayor de los interrogantes. Hemos visto que la efusión de lágrimas, tal como ocurre en el llorar, es, como la expresión de su afecto, una representación de fantasías que podemos traducir al lenguaje. Esta “traducción” permite comprender el significado que la efusión de lágrimas posee en función de la interioridad del ser vivo. Pero: ¿puede esta traducción “deshacer el acto” de llorar y cambiar o convertir, ante la misma pena, las lágrimas en palabras? En teoría debe ser así, pero la experiencia dirá “la última palabra”.

Tenemos pues “una idea de la lágrima”: es una gota que intenta borrar o disolver a su idea genitora. Esta idea genitora, borrada y re-suelta, que la lágrima “contiene”, constituye su “luz” y su “color”, “la razón de ser” de su existencia como parte del llorar, lo que “podemos ver” en ella, recuerdos que se están borrando, reminiscencias que se resuelven, y esta visión configura en nosotros “una idea de la lágrima”.

Notas

(31) El texto de este capítulo pertenece a un trabajo presentado en el Centro de Investigación en Medicina Psicosomática (CIMP), noviembre de 1968

(32) En Groddeck (1968, pág. 236) leemos algo semejante en cuanto al llanto: “Las lágrimas que se lloran no sólo están consagradas a la pena y al dolor, sino que imitan también la perla que descansa profundamente en su ostra, en la concha de madreperla de la mujer, y todo llanto está pleno de simbólico placer sexual.

(33) En ocasión de la presentación de estas ideas en la sede del Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática, el doctor J.E. Nollmann se refirió a dos casos de glaucoma “en sujetos ambos con gran dificultad para descargar su aflicción, pena o desesperación por medio del llanto”. Citó extensamente el poema de Tennysson, El guerrero muerto, donde el contenido anteriormente mencionado en relación con la patología del ojo aparece con una claridad y belleza de expresión muy significativa.
Fundamentando la relación entre glaucoma y retención de lágrimas recordó además la acción “glaucomatosa” de la atropina, que inhibe también la secreción de lágrimas, y la acción disminuidora de la presión intraocular de la pilocarpina, que favorece por su parte la secreción lagrimal. Mencionó también que el bicarbonato de sodio, según se considera actualmente, desempeña un importante papel en la etiopatogenia del glucoma al quedar retenido en el globo ocular, lo cual, en opinión de Nollmann, resulta significativo en el mismo sentido, si tenemos en cuenta que el bicarbonato de sodio es uno de los componentes esenciales de las lágrimas.

(34) Dice Groddeck (1968, pág. 236): “Tienes mucosas en el intestino y en otras partes también las tienes. En lo sucesivo tu eyaculación será una diarrea, será expectoración, resfrío, transpiración de las axilas y, sobre todo orina”.

(35) Alto designio de Dios se transgrediría, si el Leteo se atravesara y esa comida fuera gastada sin pagar la cuenta vertiendo lágrimas de arrepentimiento

(36) El que suceda de este modo parecería marcar un límite, en alguna región de lo inconsciente, en la capacidad de discriminación entre lo que está en el campo visual como recuerdo traumático y lo que está en la superficie física del ojo como cuerpo extraño. Ejemplos de una tal limitación –implícita en la idea de “mundo perceptivo” de von Uexküll (1934)– en la capacidad de discriminar de los organismos con respecto al medio y a los sistemas de los cuales forman parte, no faltarán seguramente. Basándose en una experiencia conocida, suele afirmarse popularmente que un sapo al que se le coloque en la boca un cigarrillo encendido “fumará” hasta reventar. Es fácil colegir que ese “fumar” del sapo ha de ser un intento infructuoso de obtener oxígeno a partir de una conducta equivocada que deriva de un conocimiento insuficiente.

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Este texto corresponde al capítulo IX del libro de Luis Chiozza: Cuerpo, afecto y lenguaje.Colaboran para este capítulo Chiozza, C. Califano, E. Korovsky, R. Malfé, D. Turjanski, G. Wainer.

 

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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