Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

El amor en la antiguedad. La belleza de la reina Nefertiti – Francisco Javier Gea Izquierdo

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Cambiamos de escenario y nos acercamos al Egipto del siglo XIV a. C. Más que buscar datos sobre lo que pensaban acerca del amor los egipcios, que algunos hay, nos vamos a centrar en la figura de reina Nefertiti, y no porque sepamos muchas cosas sobre ella, pues más bien ocurre al revés, sino porque tenemos la suerte de conservar un busto suyo de una belleza deslumbrante, sublime y preternatural, obra de un artista llamado Tutmosis, del que no sabemos casi nada pero que indudablemente es uno de los más grandes que ha dado la humanidad. Desde luego, poco puede ser tan sugerente y prometedor como la belleza para desarrollar una historia de amor y una historia del amor guiada por la belleza.

   Nos permitiremos tomar a Nefertiti como egregia representante de la belleza femenina del pasado, el presente y el futuro, de esa larga, extensa y plural lista de mujeres hermosas que orla nuestra especie, y quisiéramos señalar que parte del mensaje que nos ha legado la reina egipcia es que, si bien es cierto que esa belleza es en un sentido evidente, ay, necesariamente efímera, en otro sentido, en otro plano de la realidad que acaso solo podamos intuir, resulta inmarcesible.

   Señalemos antes de empezar que, si bien la sociedad egipcia era patriarcal, puede decirse que la situación de la mujer era bastante mejor que en otras civilizaciones antiguas, incluso mucho más tardías, como la griega, en donde las mujeres eran seres de segunda clase, que hacían su vida confinadas dentro del hogar mientras que los asuntos públicos eran propios de los hombres, algo como lo que sucede por ejemplo aún en muchos países islámicos.

   A lo largo de la historia del Antiguo Egipto, sobre todo durante el Imperio antiguo y el medio, las mujeres disfrutaron de una gran autonomía jurídica. Podían disponer de sus propios bienes, llevar sus negocios, contratar sirvientes, comprar y vender terrenos, o hacer testamento. Podían testificar en los tribunales e incluso emprender acciones legales contra los varones. También parece que podían cursar en ocasiones estudios superiores, desempeñar puestos administrativos o actuar como jueces en el consejo de su ciudad. Además, en la historia de las diversas dinastías egipcias hay constancia del reinado de tres mujeres, aunque es posible que existiera una cuarta, aparte de otros casos en los que actuaron como corregentes.

   Nefertiti —nombre que significa algo así como la bella ha llegado— era la esposa del faraón Amenhotep IV (1353-1336 a. C.), más conocido como Akhenatón. Se piensa que Nefertiti pudo vivir entre los años 1370 y 1330 a. C. Por su parte, Amenhotep IV es acaso la figura más controvertida del Antiguo Egipto. Para algunos fue un gran reformador religioso, alguien que aunque sin suerte propuso una religión mucho más comprensiva y compasiva que la que existía en el país. Para otros fue un hereje, un alucinado y un insensato que estuvo a punto de acabar con la propia continuidad nacional a causa de sus veleidades espirituales.

   Amenhotep IV se apartó de la religión tradicional egipcia y sustituyó el politeísmo por un monoteísmo estricto, como comprobó por primera vez en los tiempos modernos el gran egiptólogo prusiano Karl Richard Lepsius. Según su nuevo credo, el denominado atonismo, Atón o el Sol era el Ser Supremo del Cielo y la Tierra. En un principio Atón coexistió con Amón y con las otras deidades tradicionales, pero pronto pasó a ser el único Dios, de acuerdo con las ideas de este reformador. Por eso cambió durante el quinto año de su reinado su antiguo nombre, Amenhotep («Amón está complacido») por el de Akhenatón («Agradable a Atón»). No había más dios que Atón, representado por el disco solar, y Akhenatón era su hijo y el único que lo conocía.

   Es posible, como se ha sugerido, que parte de estas nuevas ideas religiosas, cuya mayor novedad es el monoteísmo, se las debiese a su madre, la reina Tiy, que parece que era de origen mitanni y a la que no le agradaba la religión egipcia. O puede que hasta cierto punto se debiesen un lugarteniente de su padre que le enseñó el respeto religioso a la luz creadora y el sentido del misterio que anima cuanto existe. El caso es que el entusiasmo religioso de Akhenatón fue tan grande que no se conformó con colocar a Atón en lo más alto del panteón egipcio, sino que también trató de que sustituyera a los demás dioses, acaso para deshacerse de los altos sacerdotes, e incluso imponer esta creencia a sus súbditos por orden suya. Se proscribió el culto a los restantes dioses, en especial a Amón, y se borraron sus nombres de cuantos monumentos se pudo. De este modo, el rey chocó frontalmente con la poderosa casta sacerdotal tebana, que se opuso a ello y que consiguió arrastrar al pueblo a su causa.

   Akhenatón era una persona de aspecto extraño y poco agraciado, a juzgar por las representaciones conservadas. Tenía un rostro alargado y un poco caballuno, además de barriga, amplias caderas, grandes muslos y piernas delgadas. A diferencia de lo que ocurría con las representaciones pictóricas o escultóricas de los demás faraones, que resultan muy estereotipadas y bastante hieráticas, las suyas son muy realistas e incluso costumbristas. En vez de darnos una imagen suya oficial, nos lo muestran en sus actividades cotidianas o en el curso de su vida familiar. También puede que se hiciese representar de manera deformada por cuestiones religiosas.

La reina Nefertiti fue la principal esposa de Akhenatón, a la que, por mucho que al principio quisiera, acabó repudiando hacia el año duodécimo de su reinado, tras dos décadas de vida en común. No sabemos por qué lo hizo pero ese mismo año se desencadenó una crisis importante dentro de la religión amarniense y lo cierto es que, mientras que el propio Akhenatón pareció rebajar sus pretensiones maximalistas y llegar a cierto compromiso con la religión tradicional, la reina Nefertiti fue alejada de palacio y despojada de su nombre real, que pasó al hermano menor del rey. Se borró el nombre de Nefertiti de los monumentos y una de sus hijas se desposó con Akhenatón y asumió las funciones de la primera dama. Es posible que esto se debiese a que Nefertiti no abandonó los ideales del atonismo y no aceptó la postura de compromiso que parecía haber emprendido el propio faraón.

   En cualquier caso, el hecho es que la escultura policroma del rostro que conservamos, hecha en piedra caliza revestida de estuco, de tamaño natural, es seguramente la obra más fina del arte egipcio, aunque algunos estudiosos consideran que «no es arte egipcio», cosa por otro lado sorprendente en una civilización cuyas obras artísticas a veces son colosales, como las pirámides de Giza o los templos de Luxor, Karnak y Abu Simbel. La imagen fue descubierta en 1912 y en la actualidad se conserva en Berlín. Representa el ideal de belleza femenina del Antiguo Egipto, pese a tratarse tal vez de una reina de origen extranjero, ideal que a juzgar por lo visto no difiere del actual y que aspira a ser eterno en la medida en que esto nos es dado a los seres humanos. El egiptólogo Ludwig Borchardt, director de la expedición alemana que se encargó de estudiar Tell al-Amarna y que descubrió el busto de Nefertiti, anotó con razón en su diario al respecto: «Es imposible describirlo. Hay que verlo». Por cierto, como cuenta la doctora Joann Fletcher, en el mismo lugar donde hallaron el busto de Nefertiti había otro semejante de Akhenatón. Ambos cayeron al suelo, pero mientras que el de Nefertiti solo sufrió algunos desperfectos más bien menores, el de Akhenatón se rompió. No queremos ni pensar que hubiese sucedido al contrario o que se hubiesen roto ambos.

   La obra se encontraba en el taller del escultor Tutmosis. Se supone que pudo haberla realizado hacia el año 1340 a. C., cuando la reina contaba con unos treinta años. Al principio se pensaba que le faltaba un ojo e incluso Borchardt ofreció una importante recompensa para quien lo encontrara, pero fue en vano.

   Hoy se cree que Tutmosis dejó la estatua sin acabar a propósito, pues parece que el hueco del ojo es demasiado pequeño como para poder colocarle una incrustación. Tal vez fuera para que el faraón o la reina no le requiriesen la obra, que le servía como modelo para realizar esculturas en materiales más duraderos. Parece como si Tutmosis la quisiera para sí no solo por la perfección de su trabajo, sino también porque acaso estuviese enamorado de la reina pues tanta perfección solo parece posible en ese caso.

   A principios del siglo XX los hallazgos arqueológicos solían repartirse a medias entre los organizadores de las excavaciones y Egipto, y por eso la estatua realizada por Tutmosis fue a parar a Berlín, donde tuvo una historia casi tan azarosa como la de esa ciudad Se exhibió por primera vez en 1924, causando una gran sensación, fue evacuada durante la Segunda Guerra Mundial, se expuso en 1967 en un nuevo lugar, en unas dependencias anejas al Palacio de Charlottenburg, en la zona oeste de la capital alemana, y desde finales de 2009 se expone en el Neues Museum de Berlín.

   Llegado el momento de repartir los descubrimientos de Tell al-Amarna según los usos de la época, los oficiales egipcios —encabezados por el arqueólogo francés Gaston Maspero— eligieron el lote con el que iban a quedarse, pero no se dieron cuenta de la importancia de esta obra de arte y por eso dejaron que los alemanes se la llevaran a cambio de otras piezas no tan valiosas..

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NEFERTITI Y LA BELLEZA DEL ROSTRO FEMENINO

   El rostro es la parte del cuerpo humano susceptible de contener más belleza, aunque hay ciertamente cuerpos tan rotundos y hermosos que resulta muy difícil apartar los ojos de ellos, y desde luego la belleza es uno de los rasgos más importantes de la historia que nos traemos entre manos. Como ha señalado el filósofo británico Roger Scruton en su obra Beauty, decimos que algo es bello «when we gain pleasure from contemplating it».

   Más de la mitad de la belleza humana podemos decir que corresponde caeteris paribus a la cabeza en general y al rostro en particular y, a su vez, más de la mitad de la del rostro corresponde a los ojos y a la mirada, a la boca y la sonrisa. Esto lo supo ver muy bien Tutmosis ya que es en el rostro donde centra su obra maestra, con la exclusión del cabello, que en una estatua nunca va a quedar demasiado bien por la dificultad de representarlo con naturalidad.

   A su vez, hoy sabemos de manera científica lo que siempre han tenido claro los artistas y los poetas, esto es, que los ojos son la parte más íntima del rostro humano. Helen Fisher decía en su Anatomy of Love que la mirada era posiblemente la técnica de cortejo humana más asombrosa. Las pupilas son una auténtica ventana al alma humana, como señala Ulrich Renz en su obra Schönheit, pues no solo reaccionan a la luz, sino también a los estados internos, y el iris actúa como señal del sistema neurovegetativo, que regula nuestra vida emocional. Unas pupilas grandes pueden indicar atención, interés e incluso amor. En cambio, unas pupilas pequeñas denotan aburrimiento y somnolencia.

   Por otro lado, muchos rasgos de la belleza humana se aplican por igual tanto al rostro como al resto del cuerpo. Entre los aspectos generales de la belleza humana destacan la simetría bilateral, comprobable tanto de frente como de espaldas. La armonía y proporción de las distintas partes del rostro —ojos, mejillas, frente, nariz o mandíbula—, y de las diversas partes del cuerpo —caderas, espalda, piernas, hombros, pecho, vientre o manos—, así como la perfección de cada una de esas partes —textura de la piel, tacto, diseño, color, elasticidad e incluso olor—.

   En este sentido, el rostro ha sido estudiado anatómicamente por especialistas como por ejemplo el doctor Stephen Marquardt, un eminente cirujano maxilofacial norteamericano que tras muchos años de ejercicio también se ha dedicado a analizar las proporciones de la belleza del rostro humano, que como es evidente resulta muy importante en su profesión, y que ha propuesto un modelo que se conoce con el nombre de máscara de Marquardt, basado en un estudio muy completo de las distintas proporciones que pueden describirse en el rostro humano en términos de la sección aurea[7].

   El modelo goza de bastante aceptación entre los especialistas en el estudio del rostro humano y su belleza, incluidos los cirujanos plásticos, aunque también es cierto que ha recibido algunas críticas por ser algo masculinizante, por no concordar con ciertas evidencias empíricas sobre las preferencias de las personas y por no adaptarse demasiado bien a la variabilidad étnica de la raza humana[8]. Lo más probable es que dentro del modelo de Marquardt haya que incluir cierto grado de variabilidad para que no resulte tan rígido. Por nuestra parte encontramos que el modelo a veces da puntuaciones muy altas a rostros algo estereotipados y con falta de expresividad, mientras que hay veces que hay rostros muy expresivos y atractivos que no encajan tan bien con las proporciones del mismo.

   Por cierto, parece que la belleza del rostro humano es en cierto sentido más femenina que masculina. En efecto, al margen de las preferencias personales, y de las claras diferencias entre un rostro varonil y otro femenino, parece asimismo claro que un rostro masculino con un toque femenino puede ganar en atractivo, mientras que por lo general no ocurre lo mismo a la inversa.

   Junto a estos elementos estáticos sobre la belleza del rostro femenino hay otros de tipo dinámico, como la elegancia, la clase y la gracia, que se manifiestan en la manera de moverse, desenvolverse o estar, ya que en la belleza hay una parte estática y otra que se manifiesta dinámicamente, ambas importantes por igual. Las acciones en las que es más fácil expresar esos rasgos —ese je ne sais quoi no sujeto a reglas y proporciones del que hablaban algunos tratadistas renacentistas de la belleza femenina como Agnolo Firenzuola en su Dialogo delle belleza delle donne (1541)— son la forma de mirar y de sonreír, pero también la manera de mover las manos, gesticular, caminar, sentarse o posar. En especial, la forma de sonreír y de mirar son los elementos clave de la gramática de la seducción de acuerdo con algunos estudios recientes de psicología.

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   Además, son aspectos específicos muy importantes de la belleza de la cabeza humana, a partir de los hombros, y del rostro, la forma, longitud, curvatura y suavidad del cuello; el tamaño de la cabeza, el volumen, la textura, y la forma del cabello, que tiene la virtualidad de ser la parte de la anatomía más moldeable; la armonía de las distintas partes; la cualidad de las facciones, entre las que destacan los ojos, las mejillas, la frente, la nariz, la mandíbula, los pómulos, los labios y la boca desde luego. Es importantísima la expresividad, ya que hay partes del rostro humano —como los ojos y la boca— que son muy expresivas y pueden transmitir mucha información sobre la actitud de la persona y sobre cómo reacciona ante los otros.

   De hecho, hay algunos experimentos bastante recientes en psicología que han sostenido que los dos indicadores más consistentes de la atracción personal que podemos suscitar en alguien son la mirada y la sonrisa. Unos ojos que nos miran con atención pueden ser un indicativo claro de que le interesamos a la persona que se fija en nosotros. A su vez, la mayor señal que tiene el rostro humano de expresar que le agradamos a alguien y que posee una actitud receptiva es la sonrisa, la sonrisa franca, directa y espontánea. A esto se le añade también una serie de posiciones específicas sintonizadas: coordinación de las posturas corporales, reciprocidad de los gestos y reducción del espacio interpersonal[9].

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   Por otra parte, hay rasgos corporales que también son valorados como indicadores consistentes de belleza. Están el aspecto saludable, la proporción corporal, que en el caso de la mujer sigue la regla 1:0´7:1, descubierta por el psicólogo Devendra Singh en 1993, que indica la ratio que debe mediar entre el perímetro del pecho, la cintura y las caderas, y que biológicamente corresponde al perfil de máxima eficacia reproductiva. Además de esto, desempeñan un papel fundamental, aunque no único, la forma, el aspecto y el tamaño de los caracteres sexuales y afines, como los senos, el vientre, las nalgas, las piernas, los hombros, los brazos o la zona púbica[10].

   Dicho esto, que convenientemente desarrollado daría para un amplio estudio, pocas cosas creadas por el ser humano, e incluso no creadas por él, nos han producido un impacto tan intenso y hondo como la contemplación del busto de Nefertiti en Berlín, al que por cierto no hacen justicia en absoluto la inmensa mayoría de las numerosas fotografías que hemos visto. Hemos visitado muchos museos y hemos contemplado obras sublimes, pero ninguna como este busto de hace más de tres mil años. Estaba situado en el centro de una sala exclusiva para el mismo, no muy grande, dentro de una vitrina de cristal, iluminada de una manera muy cuidada, en una habitación casi a oscuras, para realzar su sencillez, su perfección y su valía, como lo haría un soberbio maquillaje. Lo hemos podido contemplar en dos visitas al museo y hemos tenido la suerte de hacerlo casi a solas, en una tranquilidad casi total, diríase que íntima, que nos ha trasportado, al menos por unos momentos, a otro mundo.

   La reina lleva un collar dorado con incrustaciones rojas, azules y verdes, y una tiara imperial azul con tonos grises, grande, de remate plano y de forma conoidal invertida, con una cinta y el trazo de lo que queda de un ureus o cobra imperial, sobre una diadema dorada. El conjunto realza su rango y le confiere realeza y dignidad, elegancia y distinción, y marca una considerable distancia con respecto a los observadores, que inicialmente debían ser sus súbditos, pero que también nos priva de contemplar su cabello, cosa que agregaría naturalidad a la imagen.

La reina posa enigmática, distante, sumamente hermosa, acaso un poco eterna. Nos llama la atención, nos altera, nos sobrecoge y nos embriaga la calidad artística de la obra —que parece hallarse fuera del mundo de lo inanimado—, los conocimientos de su autor sobre su arte y sobre la belleza femenina, la delicadeza con la que ha delineado su cuello tan grácil y su exacta curvatura, los rasgos de su rostro, desde el mentón, hasta lo que puede observarse de la frente, pasando por los pómulos elevados, las cejas alabeadas, la impecable nariz, los ojos almendrados, pintados con kohl, y la mirada, poderosa a pesar del ojo que le falta, pero marcada con un punto de ensoñación, que hace que esta imagen nos proyecte a otro mundo.

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   Esta sensación de sobrecogimiento ante una obra y un rostro tan perfectos es la que experimentamos nosotros y la que experimentan la mayoría de los espectadores y estudiosos sensibles, pero hay excepciones. Unos ven en la delicadeza de Nefertiti indicios de una persona enferma o enfermiza y en cambio otros, como Teresa Armijo, perciben en su maravilloso encanto «una vitalidad y fuerza interior emocionantes que las cámaras fotográficas no son capaces de captar». A su vez, a la doctora Fletcher —que ha realizado importantes investigaciones sobre la momia de la reina—, el busto la deja «totalmente fría», como señala en El enigma de Nefertiti, pues le parece desprovisto de calidez, a pesar de que reconocer su perfección y su soberbia grandeza, y le produce un sentimiento de inquietud e incluso temor por su «expresión de desdén apenas disimulado».

   Además, hoy sabemos, gracias a los estudios realizados mediante tomografía computerizada por el doctor alemán Alexander Huppertz y su equipo, que Tutmosis rectificó ligeramente algunos rasgos del rostro de la reina para que quedaran mejor en su obra, aunque según Huppertz no siempre ha acertado, pues entiende que el conjunto de los cambios permite llegar a la conclusión de que la figura ha sido individualizada y personalizada, pero no optimizada[11].

   Sobresale a perfección con que ha trazado sus labios, elegantes, muy bien delineados, rotundos y atractivos, que parecen estar ligeramente maquillados, cumpliendo así con los principios fundamentales sobre el arte actual del maquillaje, que establecen que si se realzan los ojos con intensidad hay que aplicar tonos suaves y discretos a los labios, o viceversa. Las pequeñas orejas y sus delicados lóbulos, a pesar de hallarse algo desportillados, también resultan sobresalientes.

   Nefertiti parece que va a esbozar una sutil sonrisa, que como vemos puede suscitar sensaciones de lo más contrapuestas, pero esta parece estar motivada por alguna razón interna, ajena al entorno, ajena desde luego a nosotros, que hemos acudido a contemplarla y admirarla muchísimos siglos más tarde, en el que la reina no parece fijarse. Esa circunstancia le confieren una elegante expresión de espiritualidad, de trascendencia, que también se trasfiere al propio objeto artístico, que a veces se nos olvida que lo es cuando lo contemplamos, pues parece tratarse de otra cosa, real, viva, femenina e incluso sobrehumana que en cierto modo ha superado al tiempo y la muerte.

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TUTANKHAMÓN Y EL FINAL DE UNA ÉPOCA

   Akhenatón hizo construir a partir del quinto año de su reinado una nueva capital religiosa, pues no soportaba Tebas en general y Karnak en particular, por ser el feudo del culto a Amón. Se localiza en Tell al-Amarna, a medio camino entre Menfis y Tebas. Desde allí intentó propagar su nueva religión y reemplazarla por la antigua. Para él, todo lo que no fuera religioso era secundario. Descuidó las tareas de gobierno y durante su mandato Egipto perdió mucha importancia a nivel internacional y, desde luego, casi todo el poderío proporcionado por los faraones anteriores.

   No se sabe casi nada del final de su reinado ni de su propia muerte. Pocos años después de esta, la ciudad que creó, Akhetatón («Horizonte de Atón»), que pudo llegar a contar con cincuenta mil habitantes, fue saqueada, desmantelada y abandonada para que la sepultasen las arenas del desierto y el olvido. Esto fue lo que sucedió durante treinta y tres siglos.

   Los conversos a la nueva fe parece que pronto la abandonaron, se escondieron o se dispersaron, y no quedó nada de ella. Por eso, de no haber sido por el descubrimiento de los restos de Tell al-Amarna, hoy tal vez no sabríamos casi nada de Akhenatón, ya que tras su muerte, en tiempos de Horemheb, los sacerdotes comenzaron una persecución implacable de su legado.

   Akhenatón tuvo con Nefertiti seis hijas pero ningún varón, y puede que un hijo o dos con una esposa secundaria o incluso con una de sus propias hijas. Parece que a Akhenatón le sucedió brevemente una hija suya. A esta, un hijo y luego un sobrino de aquel. Se trataba de un niño de nueve años que reinó poco tiempo pero que, sin embargo, es uno de los faraones más conocidos en la actualidad. Su nombre es Tutankhamón (1332-1322 a. C.), y según algunos estudiosos era hijo de una de las esposas de Akhenatón.

Tutankhamón se casó con la tercera hija de Akhenatón y murió antes de cumplir los veinte años. Durante su mandato los sacerdotes repusieron el antiguo culto nacional de buen grado o por la fuerza. Seguramente por eso se le enterró con un lujo y riqueza que extrañan en el caso de alguien que influyó tan poco en la historia del país. En cualquier caso, el poder del faraón ya no volvería a ser lo que fue y en lo sucesivo iba a estar más o menos sometido a la oligarquía de sacerdotes y funcionarios y a los altos mandos del ejército.

   Su muerte, amén de prematura, fue bastante inesperada, pues su tumba se acondicionó deprisa y con poco cuidado. Además, el examen moderno de su momia sugiere que pudo sufrir un grave traumatismo craneal. Según algunos investigadores, a Tutankhamón lo mandó asesinar el primer ministro Ay, puede que hermano de Nefertiti, para apoderarse del trono, cosa que logró aunque por poco tiempo. Pero actualmente el análisis de sus restos óseos indica que murió debido a la malaria y a un tumor.

   A Ay le sucedió el general Horemheb (1319-1292 a. C.), que había servido a Akhenatón durante cerca de tres décadas. Horemheb desmanteló muchos monumentos levantados por Akhenatón y sus sucesores. De todos los que desempeñaron puestos importantes en Amarna, solo Horemheb fue reconocido por las generaciones posteriores y el precio que pagó por el poder fue probablemente el de entregar la supremacía tradicional del faraón a los altos sacerdotes y funcionarios civiles, que ya se habían hecho cargo de ella durante el reinado de Tutankhamón.

   He podido contemplar la momia de Tutankhamón, así como otros objetos de su tumba, en el Museo Egipcio de El Cairo. Tenía la cabeza y los hombros recubiertos por una soberbia máscara de oro bruñido, de once kilos de peso, adornada con incrustaciones de piedras semipreciosas y con los ojos de cuarzo blanco y obsidiana negra, que parecen mirar con la serenidad de quien sabe que será bien acogido por los dioses cuyo culto ha restaurado. Hasta el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón ninguna fantasía era lo bastante prolífica como para imaginarse la riqueza de los ataúdes de un enterramiento real. Muchos de estos objetos parece que proceden de las tumbas de Akhenatón y de sus inmediatos sucesores en el trono, lo cual explicaría su suntuosidad y su pertenencia al estilo amarniense.

   Me quedé sorprendió ante las figuras de Akhenatón y su esposa, entre otros objetos, pero sobre todo, me quedé hipnotizado ante la máscara de oro de Tutankhamón, aunque no tiene demasiado que ver con el busto de Nefertiti, con permiso de la doctora Fletcher. El rey no es más que un muchacho —sin el aspecto hierático de las representaciones de otros monarcas—, guapo y muy natural. Esto no debe extrañar ya que el estilo amarniense aún perduraba. Por eso las representaciones recogidas de su tumba, como las que adornan el trono, lo muestran en actitudes espontáneas, carentes de la afectada gravedad de otras representaciones reales, e incluso el disco solar que representaba a Atón, y que luego devendría sacrílego, aún consta en algunas de ellas.

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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