Templo de Eros

Encuentro con el cuerpo y sus símbolos

El amor, el sexo y la salud del corazón – Alexander Lowen

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Todos admitimos que el corazón es un símbolo del amor. Pero esta relación entre el corazón y el amor ¿es tan sólo simbólica? ¿O hay entre ellos una conexión real y esencial?

La mayoría de las personas han experimentado el rápido latir del corazón en presencia de un ser querido y también la sensación de peso en el corazón que sigue a una pelea de enamorados. Por otra parte, en todas las culturas es una práctica común ponerse una mano en el corazón cuando se habla de amor; como si se quisiera situar las sensaciones físicas que acompañan a la emoción. Si el corazón está implicado en toda experiencia de amor, como parece ser, debemos suponer que expresiones como «un corazón lleno de amor» describen también un fenómeno físico.

Así, pues, ¿qué validez podemos conceder al concepto de «corazón partido»? Aunque los corazones no se rompen en pedazos cuando el amor es rechazado o se pierde a alguien querido, es claro que en semejantes situaciones algo se rompe. ¿Existe algo así como un corazón cerrado o un corazón abierto? Estas cuestiones son importantes para la comprensión, no sólo de nuestros sentimientos, sino también de la salud del corazón. Dando por sentado que la conexión entre el corazón y el amor es real, como hago a lo largo de este libro, se puede plantear la hipótesis de que un corazón sin amor debe inevitablemente languidecer y morir. Mi creencia en esta idea se basa en mi experiencia como médico que ha colaborado en el esfuerzo de sus pacientes por abrir su corazón al amor y encontrar un poco de alegría en la vida. En este estudio expondremos algunos de estos casos.

¿Qué decir del sexo? Si afirmamos, como hacen algunos, que el amor y el sexo son dos funciones independientes, debemos suponer que el corazón no está más implicado en el acto sexual que en cualquier otra actividad física. Desde este punto de vista, la función cardíaca de bombear la sangre por todo el cuerpo a fin de proporcionar oxígeno y alimento a los tejidos y eliminar productos residuales debe verse como algo puramente mecánico. Sin embargo, también aquí tropezamos con el lenguaje común, que se refiere al sexo en términos de «hacer el amor», con lo que sugiere una conexión directa entre el amor y el sexo y, por extensión, entre el corazón y los órganos genitales.

El objeto de este libro es dilucidar estas relaciones, de modo que el lector pueda ver cómo su vida emocional está vinculada con su ser físico y cómo su salud física depende de su bienestar emocional. Tengo la esperanza de que la comprensión de las causas del miedo al amor ayudará al lector a intensificar su capacidad de amar, asegurando con ello la salud de su corazón.

Sin este conocimiento, todos nuestros esfuerzos por asegurar la salud de nuestro corazón irán desencaminados.

Empezaremos, por tanto, examinando el nexo entre el corazón y el amor, relación que los poetas, los filósofos y los maestros religiosos han reconocido y expresado a lo largo de los siglos.

                      

Stephen Sinatra                                      Alexander Lowen

Introducción de Stephen Sinatra

Como cardiólogo clínico, he visto y tratado muchos casos de enfermedades del corazón. Con el paso de los años se me hizo patente que la enfermedad coronaria del corazón es en general una enfermedad callada y omnipresente. Los síntomas, por regla general, se manifiestan de forma tardía, y la muerte repentina por ataque al corazón es, con frecuencia, el primer síntoma de insuficiencia coronaria. Esto obviamente plantea un dilema al cardiólogo.

Los aspectos preventivos de la lucha contra tan devastadora enfermedad se han convertido últimamente en el centro de la cardiología contemporánea. El riesgo predeterminado y los perfiles de los hábitos de una persona se han convertido en variables importantes en la relación entre el estilo de vida y la enfermedad cardiovascular.

Pero, a pesar de todos los estudios que vinculan el hábito de” fumar, los niveles altos de colesterol en la sangre, la hipertensión y la diabetes de los adultos con la arteriosclerosis coronaria, me convencí de que estos factores de riesgo, aun siendo muy significativos, en realidad no explicaban completamente la naturaleza de esta enfermedad.

Durante muchos años, y especialmente en la última década, se han llevado a cabo intensas investigaciones encaminadas a descubrir las causas de la enfermedad cardiovascular arteriosclerótica — fenómeno singular del hombre del siglo veinte—. Esta investigación ha sido principalmente de naturaleza estadística y ha demostrado la conexión existente entre los perfiles de factor de riesgo y la enfermedad cardíaca subsiguiente. Sin embargo, estudios posteriores han revelado que determinados individuos son más propensos que otros a las enfermedades coronarias. Estas personas propensas a la enfermedad tienen una pauta de comportamiento especial y una predisposición mayor de lo normal al estrés emocional. El estrés emocional me parecía la causa más importante de la enfermedad cardíaca, y, cuando Friedman y Rosenman publicaron sus investigaciones acerca del comportamiento del tipo A propenso a las enfermedades coronarias y su predisposición a las enfermedades de las arterias coronarias, se confirmó mi creencia en el papel predominante del estrés y la conducta en las enfermedades del corazón.

Los cardiólogos son particularmente propensos a las enfermedades cardíacas debido a la naturaleza estresante de su trabajo. Como cardiólogo clínico vi pautas de conducta destructiva en pacientes calificados como individuos «propensos a sufrir enfermedades cardíacas coronarias». Lo que no esperaba descubrir, sin embargo, era que yo mismo llevaba puesta la etiqueta. Cuando tuve conciencia de ello me horroricé.

Sabía que había sido una persona competitiva, un hombre de éxito y un gran trabajador. También me reconocía como un individuo del tipo A. Hombre de cerca de cuarenta años, agresivo y triunfador, me di cuenta de pronto de que mi propia mortalidad se me revelaba a través de mis pacientes.

Los factores de riesgo cardiovasculares tradicionales a menudo no se encontraban en víctimas de enfermedades cardíacas coronarias. Una característica típica era que el propio comportamiento se convertía en el catalizador del proceso de enfermedad. Los factores emocionales operantes en un nivel fisiológico afectaban al proceso de la enfermedad cardíaca. Es bien sabido que mente y cuerpo se influyen mutuamente. Lo que uno piensa puede provocar una respuesta emocional ante la que el cuerpo reacciona. Así los problemas de la personalidad son elementos clave que se encuentran en casi todas las enfermedades. Una emoción o afecto no ventilados, por ejemplo, acaban perjudicando al cuerpo y a su sistema fisiológico.

En la presión sanguínea alta, las principales emociones reprimidas son la cólera, la hostilidad y la rabia. Algunos individuos propensos a las enfermedades coronarias, además de reprimir la cólera y la hostilidad, también han luchado con la experiencia desgarradora de la pérdida del amor y la subsiguiente pérdida de una relación vital. Estos sentimientos de desgarro suponen un pesar, un dolor y una angustia muy grandes, que más tarde se expresan en la evolución del comportamiento, el carácter y el cuerpo de la persona.

Por tanto, vi claramente que la enfermedad del corazón es un proceso que no ocurre porque sí, sino que con frecuencia influyen en él problemas emocionales, conflictos conscientes e inconscientes. Por esta razón, concentré mi interés y mis energías en este análisis del comportamiento. Pude verlo también como un reto para descubrir el factor causante, que se podría identificar y modificar con el fin de mejorar y prolongar la vida de mis pacientes, así como la mía propia. Asimismo el descubrimiento de que yo mismo me estaba creando las condiciones para sufrir una enfermedad coronaria me decidió a someterme a una terapia con miras a investigar y cambiar los aspectos negativos de mi conducta.

Mi búsqueda me devolvió a mi infancia, y apareció un modelo identificable. Yo era el tercero de cuatro hermanos. Cuando tenía cuatro años nació mi hermana, y por aquella época inicié una serie de múltiples accidentes y enfermedades infantiles. ¿Eran estos incidentes una forma inadecuada de buscar el contacto y el amor de una madre muy ocupada con su hija recién nacida y con su familia creciente? Después de tantos años todavía puedo sentir ese anhelo por la atención y el consuelo de mi madre. Su «no disponibilidad» para mí resultó desgarradora en mi primera experiencia. La tristeza traumática que vino a continuación fue reprimida, pero, de un modo u otro, mi cuerpo recordó la verdad. La delicada vulnerabilidad del niño se convirtió en la rigidez de un pecho fuertemente acorazado, como para proteger mi corazón. Sé que mi madre me amaba tiernamente, pero en tan temprana edad yo era incapaz de comprender sus necesidades y me concentraba sólo en las mías.

Buscaba su aprobación y su amor y esperaba que siendo «un buen chico, un buen estudiante, un atleta y una persona de éxito» los obtendría. El éxito me aportaría el amor, pensaba. Creé una falsa conexión entre ambos que se prolongó en la edad adulta. Esta conexión influyó en el proceso de comportamiento del tipo A que a la larga podía provocar mi fallecimiento.

Tras los estudios en la facultad de medicina, hice prácticas como interno en psiquiatría y medicina, dos años de residencia en medicina y dos años de estudios especializados de cardiología. Me convertí en un cardiólogo técnico y agresivo muy preparado y tenía una extrema seguridad en lo que estaba haciendo. Me hice adicto al trabajo. La pasión de mi vida era mi oficio, pues me había dado unlugar en el universo.

Sin embargo, al cabo de poco, en medio de este éxito, sentí que me consumía. Sostenía una lucha interna para lograr y realizar cosas a expensas de mis sentimientos. Aunque no lo reconocía, era un esclavo. Negaba mi fatiga y mi dolor, cosa que había hecho en mi adolescencia para demostrarme a mí mismo que era un buen estudiante y un buen atleta. En esa búsqueda de éxitos y logros, ¿estaba buscando realmente aprobación y amor? ¿Trataba de demostrarme a mí mismo que era digno de amor? Había arrastrado esta necesidad durante toda mi vida y la veía una y otra vez en muchos de mis pacientes. Muchos perseguían esta necesidad hasta llegar a la enfermedad cardíaca y la muerte.

El desafío que entonces me lancé a mí mismo era el de alterar la autodestructiva pauta de conducta del tipo A coronario. En realidad, la conciencia y el reconocimiento de que yo poseía este comportamiento fueron iluminadores, por cuanto fue esta conciencia la que me dio fuerzas para encontrar una alternativa curativa.

A mediados de la década de los setenta tuve la fortuna de asistir a conferencias y seminarios impartidos por mis colegas sobre el comportamiento y las enfermedades cardiovasculares. Uno de los conferenciantes, Robert Elliot, cardiólogo y autor del libro Is it worth dying for?, me causó un impacto tremendo. Después de estos encuentros, participé en muchos seminarios sobre autoconciencia.

En 1978, por ejemplo, asistí en Londres a un simposio internacional sobre el estrés y la tensión. Fue en extremo estimulante y me dio a conocer algunas de las formas no tradicionales de considerar la curación. Los alemanes, por ejemplo, integraban el biofeedback en sus tratamientos, los suecos utilizaban el masaje, los suizos introducían el Lamaze, los asiáticos se centraban en la meditación, mientras que los americanos enseñaban la relajación progresiva.

Pude ver cada uno de estos métodos como una manera positiva de suavizar la emoción y calmar el sistema nervioso. Todos eran valiosos. Durante los años siguientes tuve la suerte de dirigir talleres de estrés y otras dolencias con un internista, el doctor Brendan Montano, y un psicoterapeuta, Holly Hatch. Estas interacciones de grupo, que utilizaban la técnica terapéutica Gestalt, eran útiles para enseñar cómo enfrentarse a la vida a personas predispuestas. El adiestramiento en la conciencia de grupo tenía un impacto tremendo sobre la curación, en particular cuando los individuos «se veían a sí mismos» en las otras personas. Después de participar en varios talleres, empecé a publicar en revistas médicas parte de las informaciones que tenía. Mis pacientes se convirtieron en mis mejores maestros.

En esa época me di cuenta de que necesitaba adquirir una formación especializada en el campo de la psicoterapia. Cuanto más investigaba la relación entre la mente, la emoción y el corazón, más inseguro e incapaz me sentía. El campo era simplemente inmenso, inexplorado y desconocido.

Estuve dos años con la terapia Gestalt, que me ayudó a comprender algunas de las causas de fondo de mis actitudes y me convenció más del poder de las emociones en la salud y la enfermedad. En el transcurso de esta terapia descubrí la obra de Alexander Lowen. El análisis bioenergético, fundado por él, es una terapia analítica corporal centrada en las tensiones musculares del cuerpo, que son la contrapartida física de los conflictos emocionales de la personalidad. Al igual que se puede decir la edad de un árbol contando los anillos internos del tronco, un terapeuta bioenergético, como Lowen, puede determinar la historia de una persona examinando su cuerpo.

En el análisis bioenergético, el terapeuta puede determinar dónde se localiza la tensión y dónde está bloqueada la energía. Este bloqueo impide que las personas experimenten con plenitud su potencial de vida. Utilizando diversas técnicas y ejercicios para cargar y descargar el cuerpo, el terapeuta

bioenergético puede liberar la energía aprisionada, lo que permite que la tensión se disipe. Este concepto de la energía y su aplicación a individuos propensos a enfermedades cardíacas era tan interesante y apasionante que decidí someterme a una terapia con el doctor Lowen. Gracias a sus enseñanzas, pronto se me hizo evidente que mi cuerpo estaba muy tenso, que no respiraba profundamente y que no experimentaba o expresaba plenamente mis propios sentimientos.

Mi terapia con el doctor Lowen se centró en la rigidez de mi cuerpo. Aunque durante los primeros meses éste ofrecía resistencia y estaba bajo el control de mi cabeza, Lowen trabajó con mi respiración, lo cual despertó sensaciones. Me colocó sobre un taburete bioenergético y me hizo utilizar la voz de modo que aplacara la energía de mi pecho. Esto tuvo efectos positivos al reducir el estrés y la tensión de mi caja torácica. A continuación se concentró en el diafragma, la mandíbula y la pelvis. Varios meses de trabajo corporal pusieron al descubierto emociones reprimidas y tensiones musculares. Gradualmente tuvo lugar un ablandamiento de mi cuerpo.

El gritar liberaba la tensión y creaba una cualidad expansiva en mi pecho. Durante los años siguientes vi que mi corazón se abría. Creo que estaba desarrollándose el lado femenino de mi carácter. El crecimiento fue enorme. El dolor de la terapia condujo finalmente al descubrimiento del placer. Empecé a experimentar más sensaciones. Mi bienestar emocional y físico aumentó, y mi cuerpo parecía cobrar vida. Empecé a sentir mi verdadero yo. Este viaje de auto descubrimiento fue vivificante.

Con estos nuevos conocimientos, empecé a considerar a mis pacientes cardíacos desde el punto de vista de lo que pasaba en su pecho, de la tensión albergada en su cuerpo, de cómo respiraban, de cuáles habían sido sus primeras experiencias en relación con la pérdida de amor, y cuáles eran sus experiencias actuales con el amor. Mi trabajo se desarrollaba ahora en un plano diferente. Empecé a trabajar con mis pacientes en el nivel corporal utilizando los conocimientos que había recibido de Lowen. El análisis bioenergético resultó ser un instrumento estupendo para la valoración total de cada persona y de su enfermedad. Aunque seguí considerando el historial de cada paciente, empecé a fijarme en su respiración, elencuentro ocular, la calidad de su energía, la sensación de su apretónde manos, el movimiento de su diafragma, su tono de voz y las señales de emoción contenida visibles en su cuerpo. El análisis dela estructura de la mandíbula, por ejemplo, me daba una idea del nivel de cólera reprimida del paciente. Su forma de mirar me daba información acerca de su tristeza y su miedo. Así, observando las estructuras del cuerpo, tenía un mayor conocimiento de los problemas y los males de los pacientes. Me estaba convirtiendo en un médico y un terapeuta más eficaz.

Con todo este bagaje de nuevos conocimientos, el doctor Lowen y yo fundamos el «New England Heart Center» con el fin de llegar a conseguir una comprensión bioenergética de las enfermedades cardíacas y de los individuos propensos a ellas.

Mi experiencia con el doctor Lowen se ha convertido en un capítulo apasionante de mi vida. Sus enseñanzas han dado acceso a dimensiones innovadoras y creativas en el tratamiento de las enfermedades del corazón. A la edad de setenta y seis años, él es un testimonio vivo de su obra. Durante el verano de 1987 me llevó a navegar por el canal de Long Island y hablamos sobre nuestras investigaciones.

Mientras el doctor Lowen izaba las velas y gobernaba la embarcación, yo contemplaba a un hombre enérgico y vibrante, y al mismo tiempo fluido, tranquilo y flexible. Mientras sentía el viento y la espuma en mi cara, Lowen hablaba de la vida y los sentimientos. Mientras la embarcación se deslizaba sobre las olas, yo tenía la sensación de participar en una experiencia de navegación con un maestro. Al igual que un marinero navega con habilidad magistral, un psicoterapeuta como Lowen con frecuencia navega por las «aguas desconocidas» de los recuerdos de un paciente que habían estado olvidados desde hacía mucho tiempo. Al mirar cómo Lowen gobernaba su barca, experimenté una sensación de tranquilidad… Siempre estaré en deuda con él por aquel día.

DESCARGAR EL LIBRO: EL AMOR, EL SEXO Y LA SALUD DEL CORAZÓN DE ALEXANDER LOWEN AQUÍ:

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Autor: giovaretino

Antropología y Sociología han sido mis campos profesionales y el saber que ha ocupado una buena parte de mi vida. Este blog está dedicado al cuerpo y sus símbolos.

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