Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Erotismo en el mundo antiguo III Misoginia y culto a la belleza – Gloria Garrido

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Aquiles y  Patroclo

“Tenemos a las heteras para el placer, a las concubinas para el uso diario y a las esposas para criar hijos”

No obstante, la institución pederástica degeneró en el siglo IV cuando los efebos empezaron a comportarse como heteras reclamando regalos caros.  A partir de Aristóteles, la pederastia fue perdiendo partidarios entre los pensadores hasta hacerse detestable para los cínicos, estoicos, epicúreos etcétera, aunque nunca faltaron partidarios especialmente entre los poetas, pintores y militares. 

Frente a toda este aluvión de imágenes homosexuales reflejadas en la cerámica griega, las escenas de homosexualidad femenina, en cambio, son mucho más escasas en todo el arte grecorromano.  Tampoco el arte griego, tan minucioso en la representación de los genitales masculinos, manifestó gran interés por retratar los femeninos, aunque aparecen algo idealizados en muchas vasijas corintias.  Y es que todo lo relacionado con la mujer, sobre todo con la mujer madre y esposa, fue apartado en el mundo heleno del arte y la vida pública.

Venus en el baño

La misoginia generalizada tuvo su origen quizá en épocas matriarcales en las que el hombre fue relegado a una posición subalterna, lo cierto es que el desprecio hacia las mujeres fue un componente frecuente de la vida helena, tal y como lo demuestra la comedia ática y el teatro de Eurípides del que Sófocles llegó a decir: “Abomina de las mujeres en sus tragedias, pero en la cama le encantan”.  Y es que el prejuicio antifemenino no incluía el no acostarse con féminas, sino que se dirige sobre todo contra el matrimonio.  Los hombres solían casarse a partir de los treinta años para procrear, pero no solía suceder que hubiera deseo sexual dentro del matrimonio.  El griego sentía por la esposa amistad, cariño, pero no pasión.  Era muy raro que existiera el amor conyugal y normalmente las bodas se concertaban de antemano.  El hecho de que las mujeres tuvieran que aportar una dote al casarse, con la que prácticamente compraban al marido, habla de lo poco que les apetecía a los varones tomar esposa.  Además, cuando ésta era más rica que ellos corrían el riesgo de que les saliera respondona, algo intolerable en una cultura tan masculina, como demuestran los desagradables epítetos tales como “perra”, “cerda” o “lamia”, término este último que designa un demonio chupador de sangre, utilizados para designar a las mujeres dominantes.

La lista de defectos que se achacaba en general a las esposas no era pequeña.  Plauto las acusaba de derrochadoras y dicharacheras;  y a pesar de que la virginidad era requisito exigido a las novias, que de ese modo demostraban su virtud, los hombres estaban convencidos de que la mujer era incapaz de dominar su libido y podía poner en peligro el honor del marido.   Por eso permanecían recluidas en el hogar, sobre todo las de clase alta, ya que las pobres tenían que salir a trabajar.  Esto fomentaba el contacto con los hombres y al mismo tiempo convertía a las mujeres en seres ignorantes  dedicadas  tan  solo  a sus quehaceres domésticos y maternales.  Y sin embargo, que nadie se llame a engaño,aunque como decía Estobeo:  “una esposa es un peso muerto en la vida de un hombre”, fuera del tálamo los hombres frecuentaban con asiduidad a concubinas y sofisticadas heteras, mujeres libres que, a diferencia de las prostitutas vulgares, tenían un solo amante.  “Tenemos las heteras para el placer; las concubinas para el uso diario y las esposas para criar hijos y cuidar la casa”, dice Demóstenes en Contra Neera.  Las heteras eran además mujeres cultivadas, asistían a banquetes y conversaban de temas filosóficos.  Algunas como Aspasia, la mujer de Pericles, o Herpilís, con la que Aristóteles tuvo a su hijo Nicómaco, se convirtieron en mujeres muy influyentes.  Otras de extremada belleza, como Friné, inspiraron al escultor Apeles su “Afrodita saliendo del mar”.

  Réplica de una antigua obra del escultor Timothéos (siglo V a. de C), que se halla en el Museo del Capitolio en Roma y representa a Leda copulando con el cisne.

Prostitución sagrada

Por supuesto, también había prostitutas humildes que cobraban un óbolo por sus servicios; unas mil pesetas de ahora.  Algunas salían a la calle en busca de clientes, para lo cual utilizaban el curioso método de imprimir en la suela de su sandalia la palabra “sígueme”, imprenta que quedaba grabada con facilidad en el barro.  Sin embargo, en los tiempos más arcaicos la prostitución se ejercía únicamente en los templos con una finalidad religiosa que luego se fue perdiendo.  Este tipo de prostitución sagrada tuvo su origen en India y Babilonia.  Se sabe que todas las babilonias debían sentarse una vez en la vida en el templo de Afrodita y unirse con el primer forastero que les echara dinero en su falda y dijera: “Te llamo en nombre de la diosa Milita”; nombre asirio de la diosa Afrodita.  Cualquiera que fuera la cantidad de dinero ofrecida, la mujer no podía rechazar al forastero, y tampoco podía irse a su casa hasta no haber yacido con uno, así que las guapas regresaban a pronto a su hogar, pero las feas podían pasarse hasta tres y cuatro años en el templo. 
    Este tipo de institución estuvo implantado en una u otra forma en Asia Menor, Persia y Egipto.  Los armenios devotos de Anahita ofrecían sus hijas vírgenes a la diosa para que ejercieran como prostitutas hasta el día de la boda:  “Y a ningún hombre les parece deshonroso desposarlas después”, escribió Estrabón en su Geografía.  Griegos y romanos heredaron estas costumbres, y Afrodita Porné, “la Prostituta”, tuvo numerosos santuarios en Chipre, Abidos y Corinto.  También se la veneró en el monte Eryx, en Sicilia, bajo la advocación de Venus Ericina.  Solón instituyó además los prostíbulos de forma que “el oficio más viejo del mundo” generara unos impuestos.  Medida democrática y saludable que permitió, con las ganancias, construir en Atenas el templo de Afrodita Pandemos, patrona de las prostitutas.  
    Las riquezas que generaba el comercio sexual eran tales que según Estrabón, el templo de Afrodita en Corinto mantenía a más de mil mujeres dedicadas a la diosa.  Las muchachas atraían muchedumbres de forasteros que gastaban su dinero alegremente.  De ahí el proverbio:  “No todo el que va a Corinto saca ganancia”.  La prostitución sagrada se mantuvo en esta ciudad portuaria hasta el año 146 a. C. en que fue destruida por los romanos. 
    Sin embargo, y a pesar de la demanda sexual que había de mujeres fuera del matrimonio, y dejando a un lado las maravillosas, pero escasas, Venus que nos han llegado de los escultores del mundo clásico, es preciso señalar que el ideal de belleza de los artistas helénicos no estaba precisamente en las formas del cuerpo de la mujer, sino más bien en el cuerpo de los adolescentes curtidos por la vida al aire libre y el ejercicio.  La belleza casi inaprensible, por lo efímera, de estos efebos, cuyas formas aún inacabadas les confieren un aire ambiguo, fue la ensalzada por los escultores grecorromanos. 
    Notable modelo escultórico de belleza juvenil fue Antinoo, hermoso joven amante del emperador Adriano, que tuvo la desgracia de morir ahogado en el Nilo.  Desconsolado por su perdida, Adriano lo elevó a la categoría de héroe, acuñó monedas con su efigie y puso a numerosas ciudades el nombre de Antinoopolis.  La gracia y apostura de los efebos conmovió tanto a los griegos que los decoradores de cerámica masculinizan la figura de la mujer para acercarla al canon de belleza de sus clientes.

Epístenes, conmovido, intercedió ante Jenofonte por la vida de un mancebo convicto y condenado a muerte, únicamente porque era bello.

Más inquietantes pero también muy hermosas son en este sentido las estatuas y pinturas del periodo helenístico que representan al Hermafrodita, un ser mitológico con cara de mujer y genitales masculinos, de enigmática belleza.  En el arte romano hay también numerosas escenas en las que el dios Pan toma la forma de una ninfa dormida de espaldas, pero deja ver sus genitales masculinos dormidos, adquiriendo así también una constitución hermafrodítica.  
    En otros casos hay sátiros gozando de relaciones sexuales con el Hermafrodita.  “El arte clásico, ha escrito Juan Eslava, es excelente creando monstruos con elegancia y convicción, y este es uno de ellos”.  Podría parecer que este fascinante ser está hecho para complacer a hombres que gustan de las formas femeninas y prefieren genitales masculinos, pero el prodigio de un cuerpo así podría estar muy bien representando al dios Eres, que en tiempos arcaicos fue llamado Fanes y era homosexual.  El Hermafrodita también podría estar haciendo referencia al mito platónico que asegura que en el principio de los tiempos cada cuerpo humano aunaba en él los dos sexos.  Un mito reflejado asimismo en otras estatuas que nada tienen que ver con el Hermafrodita, como las que conmemoran los amores entre Leda, transformada en oca, y Zeus, convertido en cisne, mística unión de dos aves que simboliza la completa simbiosis de los dos amantes. 
    La belleza que contienen todas estas estatuas, cualquiera que sea su propósito y simbolismo, nos habla sobre todo de la admiración que cualquier cuerpo bello, de hombre o mujer, despertaba en los griegos.  Ante la cercanía de unas formas perfectas, se desataba en ellos una pasión incontrolable, una locura divina de la que hacían responsable a Eres, hijo de Afrodita que cargaba sus flechas con el veneno de la atracción física hacia la otra persona.  A veces la atracción era tal que se intercedía por alguien ante el juez tan sólo por su belleza.  Epístenes intercedió ante Jenofonte por la vida de un mancebo condenado a muerte sólo porque era bello.  También la hetera Friné fue absuelta cuando su abogado le arrebató de un manotazo la túnica para que el juez contemplara su cuerpo.  En la belleza no cabía maldad.  “Lo que es bello es querido” escribió la poetisa Safo de Lesbos.  Mientras la admiración por los cuerpos perfectos que los atletas exhibían durante los juegos olímpicos hizo que se organizaran concursos de belleza femeninos y masculinos, como réplica de los certámenes de los dioses.

Todas las fotos y los textos están tomados de la revista MISTERIOS DE LA ARQUEOLOGÍA Y DEL PASADO.     Año 2 / Núm. 16  1998
Artículo titulado:  SEXO EN EL MUNDO CLÁSICO.

http://www.leopoldoperdomo.com/erotismo.html

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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