Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

Erotismo en el mundo antiguo I – Gloria Garrido

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Las fuentes escritas no bastan para conocer una cultura.  Los objetos que nos hablan de su vida cotidiana son imprescindibles a la hora de sumergirnos en el pasado y poner voz, color y luz a las historias perdidas.  Por ello, a pesar de la abundante literatura que conservamos de griegos y romanos, tan sólo el arte erótico de ambas civilizaciones, extraído por la arqueología de las entrañas de la tierra, nos ayuda a conocer mejor las costumbres sexuales de nuestros más directos antepasados, y nos permite recuperar el fantástico legado de un pueblo que supo vivir entregado al sano placer de satisfacer sus sentidos.


Poco podían imaginar los habitantes de las alegres Pompeya y Herculano, en aquella esplendorosa mañana de finales de agosto (79 d. C.) que el Vesubio los sepultó bajo implacables capas de lava y ceniza, que mil setecientos años después una civilización puritana y moralista se escandalizaría al descubrir los objetos de índole erótica que a ellos les sirvieron para solaz y regocijo.  Cuenta C. W, Ceram, en “Dioses, tumbas y sabios” que, hacia 1760, cuando los primeros hallazgos arqueológicos de este tipo comenzaron a surgir de las entrañas de la tierra, el rey Carlos de Borbón “de ideas mezquinas y extrañado ante una escultura que representaba un sátiro emparejado con una cabra, hizo mandar todas aquellas obras inmediatamente a Roma y encerrarlas”.

Los maestros ingleses de la época victoriana tuvieron una reacción similar y preferían no mostrar a sus alumnos las estatuas desnudas de los grandes escultores griegos y romanos, con tal de no correr el riesgo de pervertirlos, aun cuando sus discípulos quedaran con esa laguna en su aprendizaje.  También sufrieron lo suyo los sesudos y eruditos filósofos que, ante la numerosa cerámica hallada en Grecia del periodo arcaico (800 a 480 a. de C.) con explícitas escenas de pederastia, se vieron obligados a conjugar su admiración por grandes filósofos griegos como Sócrates o Platón, con la idea de que ambos mantuvieron relaciones sexuales con jovencitos.


Y es que una cosa era descubrir en los monumentos de la India que los orientales estaban muy versados en posturas sexuales, y otra muy distinta reconocer que nuestros más directos antepasados rendían culto a la belleza y el erotismo sin ningún recato, además de practicar la pederastia.  Nuestra mentalidad judeo-cristiana, que considera el sexo como algo pecaminoso, hace que todavía en la actualidad, aunque cada vez menos, se separen en algunos museos los objetos con representaciones eróticas del resto para no herir la sensibilidad de ciertos visitantes.
Y, sin embargo, es imposible acercarse a las costumbres y psicología de civilizaciones pretéritas como la griega y la romana, sin tener en cuenta las escenas eróticas reflejadas por doquier, tanto en utensilios cotidianos, vasijas, platos, lámparas de aceite o espejos, corno en estatuas y objetos de culto religioso.  Ahora bien, para juzgar todo este material de forma objetiva hay que entender primero que la sexualidad no fue considerada en la antigüedad clásica algo pecaminoso y contrario a la espiritualidad, corno ocurrió más tarde en las sociedades cristianas.  Al contrario, fue canalizada en diferentes formas de expresión y tratada con humor y sentido común.


En segundo lugar, no todos los objetos o estatuas grecorromanas con motivos eróticos tenían como propósito la excitación sexual.   Precisamente, muchas de los motivos que resultaron obscenos a los primeros investigadores están en realidad relacionadas con las creencias religiosas del mundo clásico.  Como en otras muchas culturas de la época, el culto a las divinidades de la fertilidad, a las que se representaba con ostentosos símbolos sexuales, tenía una especial importancia en las religiones griega y romana.  Así, el sátiro que escandalizó a Carlos de Borbón no era sino el dios arcadio Pan, espíritu vital de la naturaleza y la fecundidad, adorado por los pastores y labradores argivos.  Tanto él como otras deidades menores, como sátiros y silenos, y más tarde Dionisos, eran representados a menudo como machos cabríos, animales muy fecundos asociados desde tiempos antiquísimos a los espíritus del bosque y la vegetación.  Las múltiples aventuras de Pan con las nereidas, a las que solía pillar por sorpresa mientras reposaban en alguna fuente, engrosaron las leyendas de labriegos y ganaderos, los cuales también creían que Pan tomaba a veces la forma de un pastor bellísimo que con el sonido de su flauta, hacía prosperar los ganados;  si bien, en ocasiones, su sola presencia provocaba un miedo irresistible conocido como “pánico”.  Su culto se extendió hasta la Argólida y acabó asimilado por el fanático culto a otro dios de la fertilidad:  el célebre Dionisos; Baco para los latinos.  Este célebre dios del vino toma a veces forma de toro, animal que encarnó en toda la Europa septentrional el espíritu del grano; y en otras ocasiones es representado como un adulto barbado y vestido, o un niño que el dios Hermes sostiene en sus brazos.

Aunque desde que Praxíteles decidiera representarlo como un joven de bella figura desnudo suele aparece de ese insinuante modo en el arte.  De las bodas ornitológicas de Dionisios y Afrodita nació nada menos que Príapo, el dios de los jardines y rebaños, perpetuamente “empalmado”, y muy afín a su padre en cuanto a su contenido simbólico, así como a su antepasado Pan por su lujuria e insaciable avidez sexual.
Como era de esperar, las fiestas, dramas y comedias, celebradas en honor a Dionisos estaban caracterizadas por el erotismo.  Así, durante las “orgías” o “bacanales”, celebradas la noche del solsticio de invierno, hombres y mujeres se disfrazaban de sátiros, ninfas o bacantes, y de esta guisa, como dice Juan Eslava en su libro “Amor y sexo en la antigua Grecia” (Ver reseña en la sección “Hilo de Ariadna” de esta misma revista): “más de uno se atrevía a indagar en inéditos caminos de la sexualidad que en circunstancias normales nunca hubiera soñado recorrer”.  En medio de danzas salvajes, y la disipación mental provocada por la arrebatada música de flautas, y el consumo de embriagadoras bebidas, especialmente el vino, los devotos de Dionisos alcanzaban un estado de éxtasis durante el que imaginaban que el mismo Dionisos entraba en sus cuerpos, o creían verle.  Una experiencia que contribuía a creer en la existencia del espíritu y la inmortalidad; y culminaba normalmente con la comunión ritual de carne cruda de un animal despedazado que representaba al dios.  No hay que olvidar que Dionisos era también dios de las almas y su protección abarcaba todo el ciclo de la vida: procreación, muerte y resurrección.

Todas las fotos y los textos están tomados de la revista MISTERIOS DE LA ARQUEOLOGÍA Y DEL PASADO.     Año 2 / Núm. 16  1998
Artículo titulado:  SEXO EN EL MUNDO CLÁSICO.

http://www.leopoldoperdomo.com/erotismo.html

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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