Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Erotismo y pornografía – Jacobo Vázquez

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erotismo y pornografía 01

“Si yo fuera objeto, sería objetivo; como soy sujeto, soy subjetivo”.(José Bergamín)

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En los dominios eróticos, la moral es marginal. ¿Quién sostiene principios en “alas del deseo”?

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Las “buenas conciencias” creen, bajo el estricto régimen de su decencia, que lo obsceno está allí donde se escandalizan por su (hipócrita) seguridad amenazada. No quieren saber que la palabra sólo expresa la crudeza sexual de la condición humana.

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La perversión es reina del erotismo, implica una búsqueda fuera de los cánones morales; lo obsceno surge cuando se desprecia al cuerpo. Perversiones y obsesiones son preciado material del arte.

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Pervertir es subvertir. Es encontrar, por ejemplo, que el maullido de un gato puede ser también la metáfora auditiva del orgasmo femenino. “La belleza no es más que la suma de conciencia de nuestras perversiones”: Salvador Dali.

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Muy sutiles, insospechados, son los límites entre la pornografía y el erotismo. La censura, el reproche moral, la prohibición, tienden a volver confusas estas líneas divisorias.

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El erotismo es una exploración en el misterio de los cuerpos y los deseos; la pornografía es el sexo en bruto sin el ornamento trabajoso del intelecto.

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El erotismo es libertad transgresora: rehúye la moral vigente para idear sus propios códigos éticos basados en la belleza; la pornografía es el resultado de mentes enajenadas por las medidas autoritarias de las instituciones.

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El erotismo es satisfacción de los sentidos y sed constante de horizontes; la pornografía encuentra la saciedad que adormece, introduciendo a sus practicantes en un círculo enfermizo.

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El erotismo es ilusión; la pornografía realidad. En el primero, tocar es imaginar; en la segunda, es ponerse a gemir.

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El erotismo es peligroso para las costumbres sexuales (y sociales) existentes porque aborda el sexo desde los múltiples ángulos de la imaginación; la pornografía es un medio eficaz en el sostenimiento de una sociedad represiva, se alimenta del rótulo de “prohibido” que los censores y las buenas conciencias le adjudican.


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Cuando el erotismo escapa de la censura sólo es porque los “inspectores de la moral” son generalmente ciegos a los refinamientos del arte.

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En la pornografía el hombre es un “macho” capaz de “cogerse” a cien mujeres. En el erotismo, ese mismo hombre está perdido entre las sensaciones que ya no acierta a identificar si pertenecen al género de lo masculino o lo femenino (¡Oh, no creáis en la unidad del hombre: Dostoievsky!). Porque, al igual que en la escritura, las marcas del erotismo son la herida y la seducción.

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En la pornografía, la mujer es una “conejita” insaciable; en el erotismo es un abanico de reflejos impredecibles.

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¿La pornografía no es más bien una incapacidad de sentir, con todos los riesgos que ello implica? ¿Lo porno no es así una impotencia hacia los contactos que llevan a desgarramientos?

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La pornografía nace de los instintos, pero es una enfermedad de la civilización. Sexo de moda, sexo moderno hecho de cartón y consumismo. Frío, mecanizado abismo de soledad y amargura.


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Miasma de una sociedad consumista, la pornografía es promiscua reiteración de las costumbres. Lo porno es, por lo tanto, previsible: obscenidad y hartazgo.

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Al erotismo se le puede ver en los ojos de sus víctimas: en la melancolía es Narciso envenenado; en la ebriedad, Edipo realizando oscuros anhelos; en el miedo, temblor de ave al encuentro de profundos espejos.

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La sexualidad se manifiesta bajo muchísimos misterios: magma que sólo es posible desentrañar si vemos con ojos nuevos el esplendor de las sugerencias eróticas.

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El erotismo se basa en las personas. Cuando esta es prostituida a objeto de compra-venta, sin más ingredientes que viejas satisfacciones del instinto (no de los deseos), llegamos a la pornografía de exclamaciones fingidas y obsesivas repeticiones de hechos genitales.

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Dice Roland Barthes: “Me intereso en el lenguaje porque me hiere o me seduce”. ¿No pasa lo mismo con el erotismo? Lo porno, en cambio, se parece a un servicio comercializado de las necesidades primigenias. La pornografía, en el mejor de los casos, cumple una función de retrete.

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El erotismo brota de la belleza. Los poros se dilatan con la brisa desconocida que nos llega de la ventana, entreabierta de una manera inesperada por el viento. El erotismo es así, siempre, una sorpresa tras otra, un develamiento intermitente a base de relámpagos.

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El erotismo apacienta ansias mientras vuela: los amantes se miran a los ojos y, aunque encuentran sólo un espejo, una breve comunión se ha dado.

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El erotismo es capaz de meternos en otra piel, nos reconocemos así íntimos desconocidos; la pornografía nos conecta simple y llanamente con la miseria de la carne.

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Todos los caminos de lo sensual llevan al erotismo. “La sensualidad es un río siempre en espera…”: Pura López Colomé.

25

Huyendo del erotismo, podemos caer en la pornografía; huyendo de la pornografía, refúgiese usted en el erotismo.

Por Jacobo Vázquez septiembre 15, 2015

http://culturacolectiva.com/erotismo-y-pornografia/

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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