Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Gilgamesh y la cópula sagrada – Francisco Javier Gea Izquierdo

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MESOPOTAMIA

   Comenzaremos esta historia sobre el amor en la Antigüedad en las áridas tierras de Babilonia, al sur de Mesopotamia, en la actual Iraq, con un poderoso y profundo poema épico que habla de dos de los temas mayores del destino humano, que son el descubrimiento de la sexualidad, entendida como factor formativo y hasta de humanización, y el de la conciencia de la muerte como compañera insoslayable de la propia condición humana.

   Mesopotamia está considerada como la primera civilización de la humanidad y nos ha legado un importante acervo literario, que los especialistas estudian con empeño, en el que el erotismo y el amor poseen un papel considerable. Gracias a esto, comprobamos que a nuestros antepasados les conmovían la belleza, la juventud y la pasión igual que a nosotros, y que eran capaces de hablar con elocuencia de la dulzura, las caricias, el estremecimiento y el placer, pero también de los celos, el miedo, el abandono y el desamor. Dentro de esta literatura, de la que por desgracia queda poco, nos centraremos en su obra más importante: el poema de Gilgamesh.

   El poema de Gilgamesh es una epopeya babilónica escrita en lengua acadia que data del siglo XIII a. C. Acadia era la parte norte de Babilonia y Sumeria era su parte sur desde el tercer milenio a. C., en donde ambos pueblos se habían asentado en el milenio anterior. El poema se atribuye a un sacerdote llamado Sin-leqi-unninni, aunque se basa en diversas versiones anteriores redactadas en distintas lenguas semíticas antiguas, como el sumerio, que en algunos casos se remontarían hasta el primer tercio del segundo milenio antes de Cristo. Con el tiempo los sumerios y los acadios habrían acabado por convivir en las tierras babilónicas y así habrían formado la civilización híbrida de Mesopotamia, como la denominaba el eminente asiriólogo francés Jean Bottéro.

   El poema se perdió con el paso del tiempo y fue redescubierto a mediados del siglo XIX en la biblioteca de las ruinas del palacio del rey Asurbanipal (668-627 a. C.) por un explorador inglés llamado Austen H. Layard. La escritura cuneiforme en la que estaba escrito fue descifrada por varios especialistas en 1857 y nueve años más tarde George Smith, que era conservador de Museo Británico, tradujo las tablillas del poema de Gilgamesh descubiertas hasta entonces. Los fragmentos más antiguos datan aproximadamente del año 2100 a. C. y están escritos en sumerio, una lengua tan distinta del acadio como pueda serlo el chino del español. Hay una versión paleobabilónica de más o menos el año 1700 a. C. y por último está la versión estándar, la de Sin-leqi-unninni.

   La epopeya fue traducida y luego se le han ido añadiendo nuevos descubrimientos de textos cuneiformes, así que de hecho no puede decirse que se trate todavía de una tarea acabada pues podrían aparecer nuevos fragmentos. Se estima que constaba en total de unos tres mil versos y que lo que conservamos no llega a los dos tercios.

   El protagonista es Gilgamesh, el más famoso de los reyes de Uruk, ciudad situada en el desierto entre Bagdad y Basora. Se trata de un ser que tiene sometido a su pueblo, pues nadie es tan poderoso como él, y que podría estar inspirado en un personaje real que habría vivido en el siglo XXVII a. C., es decir, antes de la construcción de la Gran Esfinge o la Gran Pirámide de Keops.

   El poema, que es la obra literaria más importante de la cultura babilónica, versa sobre el heroísmo, la amistad, la soledad, la sexualidad y en el fondo sobre la preocupación por la muerte y el más allá. Para los hombres de Mesopotamia morir suponía caer en el inframundo, en un lugar subterráneo y tenebroso, en el que la existencia era precaria y triste, en el reino de la lúgubre reina Ereshkingal, que inspira terror tanto a los hombres como a los dioses

Sherlyn-Chopra-

SHÁMHAT Y ENKIDÚ

Gilgamesh es el más célebre de los reyes de Uruk, dos tercios divino y uno humano. Es perfecto por su fuerza, soberbio y sin par en cuanto a su majestad. Su figura medía once codos de altura, la anchura de su pecho era de nueve palmos y la longitud de su miembro de tres. Pero también es prepotente, altivo y tiránico, aunque con el tiempo y la experiencia cambiará, tiene sometido a su pueblo, que vive aterrado, y abusa de las doncellas.

Eso provocó la queja de sus súbditos ante los dioses del cielo que, tras oír sus súplicas, convocaron a la diosa Mah, madre de Gilgamesh, para que concibiera otra criatura que pudiera luchar contra él. Mah creó sola al héroe Enkidú, que será el coprotagonista de la historia. Enkidú es un ser salvaje que está cubierto de pelo por todas partes, desnudo como los animales, ajeno a la compañía humana, que habita y se alimenta con las bestias y que posee una fuerza extraordinaria y sobrehumana. No vive en la ciudad sino en la estepa y en el bosque, al margen de la civilización, en tierras que en todo caso estaban habitadas por nómadas que se dedicaban al pastoreo y la caza.

Enkidú no deja pastar a los rebaños ni deja tranquilo al cazador, que no puede utilizar sus trampas y ejercer su profesión. Ante las quejas de este, su padre le dijo que en Uruk habitaba Gilgamesh y que no había nadie tan poderoso como él. Le recomendó que fuera a buscarlo para que le contase cómo era el salvaje de la montaña y que le pidiera ayuda a la hieródula o prostituta sagrada Shámhat para que le acompañase en su cacería. Le aconsejó que cuando Enkidú fuera a beber con su manada, hiciera que ella se quitase su vestido y le enseñara sus formas de mujer.

Como observa Stephen Mitchell, que ha realizado una versión en verso de la obra al inglés, se trata de una recomendación sorprendente porque lo que cabría esperar es que el poderoso rey hubiese enviado el ejército para capturarlo. Sin embargo, Gilgamesh sabe de alguna manera que Enkidú necesita ser sometido y que la única manera de hacerlo es mediante el poder de la sexualidad.

Así procedió el cazador y Gilgamesh le permitió que se marchara con Shámhat en busca del salvaje Enkidú. El término acadio shámhat significa «la bien dotada en carnes» o «la de gran apariencia física», algo muy adecuado para el oficio de prostituta sagrada que ejerce esta fémina. Como observa Mitchell, no poseemos una palabra adecuada en nuestra lengua para describir cuál es su función. Shámhat es una harimtu, una mujer segregada, excluida, tabú, que vive aparte, en un prostíbulo anejo al templo, cuya diosa es Ishtar, la gran prostituta sagrada. Dedica su vida a lo que los babilonios consideraban el misterio sagrado y gozoso de la unión sexual.

Isthar era la diosa del amor, y también la benefactora de Uruk, que se conocía como la ciudad de las mujeres bellas y voluptuosas, de las cortesanas sagradas. Se trata de la diosa más importante del panteón acadio. Era la diosa del amor, del amor erótico de los amantes y de las cortesanas. Era madre de otras diosas, progenitora universal y dueña de una pasión ardiente y versátil. Se identificaba con el planeta Venus, el astro más brillante, y luego adquirió la condición de diosa de la guerra.

isthar

Hay un bello Himno a Ishtar de finales del siglo XVII a. C., que nos da una idea bastante cabal de la importancia y el papel de esta diosa, que comienza así:

«Alabada sea la diosa, la más temible de las diosas.

Reverénciese a la dueña de los pueblos, la más grande de las divinidades.

Alabada sea Ishtar, la más terrible de las diosas.

Reverénciese a la reina de las mujeres, la más grande de las divinidades.

Está vestida de placer y amor.

Está henchida de vitalidad, encanto y voluptuosidad.

Isthar está vestida de placer y amor.

Está henchida de vitalidad, encanto y voluptuosidad.

De labios es dulce; hay vida en su boca.

A su aparición el júbilo es completo.

Es gloriosa; hay velos echados sobre su cabeza.

Su cuerpo es bello; sus ojos brillantes[1]».

La prostitución sagrada parece que era una forma de culto aceptada y considerablemente extendida en Babilonia y en otras civilizaciones del entorno. En el propio poema, Shámhat le cuenta a Enkidú cómo charlan y ríen las sacerdotisas de Isthar delante del templo, animadas por la idea de los placeres del sexo, dispuestas a servir a los hombres para honrar a la diosa. Como señala Mitchell, su risa y su dicha sexual son para el poeta una de las principales glorias de la civilización.

Las hieródulas poseerían un alto reconocimiento social en Babilonia, disfrutaban de una buena educación y se consideraban iguales a los hombres. Ishtar —la sumeria Inanna— era asimismo la diosa protectora de las prostitutas y de los amores extraconyugales, que parece que carecían de connotaciones negativas en Babilonia, ya que el matrimonio era un contrato que perpetuaba la familia como base de la sociedad y fuente de riquezas, pero en el que no se hablaba de amor o de fidelidad amorosa.

El origen de esta práctica de la prostitución sagrada, que hay que indicar que ha sido cuestionada por algunos investigadores, no está muy claro. Puede que se debiera a la extensión social del derecho de la primera noche, por el cual el rey tenía la potestad de desflorar a toda recién casada; tal vez fuera una especie de imitación de la unión sagrada de Ishtar con su hijo, o simplemente se habría instituido a partir de la utilización de prisioneras de guerra para prestar tales servicios.

Cuenta Heródoto en su Historia —aunque los datos que poseía sobre Babilonia eran con frecuencia imprecisos, incompletos o fantasiosos— que la costumbre más vergonzosa de los babilonios era la de ofrecer una vez al año a toda mujer del país en el templo de esta diosa para que se entregar al primer hombre extranjero que la solicite a cambio de un óbolo, sin posibilidad de rehusarlo. Y agrega que las que son bellas y de buen tipo regresan pronto a casa pero que hay otras que deben esperar incluso años (I, 199).

Para lograr sustraer a Enkidú de su estado salvaje y civilizarlo, Gilgamesh piensa que no hay más solución que hacer que una mujer lo introduzca en los placeres de la sexualidad y de la vida cultivada. Tres días estuvieron de camino Shámhat y el cazador hasta llegar al lugar donde solía abrevar Enkidú y dos días más lo estuvieron esperando hasta que apareció con la manada. Entonces el cazador le dijo a la hieródula:

Sin título-1

«¡Es él, Shámhat, descubre tu regazo,

ofrécele tu sexo, que goce de tu posesión!

¡No temas, disfruta de su virilidad!

Cuando te vea, se echará sobre ti.

Suelta tus vestidos, que se acueste contigo.

Haz al salvaje tu oficio de hembra.

Lo rehuirá la manada que con él creció en la estepa.

¡Se prodigará en caricias, te hará el amor!»[2].

Entonces Shámhat dejó caer su vestido y le mostró a Enkidú sus rotundas formas, las que daban lugar a su nombre, y su sexo de mujer. Este se abalanzó sobre ella, que ejerció con Enkidú su oficio de hembra, y gozó poseyéndola, y ella no temió su condición salvaje y gozó con el sexo de él. Ambos copularon durante seis días y siete noches, hasta que Enkidú se hubo saciado de gozar de ella[3].

Luego, cuando Enkidú quiso volver a la manada, los animales lo rehuyeron pues ya no lo reconocían. Debilitado, sin fuerzas en las piernas, Enkidú ya no era el de antes, pero en cambio había madurado y alcanzado una amplia inteligencia. De esta manera quedaba, como señala Franco D’Agostino, purificado por el conocimiento que le proporciona el placer del acto sexual.

En cuanto a Shámhat, por atemorizada que pudiera sentirse al aproximársele aquel ser bestial, lo acoge amorosamente y permanece junto a él hasta que sacia su deseo y agota su potencia, proeza que puede compararse con la de los héroes masculinos de la obra.

Enkidú se volvió hacia Shámhat y se sentó a sus pies, mirándola como tal vez no lo había hecho antes, mientras ella le hablaba. La capacidad formativa de la hieródula entra en una nueva fase a través de la palabra. Shámhat actuó con un cuidado paciente y amoroso, y le dijo que era hermoso y que parecía un dios, y le preguntó por qué quería volver con las bestias. Le propuso partir con ella a Uruk, donde Gilgamesh tiranizaba a su pueblo, y él le respondió que iría y que retaría a Gilgamesh a un terrible combate.

Observamos así en este antiquísimo poema babilonio la idea atrevida, brillante y profunda de cómo es la sexualidad la que humaniza y da sabiduría, idea esta diametralmente opuesta a una larga tradición que ha visto en ella un factor de animalización. Primero se produce ese cambio atrayendo al salvaje Enkidú hacia el mundo civilizado y alejándole de la manada, a través del trato erótico con una mujer versada en esa materia e investida por ello de un reconocimiento social propio. Luego, a través del trato especial de la conversación y la convivencia íntimas.

Si bien el profesor Joaquín Sanmartín es de la opinión de que, en una sociedad tan tradicional como la babilónica de la época, la idea de que el individuo se socializa a través del trato con una prostituta, aunque fuera sagrada, debió construir una provocación[4], esa misma primera cópula de Enkidú tiene por sus efectos algo de sagrado. También para Platón, como estudiaremos más tarde, la unión entre el hombre y la mujer es de naturaleza divina, pero en este caso por llevar consigo la generación de algo inmortal en la medida en que es posible para unos seres mortales.

Decía Eurípides en Hécuba que de la penumbra y los amores nocturnos nace entre los mortales la mayor gratitud. Hoy sabemos, a través de los descubrimientos de la biología y de la antropología, que la sexualidad humana, por su forma de ser, con los periodos fértiles femeninos ocultos, además de la función biológica reproductiva propia del sexo, sirve para unir y reforzar los vínculos personales y comunitarios, y es uno de los pilares de la sociabilidad humana —y desde luego somos una especie eminentemente social—, de una forma tan poderosa que nos resultaría muy difícil de concebir cómo podría ser nuestra vida social sin su concurso. Seguramente no sería tan intensa como de hecho lo es, lo que supondría que no se habría desarrollado a lo largo de nuestra evolución el lenguaje ni la inteligencia tal como son. La sexualidad potencia los lazos afectivos y a su vez estos potencian los vínculos sexuales, y ambos aumentan la adecuación biológica de una especie con una larga infancia, que precisa de una gran inversión parental hasta que se adquiere la autonomía personal[5].

Shámhat le habla después a Enkidú de Uruk, de la ciudad, de la civilización, y le cuenta que cada día es una fiesta, cómo se visten las jóvenes, cómo realzan las prostitutas sus formas, engalanan sus encantos y sacan del lecho a los notables, y le lanza un puyazo para ver si reacciona:

«¡Bah, Enkidú, qué sabes tú de la vida!

Te conduciré a Gilgamesh, un hombre que la goza.

Velo a él, míralo de frente.

De aspecto varonil, pletórico de vida.

¡Rebosa seducción su cuerpo todo!

Y en poder te sobrepasa.

No descansa de día ni de noche» (I, v, 206 y ss.).

DESCARGAR EL POEMA DEL GILGAMESH AQUÍ:

Anónimo – El poema de Gilgamesh

Shámhat le habla a Enkidú de unos extraños sueños que tuvo Gilgamesh y que su madre interpretó en el sentido de que en la vida de este aparecería un amigo fiel e inseparable. Luego, después de haber copulado una y otra vez, Shámhat y Enkidú se encaminaron hacia Uruk, cubriendo aquella a este en un delicado gesto con parte de su ropa. Enkidú no sabía comer pan ni beber cerveza, solo leche. Aprendió a lavarse y aplicarse ungüentos perfumados. Parecía ya un hombre. Combatió a los lobos y los leones, y los pastores pudieron descansar tranquilos.

Después prosiguieron su camino hacia Uruk y Enkidú oyó hablar de Gilgamesh a un joven que iba a encargarse del banquete de una boda, que le contó que este tenía derecho de la primera noche sobre las recién desposadas, algo común en la época, y Enkidú se enojó en su interior.

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ENKIDÚ Y GILGAMESH

Cuando por fin llegó a Uruk, se produjo la lucha colosal entre los dos héroes, muy fuertes ambos, aunque algo más bajo Gilgamesh, que se trabaron como toros, y así estuvieron hasta que finalmente que Gilgamesh venció y Enkidú acepto su superioridad, forjando a partir de ese momento un reconocimiento mutuo que daría lugar a una gran amistad, que los llevaría a acometer juntos grandes e importantes proezas.

La diosa Ishtar se fijó en Gilgamesh y lo encontró un hombre atractivo. Deseó que fuera su marido y que le brindara su vigor sexual. Le ofreció su cuerpo voluptuoso así como riquezas, poder y títulos. Sin embargo, Gilgamesh la rechazó para sorpresa de ella, que no estaba acostumbrada a tal trato. El héroe se había dado cuenta de que los amantes que había tenido la diosa habían acabado mal y le dijo que era fría, voluble y de poco fiar, que nunca había querido a nadie para siempre, que no había dejado a nadie escapar de sus redes y que había tenido un sinnúmero de amantes.

Ishtar se sintió profundamente ofendida y le pidió al padre de los dioses, a Anu, que lo matara. Anu creó un feroz toro del cielo, capaz de deshacerse de centenares de hombres con su terrible bramido, pero Gilgamesh logró darle muerte con la ayuda de Enkidú. Esta ayuda suponía una intromisión de Enkidú en los designios divinos y habría de costarle cara. Enkidú descubrió que estaba condenado a muerte y se revolvió contra el cazador y contra la hieródula Shámhat, a la que maldijo asegurándole que nunca podría construir un hogar, que acabaría convertida en una vulgar ramera, vendiendo su cuerpo por los caminos y soportando que los borrachos le vomitasen encima. Pero intervino en favor de ella Shamash, el dios de la justicia, y le recordó a Enkidú todo cuanto había hecho Shámhat por él, y este se arrepintió.

Al final murió Enkidú, y esto afectó muchísimo a Gilgamesh, pues así tomó conciencia de la fragilidad de la vida y de la inevitabilidad de la muerte, que ni siquiera a los más valientes y poderosos perdona. A partir de ahí Gilgamesh decidió buscar a Utanapíshtim para que le revelase el secreto de la vida y la muerte, ya que los dioses le habían concedido el don de la vida eterna por haber salvado a la humanidad una vez.

Por eso, Gilgamesh decide emprender un viaje al lugar a donde nadie ha llegado. Así inicia un largo recorrido a través del camino del sol hasta el océano cósmico. Allí llega triste, cansado, castigado por el frío, por el calor y por el hambre, demacrado, herido por el descubrimiento de que también él es mortal:

¡«Enkidú, a quien tanto amé,

quien conmigo pasó tantas pruebas,

llegó a su fin, destino de la humanidad!

Seis días y siete noches

lloré por él,

y no le di sepultura

hasta que de su nariz

cayeron los gusanos.

¡Tengo miedo de la muerte y aterrado

vago por la estepa!

¡Lo que le sucedió a mi amigo

me sucederá a mí!» (X, v, 13 y ss.).

Gilgamesh tiene la suerte de que una mujer le explica cómo llegar hasta la morada de Utanapíshtim. Cuando lo logra, este le pregunta por qué se ha dejado invadir por la tristeza y la desazón si los dioses lo hicieron en parte humano y en parte divino. A ello le responde Gilgamesh con una impresionante elegía sobre la fugacidad de la vida:

«A la muerte nadie le ha visto la cara.

A la muerte nadie le ha oído la voz.

Pero cruel quiebra a los hombres.

¿Durante cuánto tiempo construiremos una casa?

¿Durante cuánto tiempo sellaremos contratos?

¿Durante cuánto tiempo los hermanos compartirán lo heredado?

¿Durante cuánto tiempo perdurará el odio en la tierra?

¿Durante cuánto tiempo sube el río y corre la crecida?

Las efímeras que van a la deriva sobre el río,

apenas sus caras ven la cara del sol,

cuando pronto ya no queda ninguna.

¿No son acaso semejantes el que duerme y el que está muerto?

¿No dibujan acaso la imagen de la muerte?

En verdad el primer hombre era ya un prisionero.

Desde que me bendijeron los dioses no han bendecido a nadie más.

Los grandes dioses (…) determinaron la vida y la muerte,

pero de la muerte no se ha de conocer el día» (X, VI, 14 y ss.).

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Gilgamesh quiere saber por qué el consejo de los dioses le otorgó a Utanapíshtim la vida eterna y este accede a explicárselo. Los dioses habían decido enviar un gran diluvio sobre la tierra y le ordenaron a Utanapíshtim que construyera una gran embarcación y que en ella guardara semillas de todas las formas de vida, incluida su familia. La historia la toma el poema de una obra llamada la Atráhasis y a su vez los hebreos la incluyeron en el Génesis, como tantas otras cosas de Mesopotamia, dando así lugar a la historia bíblica del arca de Noé (Gn. 7-8). Seis días y siete noches duró el diluvio tras los cuales la tierra se había aplanado y la especie humana había desaparecido. Por eso premiaron los dioses a Utanapíshtim y a su esposa con la vida eterna.

El secreto de la misma es que había una planta en un lugar del fondo del abismo que rejuvenecía a quien la tocaba. Gilgamesh descendió a por ella e incluso la arrancó, pero, mientras se bañaba, la serpiente se apoderó de ella y ya no pudo recuperarla:

«Entonces Gilgamesh se sentó a llorar.

Por sus mejillas corrían las lágrimas

tomó la mano de Urshanabí, el barquero:

¿para quién, Urshanabí, se fatigaron mis brazos?

¿Para quién se derramó la sangre de mi corazón?

No encontré la felicidad para mí mismo[6]».

Aunque hay alguna tablilla más, puede decirse que así concluye esta historia de amor y muerte, de heroísmo y amistad, de alegría y de tristeza, de hombres y de dioses, de seres salvajes y civilizados.

La obra nos habla del poder humanizador de la sexualidad, de su capacidad primigenia para sacarnos del estado de barbarie, y de interesarnos humanamente por otros seres humanos. La obra nos habla de la capacidad de la sexualidad para proporcionarnos placer, conocimiento y entendimiento, pero también de remitirnos a un mundo en que tomamos conciencia de nosotros mismos, con la importancia que esto tiene y a la vez con lo terrible que eso es, al ponernos frente a nuestra condición menesterosa y finita, cuyo desafío mayor e insoslayable es la propia muerte, esa muerte de la que toma aguda y dolorosa conciencia el poderoso héroe Gilgamesh cuando descubre que ha fallecido Enkidú, su amigo, su alter ego, esa muerte que cree vencer en un momento de la epopeya, pero cuya clave se le escapa por accidente de las manos.

(Este texto es tomado del libro El Eros en la Antiguedad de Francisco Javier Gea Izquierdo, Edición digital de Espaebook)

el amor en la antiguedad

 

 

 

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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