Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Erotismo en el mundo antiguo IV. Erotismo y placer –

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Esta actitud hacia el placer proporcionado por la estética describe muy bien el carácter hedonista del pueblo mediterráneo, siempre dispuesto a dejarse llevar por los sentidos.  Quizá por ello, en tiempos de Homero, la palabra griega para amor designaba no sólo el deseo sexual sino el apetito de comer y beber, y servía para describir cualquier impulso relacionado con el placer de la vida (idoní).  Un temperamento así es propio de una raza sensual que canta a la vida y especialmente al amor.  El filósofo Empédocles decía que en los tiempos más remotos, la humanidad veneraba a la diosa del amor y estaba tan libre de hipocresía que las leyes parecían hechas para que el individuo disfrutara de la vida, no para amargársela.  También, Píndaro, sin cortarse un pelo, decía que en primer lugar hay que buscar la felicidad y luego la reputación. 

En el marco de esta filosofía es lógico que cobrara especial importancia el simposio o banquete, una institución masculina que congregaba a los amigos para beber ceremoniosamente.  De algunos salieron tratados de filosofía; pero otros sólo aspiraban a la diversión y expresión vitalista de la alegría.  Los invitados eran recibidos por esclavos que los coronaban con guirnaldas de hiedra, los descalzaban y lavaban los pies.  Luego los conducían al comedor donde se reclinaban en divanes en tomo a unas mesas bajas con manjares.  Cuando todos se habían saciado llegaba el vino.  Lo ideal es que el encargado de organizar el banquete mantuviera a todo el mundo en el punto óptimo de su euforia etílica.  La cultura del “termino medio” exigía que no estuvieran demasiado alegres, ni demasiado melancólicos, para no arruinar la fiesta.  Para ello se aguaba el vino.  Beberlo sin rebajar era, según Homero, “beber a lo bárbaro”.  Y Platón también recomendaba beberlo moderadamente porque en exceso “hace aflorar los malos instintos”. 

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En una cultura así, el erotismo franco había de ocupar un espacio fundamental en la vida cotidiana.  Es por ello que, además de las esculturas religiosas, se han hallado tantos objetos eróticos cuyo propósito principal era la estimulación sexual, o provocar la risa y el alborozo.  Ese tipo de ilustraciones es propia de las vasijas decorativas, tanto entre los griegos como los romanos, y muestra sobre todo escenas de copulación heterosexual.  En la decoración de la cerámica griega, de los años 425 y 388 a. de C., se pinta sobre todo a la pareja de pie y el hombre situado a la espalda de la mujer, poniendo de manifiesto la fascinación helénica por el trasero y sus movimientos, pero los griegos conocían todas las posibles posturas del amor, como lo demuestra que con el tiempo desarrollaran un vocabulario especializado para referirse a ellas.  Así, “el gatito” designaba el acto sexual con el hombre y la mujer de pie.  “La grulla” describía cuando ella levanta las dos piernas; mientras que el quedarse ambos de pie con la mujer, de espaldas al hombre y apoyando las manos en el suelo se llamaba “dejando pastar la oveja”.  Aristófenes nombró doce posturas sexuales fundamentales en un pasaje de “Las ranas”, llamándolas “las posiciones de Cirene”, aunque los griegos conocían muchas más.  Un manual célebre que recoge muchas de ellas es el atribuido a la hetera Elephantis, a la que alude el historiador Suetonio al hablar de los vicios del emperador Tiberio en Capri. 

En el Renacimiento italiano, la imitación de los libros de posturas griegos dio lugar a otros manuales como I modi;  colección de dieciséis láminas que reproducen otras tantas posturas sexuales acompañadas de los sonetos explicativos de Pietro Aretino.  Se cuenta incluso que existe también un catálogo de posturas homosexuales que se conserva en un manuscrito de la Biblioteca Vaticana.

También el arte romano, en el que abundan menos las escenas de homosexualidad, aparte de algunas lámparas con escenas sexuales, parece que el tema fue tratado de forma más humorística, nos ha dejado numerosas escenas de actividad heterosexual, diseñadas sin duda para dar alas la imaginación de los clientes en los prostíbulos o de los convidados a los banquetes, a los que también asistían heteras.  En definitiva, de las fuentes materiales que la arqueología nos ha proporcionado podemos concluir sin ninguna duda que los hombres que vivieron hace más de dos mil años en nuestro familiar Mediterráneo no tenían el miedo al pecado sexual que ahora tenemos nosotros, Y de su cerámica, cuya decoración reproduce escenas masturbatorias muy notables, se deduce también que el autoplacer les parecía un desahogo cómodo y natural. 
Existen raras alusiones directas a la masturbación femenina, pero parece que griegas y romanas usaban mucho del consolador (ólisbos) cuya presencia es común en las ilustraciones de cerámica.  Así, en un cuenco de Panfeo, perteneciente a las colecciones del Museo Británico, se ve a una hetera desnuda que sostiene dos ólisbos.  Y en otro, procedente del taller de Eufronio, se ve una dama que se introduce en la vagina uno de estos artefactos. Un objeto ovoide, visible en las cerámicas, y que lleva la mujer en la mano es una aceitera, que servía para lubricar el falo. 

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Algunos han querido ver en estas escenas las fantasías sexuales del varón, principal autor y consumidor de esta cerámica pornográfica.  Ya se sabe que el hombre arrastra el prejuicio machista que lo lleva a asociar el placer femenino con el falo, pero lo cierto es que en Mileto existían numerosos y reputados fabricantes de consoladores que exportaban sus productos a todo el mundo griego y también al bárbaro.  Mientras que de la masturbación lésbica digital sólo se ha hallado un testimonio pictórico en una copa del genial pintor Apolodoro (fechada hacia el 500 a. de C.) que se encuentra hoy en el museo arqueológico de Tarquinia.

 
Como no podía ser de otra manera en un pueblo que ama el placer sexual, los griegos eran totalmente contrarios a la castración, practicada por los pueblos orientales y adoptada después por los romanos.  En cambio, apreciaban mucho el órgano masculino bien formado, como se desprende de la cerámica.  Y también veían con extrañeza a los pueblos circuncisos como egipcios, orientales y semitas.  Ellos admiraban el prepucio largo, porque permitía infibularlo, una operación bastante frecuente que consistía en echar el prepucio para adelante lo que diera de sí para atarlo con una cuerdecita o una banda como si se tratara de la boca de un saco.  Los atletas practicaban la infibulación para evitar un descapullamiento accidental, lo que podría desgraciar el delicado glande.  En algunas pinturas aparecen sátiros infibulados, pero se trata de un chiste, ya que los sátiros no hacen deporte y siempre están en erección.  Entre los romanos la infibulación era utilizada con fines distintos.  Algunos amos celosos gustaban de instalar un pasador o anilla fija en el prepucio de sus esclavos domésticos en edad de merecer para evitar que pudieran copular con el ama, hijas o esclavas de la casa.  Es seguramente uno de los antecedentes más claros de lo que hoy se conoce como “piercing”. 

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La actitud desinhibida de los pueblos grecorromanos frente al sexo está presente en todas las comedias de Aristófanes, plagadas de situaciones picantes que hacían las delicias del público, pero no hay que ver en la práctica abierta de la sexualidad ningún tinte de perversión.  Como en cualquier sociedad probablemente hubo sus excepciones, pero culturalmente ni siquiera el incesto fue normal entre griegos y romanos como lo fue entre egipcios, aunque hay que distinguir entre el incesto de los dioses y semidioses y el de los humanos. El de los primeros no se censuraba porque ocurría en un plano sobrenatural.  Aunque en el siglo V se produjeron algunos matrimonios entre hermanos de familias muy ricas para no dispersar la herencia, pero estas uniones eran sólo burocráticas y fueron objeto de censura social hasta que desaparecieron.

 
Este era el mundo en que vivían romanos y griegos.  Un universo en el que la sensualidad tenía su lugar tanto en la religión, como en el arte, la comida o las reuniones entre amigos, y podía expresarse sin cortapisas.  Hacia el 300 a. de C. en el periodo de decadencia griega, cuenta Plutarco que los navegantes oían una voces misteriosas en alta mar anunciando la muerte del dios Pan.  Su desaparición presagiaba la muerte de los dioses y el advenimiento de una nueva era cuya llegada espantaba al mundo clásico.  Las duras luchas del cristianismo contra el paganismo acabaron sepultando las costumbres dionisiacas bajo un manto de hipocresía más espeso que el que la lava de ningún volcán pueda construir.  Habrá que desescombrar mucho para encontrar el manantial de vida que los griegos y romanos supieron ver en la sexualidad y dejar que brote la fuente inagotable del placer.

Falos: amuletos contra el mal de ojo

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Entre los griegos y romanos, así como Egipto y babilonia, el falo, como este ejemplo romano que aparece en la foto, fue considerado como un poderoso talismán propiciador de abundancia, fecundidad y buena suerte.  Ello explica que durante las fiestas primaverales en honor de los dioses de la fecundidad y la vegetación, el falo fuera llevado en procesión para atraer la fecundidad de la naturaleza sobre las cosechas y animales.

Asimismo fue considerado como un infalible amuleto que protegía contra las miradas envidiosas, portadoras del mal de ojo.

Los falos colgaban también en los dinteles de las puertas contra los malos espíritus, y eran asimismo dibujados en las paredes exteriores de las casas, incluso en las aceras frente a las puertas,  o en las obras públicas, como acueductos, termas, vías o en los puentes con la finalidad de que estos edificios fueran protegidos del ataque de enemigos o de la destrucción provocada por las inclemencias del tiempo y los elementos naturales.  Según la historiadora Ana María Vázquez Hoys, que ha sistematizado en un ensayo la tipología de amuletos fálicos en España, es posible ver estos falos Protectores pintados en nuestro país.  En algunas obras romanas como las murallas de Ampurias y Cástulo, así como en el puente romano de Mérida.  En esta misma ciudad de los Milagros, en su arco central.  Y También los hallamos en sillares de edificios en Clunia, Córdoba, Usama y Caparra; así como en lámparas en Tarragona y Bucellas, sin olvidar los botijos de Andalucía cuyo pitorro es un falo.

Zoofilia, sadismo, exhibicionismo

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Lámpara de aceite hecha en terracota y hallada en Pompeya, del siglo I de.C. que representa a Príapo (Museo Arquelógico de Nápoles)

La tapa de bronce (s. I a.de C.), que vemos en la ilustración de la página siguiente, nos hace pensar en un mundo de gustos eróticos refinados que bien pudieron haber caido en la depravación.  Y ciertamente, en Roma y en Alejandría la degeneración sexual se extendió como la pólvora.  Ahora bien, en toda la historia de la Grecia antigua, ni siquiera buscando con lupa, aparecen tantos casos de desviaciones sexuales como tenemos en la actualidad.  Es cierto que existen indicios de flagelación en ciertos cultos religiosos, como los latigazos que se aplicaban a los jóvenes espartanos ante el altar de Artemis Ortia.  Pero, el masoquismo brilla por su ausencia.  También el travestismo, si exceptuamos el episodio mitológico en que Onfale, reina de Lidia, hace a Hércules vestirse de mujer y realizar labores domésticas.  Y no se les puede acusar de exhibicionistas por más que se mostraran desnudos en gimnasios y baños, pues también eran pudorosos.  Ulises en la Odisea, (VI, 128 y 129) se cubre apresurado sus vergüenzas ante la cercanía de Nausicaa y sus esclavas.

Por otra parte, aunque en algunas fábulas y vasijas vemos a mujeres copulando con burros o cerdos, es posible que estas escenas no demuestren hábitos eróticos extendidos y se trate solo de imágenes pornográficas dibujados por el artista para deleite de caprichosos clientes.  Si bien en la mitología encontramos el caso de Pasifae, la reina cretense esposa de Minos que se enamoró de un toro y consiguió que Dédalo le construyera un artefacto con forma de vaca hueca para seducir al animal escondida en su interior.  Así concibió al Minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre.  Otro caso mitológico de bestialismo es el de Centauro, un ser nacido de de la unión de Ixión con una nube fabricada por Zeus con la figura de Hera;  pues Xión estaba enomarado de ella.  Su ayuntamiento con las yeguas de Magnesia dio como fruto hijos que eran mitad equinos y mitad humanos.  Esta fuera de toda duda que el bestialismo era practicado por los pastores sicilianos.  Y si hemos de creer a Heródoto, en Mendes, Egipto, las mujeres se dejan montar por machos cabríos, animales asociados al espíritu de la vegetación, cumpliendo un antiguo rito.

Todas las fotos y los textos están tomados de la revista MISTERIOS DE LA ARQUEOLOGÍA Y DEL PASADO.     Año 2 / Núm. 16  1998
Artículo titulado:  SEXO EN EL MUNDO CLÁSICO.

http://www.leopoldoperdomo.com/erotismo.html

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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